sábado 8/8/20

La utopía y el confinamiento

Perdónenme que se lo diga. Quizás debiera callar y ocultarlo. No quisiera parecer un desvergonzado o un cínico. Menos aun un loco. Tampoco quisiera molestarles u ofenderles. Aunque me gusta la provocación, mi atrevimiento no llega a tanto. Me asustaría estar en boca de todos o de muchos o de algunos. Os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar.

Quizás sea la educación cristiana en la culpa que recibí en mi infancia que me impide el disfrute y más que el disfrute, la manifestación del disfrute. Especialmente cuando otros no han podido disfrutar. Es como si esa educación que nunca se termina de superar hubiera dejado en mi disco duro mensajes ocultos, malwares ético-informáticos que no he conseguido superar con mis repetidos reseteados. Que perviven en algún lugar oscuro de mi conciencia a pesar de haber reinstalado el sistema operativo.

Es como si yo hubiera sido el causante de la pandemia. O al menos como si hubiera contribuido a transmitirla. Como si fuera responsable del contagio, de los contagios. Como si tuviera alguna responsabilidad en las muertes, los ingresos hospitalarios, las secuelas… Como si fuera al menos en parte responsable de que muchos hayan perdido sus empleos, sus negocios, sus rentas o salarios…

Me siento como un bicho raro cuando oigo cómo la gente lamenta todo lo que no ha podido hacer, todo el mundo de relaciones familiares y amistosas que no ha podido sostener, todos los planes y proyectos que ha debido suspender. Y no es que yo no haya debido dejado de hacer cosas, no haya podido sostener relaciones familiares y amistosas o no haya tenido que suspender planes y proyectos.

A propósito de los Ertes, a propósito del ingreso mínimo vital, a propósito de ese lenguaje nunca antes manifestado de solidaridad social, de no dejar a nadie atrás…

Ya, ya sé que mis circunstancias han sido mis circunstancias y no todos han tenido las mismas circunstancias. Que afecto a servicios esenciales he trabajado, poco pero he trabajado. Que he cobrado todo, como siempre. Que hasta he podido ahorrar. Que en mi entorno todos hemos disfrutado de buena salud.

A estas alturas de la página he de dejar de excusarme y justificarme, tomar aire y endurecer el torso para confesarles que a mí el confinamiento me ha parecido una bendición; que me lo he pasado estupendamente; que he lamentado que se acabara, si no fuera por mi mala conciencia; que me apunto a otro, si no conllevara lo que tiene que conllevar para que se vuelva a acordar; que una vez cada año o máximo cada dos años deberíamos ser confinados dos, tres, cuatro meses…

Todo bien. Lo frío, frío. Lo caliente, caliente. Y todo a su hora y en su lugar. Sueño y descanso en su medida. Trabajo por debajo. Hubiera admitido un poco más. Escritura, lectura, estudio, películas, series… que no había podido ver en años. Convivencia familiar relajada y con distensión…

Y nada de esas cosas que son un sin-vivir: ni el estrés laboral, ni los horarios, ni los atascos de la Sra. Díaz de Ayuso, ni tráfico, ni congestiones de público, ni contaminación, ni turistas, ni bares, ni ocio nocturno, ni fútbol, ni publicidad…

Bueno algunas cosillas sí me han faltado: un poquito de familia y amigos, un poquito de cine… Y algún desplazamiento. Y ya puestos, en mis contradicciones, saber si el Real Madrid habría sido capaz de eliminar al Manchester City de Pep Guardiola en una enésima gesta histórica.Y otras me han sobrado: un centenar de mascarillas, un hectólitro de gel y algún millar de lavados de manos.

Tanto que hoy me resisto a la vuelta a la “normalidad” como un niño a irse del escaparate de las chuches. Siento algo que un psicólogo argentino ha bautizado sólo para mí. El “síndrome  post-confinamiento” que es como el jetlag postvacacional, pero a lo bestia.

Y en mi nostalgia ansioso depresiva llego a la conclusión de que mi vida durante el confinamiento ha sido el negativo de mi vida fuera del confinamiento. Ha sido la vida que no vivía antes y que posiblemente no pueda volver a vivir. Creo que no perdonaré a este Gobierno, que se llama a sí mismo de progreso, que lo haya levantado sin al menos prometernos que en algún momento volveríamos a él. Aunque fuera mentira. Aunque fuera como ese “a ver si nos vemos y tomamos unas copas” que se dice al amigo con el que te has encontrado, que hubieras preferido no hacerlo y al que no hay propósito de volver a ver.

Inevitablemente me he acordado de Castelao, cuyo nombre ha tomado en vano recientemente el bocasucia de turno. Me he acordado de su infinita ternura y sensibilidad, grabada en algún, otro archivo oculto de mi disco duro. He recordado su viñeta en la que la pobre-niña-pobre gallega de la pobre-Galicia-profunda le dice a su hermanica que los ricos comerán azúcar. Justamente aquello que les gusta y no podrán comer jamás. Lo que les es inaccesible.

Y me he acordado de los socialistas utópicos, aquéllos que dieron voz y sueño a los proletarios. Voz a su problemática actual. Y sueño de un futuro en negativo. Bueno no se sabe bien que es lo positivo y lo negativo. La utopía. La alternativa elaborada sobre la negación de la realidad actual. El programa de cambio revolucionario que, ante un presente de durísimas condiciones laborales, de interminables jornadas de trabajo y penuria retributiva con una accidentabilidad extraordinaria, propugnaba el comunismo, estadio social máximo, en el que cada cual aportaría según su capacidad y recibiría según su necesidad. Y en estos días algo de eso hemos visto y mucho más hemos intuido. A propósito de los Ertes, a propósito del ingreso mínimo vital, a propósito de ese lenguaje nunca antes manifestado de solidaridad social, de no dejar a nadie atrás…

Perdónenme de nuevo, y den por reproducidas todas mis excusas y justificaciones, fruto indudable de mi educación cristiana y mi mala conciencia personal, pero yo me apunto para siempre al confinamiento indefinido. A la utopía.

La utopía y el confinamiento