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jueves 19/5/22

¿Eres mi lobby?

¿Existen o no existen? ¿Los lobbys tienen o no tienen influencia en nuestra política? ¿Hay que controlarlos o es mejor que las cosas sigan como están? Es éste un viejo debate. Y no tan difícil, me parece a mí. Sería ingenuo negar que en nuestra política existen los grupos de presión, los lobbys. Haberlos, haylos. Y tienen su influencia en las decisiones políticas.
¿Existen o no existen? ¿Los lobbys tienen o no tienen influencia en nuestra política? ¿Hay que controlarlos o es mejor que las cosas sigan como están? Es éste un viejo debate. Y no tan difícil, me parece a mí. Sería ingenuo negar que en nuestra política existen los grupos de presión, los lobbys. Haberlos, haylos. Y tienen su influencia en las decisiones políticas. El problema es que, influenciados por las películas americanas, pensamos que los lobbys son organizaciones perfectamente estructuradas y reconocidas, con despacho en el Congreso y con influencias y reconocimiento público.

Eso es en las películas norteamericanas. En España existen esos grupos de presión. Lo que ocurre es que legal y públicamente no están reconocidos y sus actividades tienen, por tanto, un carácter muy distinto. ¿Habría que darles cobertura legal? Mejor sería. Con ello nos evitaríamos sorpresas y ganaríamos transparencia.

Nadie puede negar que existe una influencia sindical o empresarial. Ni que hay sectores de la sociedad cuyo peso en determinadas decisiones del Gobierno son decisivas a la hora de plantear cualquier ley o cualquier actuación del Ejecutivo o del mismísimo Parlamento. Sería ingenuo creer que determinadas asociaciones (consumidores, víctimas del terrorismo, ecologistas, etcétera) nada tienen que ver con las normas o con los pronunciamientos del Ejecutivo o de la oposición. Y lo mismo ocurre con sectores estratégicos como la energía o la construcción.

No hace mucho los constructores pedían medidas que les ayudaran a soportar la crisis del ladrillo. Y para nadie es un secreto que otros sectores han tratado de influenciar a los partidos sobre decisiones vitales para su supervivencia.

Probablemente lo único que falte sea su reconocimiento legal. Con ello se evitarían, entre otras cosas, acciones individualizadas que buscan privilegios muy concretos para sectores muy concretos. No será la panacea, pero sí aportaría una transparencia necesaria en estas actividades.

Así, la iniciativa de IU-ICV no hace más que llevar al Parlamento algo ya conocido y admitido en nuestra vida pública. Porque, a la vista de los últimos acontecimientos, no basta con una ley de incompatibilidades que termina siendo burlada y que no resuelve el problema principal. Bienvenida sea, pues, una ley que nos haga más clara, más transparente nuestra vida pública. Y admitamos que, al final, lo que importa es saber con quien o con quienes nos enfrentamos.


Se trata de elegir. Como dijo Mario Benedetti:

“señoras y señores
a elegir

a elegir de qué lado
ponen el pie”.

Vamos a poner el pie del lado menos oscuro, por lo menos.

¿Eres mi lobby?
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