domingo 29/11/20

Monarquía bananera

“Bananas” no es la mejor película de  Woody Allen, ni siquiera la más divertida. Pero tiene algunas de las características de todo su cine posterior. Especialmente esa visión escéptica de la política que le lleva  a criticar las estructuras de poder. Todas ellas. Incluidas las progresistas, a las que teóricamente está tan cercano. Posteriormente en “Todos dicen i love you” critica duramente al republicanismo de la Asociación del Rifle y también se llevan lo suyo los ricos demócratas buenistas y su izquierdismo infantil. En “Bananas” despacha gustosamente a los Gobiernos “títere” y a las guerrillas de liberación nacional. Mucho tiempo antes de que acabáramos viendo el desenlace de Ortega y su sandinismo. Entre otros.

“Bananas” trata de las estructuras de poder y contrapoder, la guerrilla, en una de esas repúblicas centro y sudamericanas que hablan español, aunque alguna otra habla francés o inglés, y que han sido incapaces de adoptar unos regímenes  mínimamente democráticos. Que oscilan entre gobiernos políticos militares y gobiernos civiles controlados por los militares. Y en todo caso por la Metrópoli, al Norte.  Países donde los gobernantes son corruptos y los que aspiran a desalojarlos quieren ser tan corruptos como sus antecesores e incluso a superarlos. Países en que los poderes reales no solo consienten la corrupción sino que la crean y la fomentan.

Era lo que cabía esperar a tenor de lo que aprobamos en la Constitución. Lo peor es la complicidad de los medios y determinados partidos políticos y nuestra asquerosa cobardía, propia de súbditos sometidos que no de auténticos ciudadanos libres

Son países en que la corrupción es endémica y de momento perpetua. Heredera del sistema imperial español de concesiones administrativas reales que todavía practica a dos manos la derecha española (privatización, subcontratación y percepción de cánones y mordidas). Aprovechada por el vecino del Norte para perpetuar su dominio.

Resulta curioso y significativo que siempre se hable de “repúblicas bananeras” cuando fueron las monarquías española, francesa, británica y holandesa las que inventaron y pusieron en marcha ese modelo económico del monocultivo con unidades de explotación latifundistas, una población jornalera sumida en la más absoluta de las pobrezas cuando dejó de ser posible el esclavismo, y sistemas políticos corrompidos hasta el tuétano. Y la religión -la cristianización-, como argumento de cierre, legitimador de todo ello.  Modelo que hasta el presente ha sido imposible descarrilar.

Nada tiene, por tanto, de raro que, por las costuras de nuestra reciente democracia, se nos vean las enaguas absolutistas y autocráticas. Que en el pasado exportamos y actualmente mantenemos en sus causas y sus efectos. Que forman parte incluso del ordenamiento constitucional y legal. ¿Dónde habla la Constitución de reyes y reinas eméritos? ¿Qué precepto constitucional autoriza el aforamiento del imposible Rey “emérito”? ¿Cuál permite que tengamos más reyes que la baraja cuando la Constitución sólo habla del Rey? ¿De dónde sale esa inviolabilidad del Rey, interpretada con generosidad reaccionaria por el Tribunal Constitucional, que permite al Rey asesinar, robar, violar… impunemente? Y que es expresión del principio medieval de que el príncipe está por encima de las Leyes. De que la soberanía reside en su persona y su voluntad, y no en el pueblo. De que las dinastías monárquicas entroncan con Dios o sus profetas y de ahí su carácter intocable. Conceptos absolutamente trasnochados y viejunos.

Si  creamos el instrumento que le permitía al Rey robar y ser inviolable e irresponsable por sus actos ¿qué pensamos? ¿Que era un adorno? ¿Una licencia poética? ¿Que no usaría tal privilegio exorbitante? ¿Qué nos hace pensar que Felipe VI no hará lo propio? Suerte hemos tenido, incluso, porque con las mismas nos podrían haber asesinado y violado a nosotros o a nuestros hijos. Todavía están a tiempo.

Si me apuran, lo del Emérito era cosa sabida. Era lo que cabía esperar a tenor de lo que aprobamos en la Constitución. Lo peor es la complicidad de los medios y determinados partidos políticos y nuestra asquerosa cobardía, propia de súbditos sometidos que no de auténticos ciudadanos libres, que nos impide poner fin a esta lamentable comedia. A esta monarquía bananera.

Monarquía bananera