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miércoles. 10.08.2022

A mi ‘mantero’

Lo multan. Primero lo arrastran por el asfalto. Luego lo multan. “Por negro y por mantero”, asegura Modou que le dijeron mientras procuraba protegerse de los agentes del orden, tan cuadriculados como muchas de las leyes que defienden a cambio de un sueldo a fin de mes y de alguna que otra paga extra por navidad.

Lo multan. Primero lo arrastran por el asfalto. Luego lo multan. “Por negro y por mantero”, asegura Modou que le dijeron mientras procuraba protegerse de los agentes del orden, tan cuadriculados como muchas de las leyes que defienden a cambio de un sueldo a fin de mes y de alguna que otra paga extra por navidad. Por vender en la calle sin permiso lo multan, lo arrastran y sellan la hazaña con un par de porrazos que no dejarán huella, porque la carne de Modou es más negra que un moretón; y en su negritud saben ocultarse las secuelas de cada contienda. “Mira aquí. Y aquí”, dice señalando las zonas de su cuerpo en donde las porras dibujaron sombras, marcas imperceptibles para el ojo que mira sólo su propio ombligo y la pelusa que allí anida.

Modou es senegalés, tiene 38 años y un puñado de dientes que exhibe cuando sin motivo alguno sonríe, como sacándole provecho a la gratuidad de una mueca para la que no le hacen falta permisos. De su vozarrón digna de un blusero del Mississippi afloran tres nombres; “Adamar, Codou y Ghagna”. Y con un índice claroscuro señala una a una a las tres negritas de la fotografía que atesora dentro de un trozo de nylon. Adamar tiene siete, Codou cinco y Ghagna dos. Apenas vio nacer a Ghagna, Modou se embarcó en el European Dream. Habló con gente que había hecho largas travesías para llegar a España, aún cuando las últimas noticias económicas indicaban que en aquel país ya no se vivía de puta madre, cuando los periódicos publicaban la pesadilla de muchos inmigrantes maltratados en los Centros de Internamiento o hablaban de brotes xenófobos, de imbéciles que enfundados en rojo y amarillo atacaban a los sin papeles y en los informativos de la tele los seres humanos llegados de Africa perdían su condición para pasar a ser simplemente “ilegales”. Pero nada de esto amedrentó el coraje de Modou que le puso el pecho a las balas y se sumó a un grupo de hombres y mujeres a quienes por perder sólo les quedaba la vida; así que la apostaron toda al mismo número de la peligrosa ruleta europea. ¿Y para qué?. Para que aquí los muelan a palos por cometer todos los días el delito de estar vivos.

Como un triste muestrario de la barbarie (o quizás como una irrefutable prueba de lo “civilizados” que hemos logrado ser), vemos diariamente estas imágenes sin que se nos mueva un pelo. Policías dando porrazos a un pobre infeliz que vende cinturones e imitaciones de Dolce & Gabbana en el centro de una capital cualquiera; redadas en las que hombres y mujeres diseminan su dignidad por las aceras ante la gélida mirada de señoras aún más gélidas que se peinan por si viene Antena 3 a cubrir el suceso. “Eran cinco. Los vi que giraban en esa esquina”, dicen luego sin sentir siquiera el mínimo dolor ante la desesperación ajena. “Si no tienen permiso tiene que actuar la policía; es lo normal...”, argumentan, sin reparar ni por un instante en la tragedia humana que tienen ante su mirada que, como toda gélida mirada, no logra ver más allá de los límites de sus gafas para el sol, originales y de Dolce & Gabbana.

Modou no tiene permiso para vender, aunque tampoco lo tiene para vivir porque no acredita más documentación que la fotografía de sus tres hijas y un par de monedas sueltas. ¿Es esto acaso mayor delito que el que todos los días y a cada hora cometen esos otros que usted, gélida señora, considera con permiso?. ¿Quién les dió permiso a los infradotados que a diario venden su vida y la mia sin necesidad de manta alguna, sin requisas ni redadas, sin correr el riesgo de ser aporreados?. ¿Cómo no sale usted de testigo del delito mayúsculo de quienes la gobiernan?. Por las dudas vaya usted peinándose. Puede que pronto Antena 3 esté en su domicilio solicitándole testimonio.

Lo cierto es que a Modou lo corrieron unas cuantas calles, lo alcanzaron y le dieron una docena de patadas; ni la mitad de las que merece el que dicta las leyes que consideran ilegal a un ser humano o que hacen que se castigue de manera brutal a un pobre mantero mientras banqueros, políticos y empresarios de la peor calaña quedan exentos de toda porra. ¿Qué me dice, señora?. Ahh, si; que no confunda, me me limite a hablar del delito de vender sin permiso y que no ramifique el tema, que después pasa lo que pasa, que a señoras como usted les atribuyen una insensibilidad que no les corresponde, porque usted es creyente y siempre aboga por el bien general (del general, solía decir en épocas pasadas). Pero no se preocupe porque no es a usted a quien va dirigido este artículo, aunque sí haya sido su testimonio el que salió en la tele mientras se retocaba el peinado a lo Aguirre. Tampoco se dirigen estas líneas a los delincuentes legales a los que la policía no correrá jamás. Es Modou el destinatario de este humilde escrito. La víctima de un sistema repugnante a quien desde aquí envío mis mayores respetos, mi solidaridad y toda mi admiración.  

A mi ‘mantero’
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