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sábado 28/5/22

30 medidas y 1 enigma

Son 30 (+1 enigma) las medidas incluidas en el Plan de Ahorro y Eficiencia Energética, aprobado recientemente por el Gobierno y aunque la reseña oficial considere la dimensión medioambiental del Plan como algo complementario (todo un lapsus freudiano, que habla por sí mismo) y se justifique, básicamente, en la reducción de la dependencia energética, si se aplicasen de verdad, de hoy hasta el 2011, supondría ahorrar 6 millones de toneladas de
Son 30 (+1 enigma) las medidas incluidas en el Plan de Ahorro y Eficiencia Energética, aprobado recientemente por el Gobierno y aunque la reseña oficial considere la dimensión medioambiental del Plan como algo complementario (todo un lapsus freudiano, que habla por sí mismo) y se justifique, básicamente, en la reducción de la dependencia energética, si se aplicasen de verdad, de hoy hasta el 2011, supondría ahorrar 6 millones de toneladas de petróleo y se evitaría escupir a la atmósfera más de 15 M t de CO2. Habida cuenta que estamos en una galopada sin freno, aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero en más de un 52 % sobre las de 1990, 37 puntos por encima del límite al que debemos llegar en 2012, si queremos cumplir con el Protocolo de Kioto, este ahorro no vendría nada mal.

El Plan propone cuatro tipos de medidas: transversales, para incorporar al proceso a las empresas y a la gente en general; sobre el transporte; sobre los edificios y un paquete de actuaciones para ahorrar electricidad. Sin embargo, como ocurre casi siempre, lo que más ha trascendido a la opinión pública es la anécdota de que se van a repartir lámparas de bajo consumo a troche y moche y eso le ha dado pie a Cospedal para poner a parir el Plan y tacharlo de frivolidad, aunque no se le conozca al PP plan, ni de lejos, semejante, mientras gobernó.

Porque este Plan aporta elementos verdaderamente novedosos, aunque, una vez más haya que decir que los Gobiernos de Zapatero no logran comunicar lo sustancial, porque lo más importante, no es que se repartan bombillas, ni siquiera la limitación de temperaturas en verano e invierno en edificios de uso público (ya Narbona nos dispensó de la corbata), sino una serie de propuestas que, por primera vez, se dirigen al corazón del sistema de derroche energético en el que llevamos décadas instalados y que hemos llegado a convertir en forma de vida.

Tales son las que buscan impulsar el transporte público y su financiación a los ayuntamientos, en función de que incorporen vehículos eficientes, las de reducir la velocidad en un 20 % de media en los accesos y circunvalaciones a las grandes ciudades y las encaminadas a la introducción masiva de vehículos eléctricos e híbridos. Estas medidas sí suponen un cambio total en la concepción de la movilidad y requerirán de un apoyo decidido de los movimientos sociales involucrados en el cambio hacia un modelo sostenible, porque le van a caer chuzos de punta al Gobierno en cuanto empiece a aplicarlas.

Con todo, lo más innovador del Plan Sebastián, es que va a intentar que la Administración General se aplique el cuento y empiece dando ejemplo: estableciendo criterios de eficiencia energética en la contratación pública, cambiando a calificación “A” los coches oficiales, introduciendo hasta el 20 % de biocarburantes en las flotas estatales, creando rutas de autobuses para los trabajadores públicos de grandes centros, utilizando los pasillos aéreos de Defensa para ahorrar combustible en las líneas aéreas, obligando a una alta calificación energética de los edificios oficiales (esperemos que no se hagan más mamotretos de cristal en los que, mientras unos se asan, otros, al mismo tiempo, se congelan) y lo que es auténticamente revolucionario: que en 2009 todos los departamentos ministeriales adopten medidas para reducir el consumo energético en un 10 %.

El Gobierno debería ahora coordinar los varios planes vigentes, que inciden en el mismo asunto y aclarar el enigma que encierra la medida 31: disminuirán las pérdidas en transporte y distribución de energía eléctrica. ¿Cómo?

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