martes 07.04.2020

Histrionismo verbal y  maximalización de las desigualdades.

Erich Fromm
Erich Fromm

Desde siempre, los grupos de poder económico, social, o ambos, han elevado palabras grandilocuentes frente al resto, con la finalidad de obtener una preeminencia, de la cual, en multitud de ocasiones, carecían. Por ejemplo: en el terreno ético. Recordemos la historia más reciente de nuestro país: durante la dictadura del General Franco, España logró el aberrante honor de situase en el segundo lugar de la lista de países con mayor número de desaparecidos del mundo. Dicho personaje, se hacía llamar a sí mismo Caudillo. Termino proveniente del latin capitelium, o cabeza, es empleado para referirse a un líder -ya sea militar, político o ideológico -  al ser dicho líder la “cabeza visible”, actuando como guía frente a sus seguidores. ¿Qué talante moral presentaba dicho guía, si para imponer sus ideas no dudaría - según afirmó en entrevista publicada en News Chronicle. (Londres, 29 de julio de 1936)-  en matar a media España ?

Desde siempre, y hasta bien entrado el siglo XX, los propietarios agrícolas se hacían llamar por sus trabajadores, amo. Dicho término nos retrotrae a tiempos del feudalismo medieval; en concreto a los llamados siervos de la gleba, o conjunto de siervos ligados a la heredad en la que trabajaban, cuya situación jurídica se encontraba a medio camino entre la esclavitud y la libertad, según definición tomada del Diccionario del Español Jurídico de la RAE. Dicho de otra forma: en muchos aspectos eran propiedad de los dueños de las tierras. Evidentemente, esa relación jurídica desapareció en la Edad Moderna; pero, en la mentalidad de los terratenientes, no lo hizo hasta muchos siglos después, si es que lo hecho alguna vez. De esa mentalidad queda bastante en los políticos de derechas, quienes gobiernan el país, la comunidad o el municipio - y con ello, a las personas que allí habitan - como si fuera “su cortijo”.

Existe una gran maestra en la utilización de términos grandilocuentes para subyugar a la población: es la Iglesia. Palabras como Dios, eternidad, infierno, pecado y un larguísimo etc.  han sido y son usadas con la intención de amedrentar y poder manipular a su antojo. Finalmente, el concepto siervo es utilizado con frecuencia por la Iglesia. Siervo de Dios y por ello: siervo de la iglesia, como su institución representante en la tierra.

El concepto siervo introduce un concepto de propiedad, como propiedad de los padres han sido calificados hijos e hijas, a raíz de la polémica sobre el denominado Pin Parental. Esta concepción tiende a cosificarles; a ser tratados como objetos que reproducen la forma de ser y pensar de sus padres, y no como sujetos con derechos propios;  entre ellos: el de una educación basada en los Derechos Humanos, donde prime el respeto, la tolerancia o el pensamiento crítico.

Como argumento para resolver la polémica a su favor, han vuelto a elevar grandes palabras como manipulación o adoctrinamiento. Claro, tampoco podía faltar el término favorito de quienes predican ideologías que recortan libertades, ya sean individuales o colectivas: la palabra libertad. En su opinión, frenar la puesta en marcha de esta medida supone un atentado contra la libertad de los padres a elegir la educación de sus hijos. En este caso, el término libertad es, como los anteriores, una palabra vacía, pues su “libertad” supone elegir la falta de libertad para sus hijos e hijas. Supone educarles en la intolerancia; en el oscurantismo. Supone, en definitiva, educarles en la falta de libertad.

Es la dialéctica grandilocuente habitual de las grades palabras vacías; es el histrionismo verbal al que nos tienen acostumbrados, y se corresponde con los grandes gestos o las grandes banderas que tanto gustan a la derecha. Una teatralización que esconde, o pretende esconder, una realidad oscura y mediocre; cuajada de miedos y culpabilidades interiorizadas, que pretenden sean también interiorizadas por toda la población. Una dialéctica de palabras vacías, o más bien que han vaciado, para convertirlas en contenedores de su impostura; que esconden su “miedo a la libertad”, que diría Erich  Fromm; su rechazo a pensar y expresarse con libertad; siendo el poder y el miedo la realidad a la que aspiran. 

Esas grandes palabras, esconden, o no, su intención, no solo de mantener, si no de ahondar o de maximizar una situación de desigualdad, ya sea económica, social, política o cultural, que los sitúe en ese plano de preeminencia que citamos al comienzo. Al igual que, desde su  mentalidad, son los únicos con derecho a utilizar los grandes símbolos y las grandes palabras, también consideran único su derecho a disponer a su antojo de los recursos del país. Y quien osa a poner en tela de juicio esa situación -esto es: a hacer un país menos injusto y a mejorar la vida de las personas- recibirá todo tipo de descalificaciones o, directamente, insultos. Recordemos los calificativos que recibió el actual Presidente del Gobierno en la Sesión de Investidura; o sus bramidos contra la subida del Salario Mínimo Interprofesional.

Un discurso grandilocuente; de grandes palabras, pero vacías de contenido; un histrionismo verbal que no pretende otra cosa si no encubrir sus intenciones de construir una sociedad aún más injusta, donde las desigualdades se harán cada vez más evidentes, pero se verán maquilladas por una altisonancia de gestos, palabras o símbolos.

Histrionismo verbal y  maximalización de las desigualdades.