martes 07.07.2020

Señora marquesa

Hay cosas que mejor no hablar de ellas, no removerlas. Que nadie se dé cuenta de que persisten. Porque no son presentables. Porque atentan contra la más mínima sensibilidad. Porque desacreditan a quien habla de ellas. Más si pretende defenderlas.

Y una de ellas es la de los títulos nobiliarios y la supuesta nobleza de sangre. Tras muchos años disimulando, pasando desapercibida salta a la actualidad y nada bueno puede surgir para los supuestos nobles ¡Estaros quietos, hombre! ¡Que es por vuestro bien!

Sale a la palestra la Sra. Álvarez de Toledo, que no aprende, y tras acusar a un vicepresidente del Gobierno de ser “hijo de terrorista”, “es un hecho” dice, opone otro “hecho”: que ella “es hija de Marqués”. Error sobre error, sobre error, sobre error, sobre error…

Primer error, la imputación a Pablo Iglesias es injuriosa porque es una afirmación difamante que afecta al honor de la persona a la que se refiere y calumniosa para su padre, porque en este país ser terrorista sigue siendo un delito. E imputar injustamente un delito a otro, también. Y si la difamación ni siquiera admite prueba, respecto de la calumnia cabe acreditar la veracidad de la imputación (la llamada exceptio veritatis). Difícil, cuando ya ha habido condenas judiciales a terceros por la misma imputación. Independientemente de su incuestionable falsedad.

Segundo error, a la gente no nos gustan los abusos. Es posible que en un tiempo no muy remoto atáramos botes al rabo de los perros, tiráramos cabras desde el campanario, nos riéramos de los “tontos” o los discapacitados, viéramos como normales los malos tratos a los niños o las mujeres y calláramos ante los abusos de los indefensos. Afortunadamente eso se va quedando, poco a poco, atrás. Vamos siendo menos bárbaros y crueles. No es bueno, Doña Cayetana, ofender a quien no está presente y no se puede defender. No es un espectáculo edificante. Menos aún que se esconda tras el privilegio del aforamiento. Aunque ya veremos, ¡habrá que votar! Pero desde ya hay que concluir que cualquiera torea desde el burladero. ¡No es de valientes!

Tercer error, no parece loable y, menos presumiendo de limpieza de sangre, que alguien se sitúe a la altura de plebeyazos como Inda, Tersch, etc. que cada día saltan a la actualidad por su falta de limpieza de sangre, de espíritu e incluso de manos.

Cuarto error, en este país se quiere a Gila, un republicano “malfusilado”, y se recuerdan sus chistes. Los tenemos muy presentes. Y todos nos hemos imaginado a Doña Cayetana recién nacida yendo al cuarto de la doncella y diciéndole: “¡Remedios que ya he nacido, mira soy marquesa!”. Eso sí con acento porteño.

Quinto error, no sé si cuando Cayetana nació su padre era ya o no marqués pero lo cierto es que su padre no siempre fue marqués y no parece que esa sea una condición personal esencial. La gente no nace marqués. Todo lo más hereda después el título. Como se puede heredar un apartamento en Torrevieja o un labrado en Tomelloso.

Sexto error, tal afirmación invita a investigar sobre el título nobiliario, su origen, quien lo concedió, por qué hechos y la sucesión en la titularidad... Y eso respecto de la mayor parte de los títulos no resulta aconsejable. Nada bueno suele resultar del rebusco en la historia. Para empezar se trata del Marquesado de Casa Fuerte, de un título concedido por un mal Rey y eso lo degrada. Todos los Reyes españoles han sido malos, salvo Luis I El Brevísimo que, al menos, tuvo la deferencia de morirse enseguida. De Felipe V lo único bueno que puede decirse es que fue un Rey adicto al sexo, en modo “mono” y en modo “estéreo”,  a lo que dedicó la totalidad de su vida y su tiempo. De este modo el pueblo se benefició algo de su desgobierno. Y traer al trono a semejante verraco, nos costó una guerra.

Séptimo error, si los títulos nobiliarios se justifican por el recuerdo de quien sirvió a su país o la Corona, mal sirven a ese fin. ¿Quién recuerda hoy quién fuera eI primer Marqués de Casa Fuerte? ¿cuáles sus hazañas? Peor sirve  que el título haya caído, final y azarosamente, en manos de su actual titular, lo que podría avergonzar a quien le fue reconocido originalmente. ¡Qué alma noble permitiría que sus sucesores apoyándose en sus méritos se ejerciten en la soberbia y la prepotencia! ¡Nobleza obliga! Se dice.

Octavo error, los títulos son susceptibles de ser heredados hasta el sexto grado civil (más o menos sobrino-bisnietos de su titular). Entroncar biológicamente a Doña Cayetana con el primer Marqués de Casa Fuerte es un ejercicio de fe, esperanza y caridad. Sin necesidad de recurrir a la mediación de palafreneros y butaneros, muy posiblemente el ADN de la Señora Marquesa sea más próximo al de la mosca del vinagre, por aquello de hacer mala la leche,  que al del primer Marqués.

Noveno error, no parece que Doña Cayetana y sus progenitores hayan sido especialmente considerados y respetuosos con la memoria del primer Marqués: el título estuvo vacante, se ocupó por un pariente remoto porque nadie lo quería hasta que fue reconocido al padre de Doña Cayetana, previamente fue rechazado por las hermanas mayores de su padre que ni siquiera intentaron acceder al mismo y por los hermanos mayores de Doña Cayetana, titulares de mejor derecho que ésta. Por decirlo de alguna manera, Doña Cayetana y antes su padre consiguieron el título de rebote. O como dicen los castizos, “de churro”. El casticismo se justifica  ya que ella y su Señor padre, pese a ser francés,  portaban nombres tan castizos como Cayetana (San Cayetano, patrono verbenero de Cascorro, Embajadores y Lavapiés, ¡ahí es ná!) e Illán (santo madrileñísimo hijo del madrileñísimo San Isidro y de la no menos madrileñísima Santa María de la Cabeza).

Décimo error, Doña Cayetana se equivoca de lugar. El Congreso de los Diputados no es la Cámara de los Lores, recinto residual de los privilegios feudales en el Reino Unido. En España no tenemos propiamente una Cámara “alta” aunque así  llamemos al Senado que no es más que un aborto de cámara territorial. ¡Juega Ud. en fuera de juego! Está Ud. desubicada. El Congreso de los Diputados es la cámara del pueblo, del estado llano. No es el sitio de los Marqueses.

Y en medio de este carajal, la Casa del Rey, que parece trabajar denodadamente por la III República, recomienda a nuestro Rey Felipe VI, cabeza y origen de la nobleza, nobleza en su máxima expresión, que promueva la iniciativa de que los nobles aporten aceite y alimentos para quienes se hallan en situación de pobreza extrema.

Con ello queda en evidencia, la ausencia de la nobleza hasta el momento de las campañas generales de solidaridad promovidas por Asociaciones de vecinos, culturales, no gubernamentales, iglesias, empresas… Como siempre “aparte” y lejos del pueblo. Ya sabíamos que en este país un noble cercano al pueblo es una duquesa bailando sevillanas. Y un monarca campechano, un Rey disparando a un elefante con una cortesana al lado, o al revés que no me acuerdo de cómo iba la cosa. Y queda en evidencia, también,  la Corona. No parece preciso recordar lo de los 600 millones, la renuncia nula a la herencia futura, lo del “cuñao”…

A buenas horas. Siguen sin enterarse… Alguien debería recordar a SM aquello de “…que coman pasteles”, que se imputa a una pariente suya.

Señora marquesa