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martes. 09.08.2022

¿Habrá resurrección?

Cuando la vida se hace costumbre pierde su sentido dinámico y se convierte en quietud momificada. La pérdida de asombro desnuda la existencia, la cosifica y la convierte en carencia de creatividad. Llega entonces la fosilización hecha recuerdo, oscura memoria, ayer sin mañana de resurrección.

Cuando la vida se hace costumbre pierde su sentido dinámico y se convierte en quietud momificada. La pérdida de asombro desnuda la existencia, la cosifica y la convierte en carencia de creatividad. Llega entonces la fosilización hecha recuerdo, oscura memoria, ayer sin mañana de resurrección. El rico epulón –cuenta el evangelio- contempla sus posesiones, se regodea en su dominio y exclama: “ya puedo descansar” Esa noche, murió. Cuando renunciamos a nuestra vocación poética (vocación de creación) y decidimos que el futuro no nos necesita, no tiene sentido continuar existiendo. Si la historia nos cabe en las manos y nos privamos de la construcción del futuro, es lógica la muerte como frustración existencial. Sin el imán del futuro carece de dinamismo el presente y la quietud se deposita en la oscuridad de un ataúd para devolverlo a los grises brazos de la tierra.

La Iglesia se ha convertido en estatua de sal de tanto mirar hacia atrás, aunque es triste que su retrospectiva no llegue hasta los primeros cristianos, sino que alcance sólo hasta más o menos Constantino. En su empeño de negar una vocación de testigo, de levadura, de sal, la Iglesia va destruyendo su futuro. El despegue del mundo científico, de la investigación, del avance, le va despegando una dermis que no deja ver una nueva piel y la carne en vivo es siempre desagradable e inadecuada para el acercamiento amoroso. Esta permanencia anclada en el pasado constituye un veneno que maltrata el futuro hasta la extinción.

Gregory Baum nos alerta de la provisionalidad de la historia. Töffler nos previene de un ahora que no lleva en su vientre un mañana. El hombre de hoy ha tomado conciencia de su propio peregrinaje y de que su propio ser es una temporalidad ascendente, que la historia es una decisión del mañana. Renuncia así a una seguridad anquilosante para experimentar la dimensión de vértigo que le otorga su quehacer humano.

Nada de lo anterior es admitido por una Iglesia aferrada a verdades desde siempre adquiridas y para siempre promulgadas. Incluso los católicos le exigen que diga lo que siempre ha dicho y traducen este empecinamiento doctrinal en fidelidad a un mensaje que nunca se sabe de dónde ha salido ni en qué se fundamenta. La mujer nunca podrá aspirar al sacerdocio porq1ue –dice la Jerarquía- así lo quiso Cristo. Pero en ninguna recta exégesis le lleva a fundamentar una doctrina como ésta. Y así, otras afirmaciones sobre células madre, homosexualidad, eutanasia, aborto, preferencia de virginidad sobre ejercicio sexual, sexualidad-pecado si se ejerce como fuente de placer sin terminación fecunda, prohibición de fecundación in vitro…

Cuando el Parlamento de un estado aconfesional legisla sobre materias concretas sin tener en cuenta esta posición de la Jerarquía, ella argumenta relativismo, secularización, laicismo, anticlericalismo y lo que es peor persecución. El mal siempre les viene de fuera. Como diría Sartre, el infierno son los otros. Poseedora de la verdad absoluta, enrocada en un dogmatismo irracional y acientífico, ejerce un papel de condena, de amenazas, de anatemas. Cuando Reig Pla junto con muchos otros Obispos define la homosexualidad como una enfermedad, se siente perseguido si alguien esboza una sonrisa de indiferencia. Cuando condena el nacimiento programado de una criatura para curar la enfermedad terminal de un hermano, el mundo de la ciencia se sacude la caspa de los hombros. Cuando se vitupera el amor ejercido a través del sexo, las hormonas se ponen de pie y agitan la bandera libertaria del placer. Cuando se estrangula el condón, el diu o la píldora poscoital, el amor se pone elegante para decorar la vida de quien lo ejerce. Cuando se proclama la estima de la Iglesia por la mujer al tiempo que se la reduce a un papel de planchadora, ella enarbola su dignidad ante el mundo.

Podríamos seguir hasta casi el infinito. Nos quedamos con la teología de la liberación, con el trabajo esforzado a favor del estómago de los pobres, con los que comparten hombro con hombro la miseria, la soledad, la angustia de los olvidados de la historia. Ellos poseen la tierra. Para esa Iglesia oficial ¿habrá resurrección?

¿Habrá resurrección?
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