miércoles 20/10/21

A los obispos les gustan las mujeres, y también los hombres

NUEVATRIBUNA.ES - 17.1.2010¿Por qué odian a las mujeres? Se pregunta Pilar Gassent, ante las reiteradas opiniones de los obispos sobre las féminas, y no es difícil apuntar una lógica respuesta: porque les gustan mucho. Y los hombres, también. De ello procede su homofobia.
NUEVATRIBUNA.ES - 17.1.2010

¿Por qué odian a las mujeres? Se pregunta Pilar Gassent, ante las reiteradas opiniones de los obispos sobre las féminas, y no es difícil apuntar una lógica respuesta: porque les gustan mucho. Y los hombres, también. De ello procede su homofobia.

Los seres humanos nos atraemos unos a otros, y unos a otras y viceversa, y no de manera caprichosa ni accidental sino de modo permanente, porque estamos genéticamente programados para ello. La naturaleza ha establecido un imperativo mandato en los seres vivos que gobierna de manera absoluta su comportamiento: asegurar la continuidad de cada especie, la cual se consigue mediante la supervivencia y la reproducción singular de los individuos, cuya existencia queda condicionada por dos actividades instintivas: sobrevivir y reproducirse. Y aunque contamos con medios para tratar de acometerlos con cierto orden y de encauzarlos en el tiempo, todos los seres humanos, que somos a la vez racionales y sexuales, estamos condicionados por tales mandatos. Bueno, todos no: los obispos y los curas católicos han decidido voluntariamente desafiar estos imperativos de la naturaleza (e ignorar de paso el mandato de su dios de multiplicarse), para adoptar una moral absurda en el ámbito sexual, que les lleva a vivir contra natura.

De esa elección profesional (ellos la llaman vocacional), que ha determinado su vida en función de esa renuncia vital, no puede salir un comportamiento mental y sicológicamente equilibrado. Lo que resulta es una morbosa obsesión por el sexo y por quienes representan, con su atracción, el permanente peligro de dar al traste con su extravagante elección. Es como si quisieran vivir desafiando cada día la ley de la gravedad, en un esfuerzo tan torturante como inútil.

Lo malo de nuestros prelados no es que hayan decidido que la sexualidad no forme parte de sus vidas, ellos se lo pierden, sino que quieran convertir sus obsesiones en pautas de conducta para todos los demás, proponiendo una castrante moral que no es la adecuada para este tiempo, para esta especie y para este planeta.

A los obispos les gustan las mujeres, y también los hombres
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