sábado. 24.02.2024

¿Qué está pasando en Sudáfrica?

Sudáfrica está viviendo una profunda crisis social y política que ha salido a la luz a raíz de la matanza de mineros en Marikana. La desigualdad entre pobres y ricos es la mayor del mundo.

Sudáfrica está viviendo una profunda crisis social y política que ha salido a la luz a raíz de la matanza de mineros en Marikana. La desigualdad entre pobres y ricos es la mayor del mundo.

Mientras el mítico Nelson Mandela vive retirado de la vida pública, rodeado de su familia, en su residencia de Qunu (dónde pasó su infancia), Sudáfrica, país al que rescató del apartheid, vive una situación crítica. Mientras los blancos y la élite negra se han enriquecido, un 25% de la población  negra sigue viviendo con un euro y medio al día, sin acceso al agua, electricidad o educación. El paro alcanza el 25% de la población pero en los trabajadores negros llega al 40%.

Desde los vertiginosos cambios llevados a cabo por Mandela en 1994 se ha creado una importante clase media y el país ha conseguido importantes cambios democráticos  pero los townships, barrios de chabolas para negros, siguen haciendo que hablemos del país donde más distancia hay entre ricos y pobres, según datos del Banco Mundial. La corrupción, la desigualdad  y la falta de liderazgo de sus políticos han llevado a la primera plana de los periódicos a esta nación que fue un ejemplo para la humanidad. A pesar de ello sigue siendo el primer pais de África económicamente hablando.

En los citados  ghettos, situados en los alrededores de las grandes ciudades, sus habitantes, la mayoría en paro, conviven con bandas juveniles, drogas y armas de fuego. Se calcula que unos 5,7 millones de personas tienen  el VIH, según el informe anual de Amnistía Internacional. En ese mismo informe  se denuncia “la utilización de la tortura con los detenidos,  y ejecuciones extrajudiciales a manos de la policía”. Las personas refugiadas y migrantes que optan por vivir en Sudáfrica son  objeto de discriminación y desplazamiento en episodios de violencia en gran escala”, añade el informe de AI.

Y añade que se amenaza y ataca “impunemente” a los que defienden el derecho a la vivienda. Hay que tener en cuenta que estas personas viven en chabolas en condiciones infrahumanas. Para este sector de la población los cambios de los años 90 no llegaron a beneficiarles y ahí siguen.

En la citada década, se superó el régimen de segregación racial y un Mandela que había pasado en prisión  27 años, llegó al poder para democratizar su país y conseguir a través de “Las comisiones de la verdad” la reconciliación de la población. Sin duda, un éxito.

Desde ese momento a penas había vuelto a ser noticia Sudáfrica (excepto por el mundial de fútbol)  pero de repente  nos encontramos con la noticia, el pasado agosto, de que 34 mineros fueron asesinados por la policía en la mina de platino de Marikana, a cien kilómetros de Johannesburgo y 270 fueron detenidos tras una protesta para pedir una mejora en sus salarios y acceso a los servicios públicos. Dicha mina pertenece a la empresa británica Lonmin.

No hay que olvidar que Sudáfrica extrae el 80% de platino del mundo que consume mayoritariamente  la industria del automóvil europea. Así mismo Johannesburgo es conocida mundialmente por el comercio a gran escala de oro y diamantes.

Posteriormente al cruel asesinato, los  270  detenidos fueron acusados, basándose en leyes del apartheid, de los asesinatos de sus compañeros. Tras un importante revuelo y presión social,  la acusación fue retirada pero el clima de crispación sigue latente y los líderes de las revueltas siguen siendo detenidos con acusaciones diversas.

Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz 1984 por su lucha contra la discriminación racial, se preguntaba escandalizado: “¿Esos éramos nosotros? ¡No! Debía ser un flashback de los días horribles de las injusticias y la opresión”.

Pero desgraciadamente  esas imágenes eran actuales. Lo que ocurre es que aquellos líderes luchadores, honrados e idealistas que buscaban la justicia y el bienestar de la población han pasado a la historia.

Sudáfrica necesita otro Mandela pero se ha quedado en un escandaloso  Jacob Zuma, polígamo y  con 20 hijos, que antes de ser proclamado Presidente acumuló  783 acusaciones de corrupción y violación  y que ha estado más pendiente de otros quehaceres más superficiales y frívolos  que de rescatar de la pobreza a los ciudadanos negros.

Jacob Zuma afirmaba en febrero de este año, en el Parlamento, que  Suráfrica es el único país que tiene un “programa” para combatir la corrupción, ante las carcajadas de sus opositores. Justo un mes más tarde, la justicia decidió  reabrir el caso por corrupción en contra de Zuma que en 2009, meses antes de que fuera electo presidente, se desechó, en el que se acusaba de llevar a cabo una venta de armas por $5 mil millones de dólares en 1999.

Su paso durante un tercio de su vida por la prisión de Robben Island, al igual que Mandela, no significó que su carrera política estuviese presidida por los mismos ideales. Ahora, el país que nos deslumbró por su salida del apartheid, debería encontrar otro Mandela que los salvase de la injusticia social.

¿Qué está pasando en Sudáfrica?
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