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miércoles. 06.07.2022

A vueltas con la indignación

Son múltiples las noticias y los artículos de opinión publicados en todos los medios de comunicación, y en particular en Nueva Tribuna, sobre los actos de protesta a los que estamos asistiendo últimamente. De todo lo que se ha escrito coincido en lo fundamental, es decir, en que con indignarse no es suficiente para luchar contra todo aquello que, por injusto, debería de transformarse.

Son múltiples las noticias y los artículos de opinión publicados en todos los medios de comunicación, y en particular en Nueva Tribuna, sobre los actos de protesta a los que estamos asistiendo últimamente. De todo lo que se ha escrito coincido en lo fundamental, es decir, en que con indignarse no es suficiente para luchar contra todo aquello que, por injusto, debería de transformarse. Hecha esta afirmación, me gustaría añadir algo más con el ánimo de ir, poco a poco, construyendo un soporte teórico del que, a mi entender, está tan necesitado todo el movimiento surgido en torno al 15M.

Ante la actual situación social, económica y política, surgen, y han surgido, multitud de voces críticas con la sana intención de enderezar este torticero camino que, desde hace tanto tiempo, ha emprendido la humanidad. La historia próxima y lejana está cargada de acontecimientos en los que hombres y mujeres han luchado en aras de la libertad y de la igualdad, aunque los logros no se hayan correspondido con el esfuerzo y el sacrificio llevados a cabo. Algo tendrá que ver esto con la condición humana y con la inmadurez revolucionaria de la clase trabajadora. Somos muchos ahora los que, desde diferentes ángulos y diferentes maneras, alzamos nuestras voces en la búsqueda de soluciones que nos permitan vivir en armonía con el medio, y convivir como verdaderamente humanos.

Sin embargo, este loable deseo de mejora nos ciega, y, con frecuencia, se confunde lo deseable con lo posible. En estos últimos tiempos, oímos discursos, leemos documento y mensajes en los que se dibuja un estado de cosas que mejoraría la situación del mundo y, en particular, la de las capas sociales menos agraciadas por este sistema. Elevar salarios y pensiones, reforma fiscal, fomento de viviendas públicas, recuperación del sector público, aumentar el presupuesto de educación, y tantas otras, son reivindicaciones aplaudidas en discursos grandilocuentes de algunos políticos de izquierdas, lideres sociales o sindicalistas, pero el mero hecho de dibujar un panorama idílico no lo convierte en realidad si no hay medios para conseguirlo.

En otros casos, se incita a la protesta, por lo que hay razones más que sobradas. Recientemente nos han pedido que nos “indignemos” a través de un panfleto del que se han vendido no sé cuantos millones de ejemplares. En primer lugar, diré que si esto es así, si esto ha levantado tanto revuelo en el mercado literario, es un signo inequívoco de que, de momento, poco puede dañar a quienes ostentan el poder para mantener este fuerte desequilibrio entre unos seres y otros, entre unos territorios y otros, entre unas capas sociales y otras. La indignación puede convertirse en frustración si no existen los adecuados mecanismos que permitan transformar aquello que, por injusto, irracional e inhumano, nos indigna. Como señala J. Ramoneda, “la indignación se queda demasiadas veces en simple y frustrante irritación por el peso de la cultura de la indiferencia y del miedo”, para después añadir: “sólo convirtiendo la irritación en indignación y ésta en política podría romperse la espiral de la indiferencia”. Con ello se entiende que la indignación de unos cuantos no será suficiente, si la sociedad en su conjunto no reacciona ante la denuncia de una situación por muy injusta que ésta sea. A ello yo añadiría que, antes de la acción, es necesario un soporte teórico, establecer una estrategia y saber de antemano que se cuenta con los instrumentos y con la fuerza suficiente para alcanzar las metas que se marquen.

Las movilizaciones que se están produciendo recientemente guardan una relación directa con el creciente desequilibrio entre unos sectores sociales y otros, con la desigualdad, en sociedades como la nuestra. El incremento permanente de las grandes fortunas contrasta con la precariedad y la pobreza de la clase trabajadora. El banderín de enganche de los artífices de estas revueltas es, como he señalado, la llamada a la indignación, alentada por el panfleto de S. Hessel.

La indignación, que es un simple enfado, nunca ha sido un elemento suficiente de lucha o reivindicación. Para abordar cualquier proceso de enfrentamiento radical al poder, es decir, para que se lleve a cabo una transformación de calado, se han de dar una serie de condiciones objetivas y subjetivas; eso parece más serio que un simple enfado. Esas condiciones son las siguientes: “a) imposibilidad para las clases dominantes de mantener sin cambios las formas de su dominación; crisis en los de arriba; crisis de la política; b) agudización de la pobreza y de la miseria de las clases oprimidas; c) considerable elevación de la actividad de las masas”. Pero esto no es suficiente si no existe una clase organizada, como agente transformador, que obligue a caer al poder vigente.

En el marco de una tremenda confusión que aumenta cada día que pasa, o al menos a mí me lo parece, no sabemos, aún, si lo que busca el movimiento del 15M es un cambio de sistema o, sencillamente, una reforma del mismo. En sus declaraciones, los portavoces de esta plataforma huyen de términos como antisistema o de cualquier otro a los que los poderes han convertido en malditos, pero, sin embargo, en algunas de sus pancartas podemos comprobar un evidente enfrentamiento al sistema. Además, algunas de las medidas que reivindican pasan inevitablemente por romper con el actual modelo político, pieza clave del actual sistema socioeconómico. ¿Alguien se ha planteado seriamente como se podría conseguir romper con el actual modelo político, o con otras tantas miserias que impiden un mundo más humano? ¿Es suficiente con llevar a cabo concentraciones o movilizaciones?

Si se plantean cambios o reformas sin contar con las condiciones para conseguirlo o sin la fuerza necesaria para combatir las peticiones se hacen insustanciales. Podríamos pedir, por ejemplo, que se acabe el hambre en el mundo, pero ¿que posibilidades hay para que esto se convierta en una realidad? Volvemos aquí, de nuevo, a referir ese desenfoque de confundir lo deseable con lo posible.

Para ilustrar, y entender mejor lo que quiero decir, pondremos un ejemplo de reivindicaciones de carácter netamente laboral en décadas anteriores. En esos tiempos, a diferencia de la situación actual, la clase trabajadora constituía un grupo homogéneo, y trabajaba en grandes concentraciones, lo que, protegidos por organizaciones políticas y sindicales sólidas, le otorgaba poder, es decir, la correlación de fuerzas, a veces, nos era favorable. Poder que se esgrimía ante los patronos: “si no se llega a un acuerdo, hacemos huelga y se para la producción”, les decíamos. Esto fue una estrategia de lucha para conseguir mejoras laborales y subidas salariales. A diferencia de aquellos años, ¿qué poder se puede esgrimir ahora?, ¿qué estrategia se puede aplicar?, ¿qué organizaciones pueden hacer suya, y tener poder para lograr, cualquier medida que se proponga?

A vueltas con la indignación
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