#TEMP
martes 24/5/22

Un aire fresco en Andalucía

A Susana Díaz no le han faltado críticas ni descalificaciones de carácter personal, internas y externas, desde el primer momento en que su nombre se perfiló...

Sistema Digital | A Susana Díaz no le han faltado críticas ni descalificaciones de carácter personal, internas y externas, desde el primer momento en que su nombre se perfiló como la más clara opción a suceder a José Antonio Griñán en la presidencia de la Junta de Andalucía. Para alguien, como yo, no inmerso en los entresijos del socialismo andaluz, el nombre de Susana Díaz estaba asociado a un Congreso en el que optó por la vía Chacón, y a su condición de colaboradora directa, de confianza, del todavía secretario general del Partido Socialista de Andalucía y presidente del PSOE. Luego me han contado que maneja con autoridad el partido y que no ha ocultado su ambición política. Esos datos pueden presentarse con mala voluntad o admitir que sería impensable que no fuera esa la condición imprescindible para liderar un proyecto político.

Lo importante, hoy, es que Susana Díaz tiene mayor responsabilidad de gobierno que ningún otro socialista en esta España controlada en casi todos los niveles por el Partido Popular. Por eso era necesario escuchar en su integridad el discurso programático con el que aspiraba a la investidura. Y es que, antes incluso de que el PSOE debata su proyecto global en una Conferencia Política, el nuevo gobierno de coalición en Sevilla va a visualizar las ideas y va a contrastarlas con la práctica. Como subrayó el propio Griñán al término de discurso de Susana Díaz, "se escucharon propuestas concretas, entendibles por todos, como las mujeres saben hacer mejor que nadie". Añadiría: una mujer, y además, joven, en la dimensión en que eran jóvenes aquellos socialistas sevillanos que llevaron al socialismo español a las cuotas de mayor respaldo popular.

Elena Valenciano ha dicho que se escuchó "el primer discurso del siglo XXI". No sé si tanto, pero es cierto que, al menos se oyeron, dichas con palabras inteligibles, afirmaciones muy rotundas, inequívocamente socialistas, en defensa de una política que no tiene que aceptar con resignación el diseño elaborado por el neoliberalismo, que no hay que aceptar sin más la exclusión social, que no se puede asimilar austeridad con pobreza. Que hay que gestionar los recursos de la tierra sin tener miedo a las fórmulas colectivas de gestión, que hay que sustituir las subvenciones por incentivos...Que hay que contar con un servicio público fuerte, pero ayudar a los emprendedores privados. Que hay que agilizar los trámites administrativos para poner en marcha una empresa y fomentar la capacidad exportadora. Que no sobra democracia, sino burocracia. Textual. Que Andalucía tiene potencialidades sobradas para reducir drásticamente las cifras de parados.

Y la corrupción, claro. Ahí se van a concentrar todas las miradas, todos los recelos, de quienes han encontrado en el escándalo del ERE el refugio desde el que parapetarse para ocultar a Gürtel, a Bárcenas, a Javier Arenas, Cospedal e, incluso, Rajoy. Susana Díaz ha puesto la lucha contra la corrupción, por acción o por omisión, en el eje de su discurso. El paso atrás de Griñán, para dejar incólume la gestión del gobierno andaluz, va a ir seguido, según parece, del relevo de todos aquellos que, en cualquier medida, pudieran estar afectados por la gestión de aquellos recursos. Una decisión dolorosa, porque puede afectar a personas muy valiosas, de comportamiento intachable. Es un sacrificio personal que habrá de ser explicado y valorado en función de un interés superior: gobernar sin ningún lastre, sin munición demagógica utilizable por la derecha política y mediática.

Más allá de declaraciones solemnes de condena a la corrupción, parece interesante avanzar en la idea de dotar de mayor eficacia y recursos a la Cámara de Cuentas o invitar a los familiares directos de los cargos públicos presentar sus declaraciones de renta y propiedades. Muchas ideas en el discurso de investidura de Susana Díaz, que debería concretarse en un calendario de actuaciones que permitiera convencer a los andaluces primero, y al resto de los españoles con ellos, de que es posible otra política. Que es posible también, junto al rejuvenecimiento de los liderazgos, el de los discursos. A trabajar…que no van a conceder al nuevo gobierno andaluz ni cien minutos de gracia.

Un aire fresco en Andalucía