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lunes 23/5/22

Agua

Ha sido, probablemente, el primer bien de la humanidad. El agua. Por encima del pan y de los días. Y en nuestro país hemos sido un tanto frívolos con ese agua, de verdad bendita, que ha regado nuestros campos y calmado la sed. Hubo siempre la España húmeda y la España seca, aceptadas como algo inevitable y telúrico.
Ha sido, probablemente, el primer bien de la humanidad. El agua. Por encima del pan y de los días. Y en nuestro país hemos sido un tanto frívolos con ese agua, de verdad bendita, que ha regado nuestros campos y calmado la sed. Hubo siempre la España húmeda y la España seca, aceptadas como algo inevitable y telúrico.

Durante años, siglos, hemos hecho como el hombre del casino provinciano de Antonio Machado y hemos mirado al cielo”con ojo inquieto si la lluvia tarda”. Pero sin dejar de jugar la partida de mus. Esperando siempre del cielo. Y, como mucho, sacando vírgenes y santos en triste rogativa.

Y el cielo, ahora, no reparte agua. Y el agua se convierte en cuestión política, en propiedad y diferencia. El agua de un río, ¿de quién es? ¿Del lugar en el que nace? ¿Del sitio por donde pasa? ¿Del espacio por donde desemboca? Difícil pregunta. Difícil respuesta cuando el agua va por cuencas y comunidades. Todas sedientas, todas necesitadas.

Tal vez lo más sencillo es responder que el agua es de todos. Pero hemos dibujado en los mapas líneas que dividen territorios, que separan gentes y problemas. Líneas que marcan propiedad y políticas. Y nadie quiere que el agua se vaya de su tierra. Quieren el agua para regar sus campos para saciar su sed. Sus campos, su sed.

No hemos sido conscientes del bien escaso que es el agua. Hemos diseñado campos de golf en terrenos desérticos, hemos inundado campos de tomates, hemos dejado correr el grifo hasta que el agua saliera fría. Todo en una terrible idea de que el agua, una vez abierta, no tiene final.

Ahora Barcelona pide agua. Ahora hay comunidades que claman al cielo porque dársela, supone renunciar a su agua. Y lo terrible es que el problema no ha hecho más que empezar. Que vendrán, dicen tiempos peores. Vivimos, aseguran, en una España unida, pero que se siente distinta y diferente cuando se trata de compartir.

Probablemente no es solución el trasvase anunciado para salvar a Barcelona de la sed. A largo plazo, es posible que nos sea la solución. Pero la crisis del agua es la crisis de todo un país que no sabe resolver las cosas desde la solidaridad y el diálogo. Que primero quiere resolver lo suyo, como si lo suyo fuera ajeno a lo de los demás.

Mientras se habla de la unidad de España, el agua separa más que las líneas en los mapas. Cantaba Juan Ramón:

“¡Agua, beso que no dejó una gota
para el retorno de la primavera;

música sin sentido, seca y rota;
pájaro muerto en lírica pradera!”

Terrible España de pájaros muertos. Y sin sentido.

Agua
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