jueves. 29.02.2024

La que sobra es Alemania

Merkel está propiciando las consecuencias de una guerra en Europa sin pasar por ella, sin ejércitos que batallen...

Merkel, consciente o inconscientemente, está propiciando las consecuencias de una guerra en Europa sin pasar por ella, sin ejércitos que batallen

Existe el tópico de que la salida del euro para los países de la Unión Monetaria sería una catástrofe. Y es un tópico que tiene un punto de verdad. En primer lugar un país que quisiera salirse del euro no podría mantenerlo en secreto, y si ese país fuera España lo primero que ocurriría sería que la prima de riesgo se dispararía; en segundo lugar la fuga legal de dinero a bancos de la Unión Monetaria sería masiva y también la ilegal a los paraísos fiscales; en tercer lugar la cotizaciones de los títulos en bolsa caerían de forma brusca e intensa; en cuarto lugar los tipos de interés aumentarían a corto plazo precisamente por la acción conjunta de la huida de los capitales y caída de las cotizaciones; en quinto lugar las expectativas de inflación aumentarían significativamente. Todo esto ocurriría porque, además, aún no habría moneda del país –en este caso, las pesetas–, ni el banco central del país tendría aún una política monetaria tipo Reserva Federal, es decir, un banco que no sólo fuera prestamista de última instancia de los bancos sino también prestamista del Estado. Las reservas en dólares, oro y en el propio euro del Banco Central mermarían con rapidez inusitada como ya pasó hace 20 cuando la serpiente monetaria. Esto son algunos de los posibles efectos si un país como España intentara dejar el euro aún cuando no hubiera dado un solo paso para hacerlo efectivo.

La pregunta es: ¿qué pasaría si un país como Alemania hiciera lo mismo? Antes de hacer este nuevo ejercicio de ucronía permítaseme hablar de cómo sería técnicamente lo de abandonar un país de la Unión Monetaria la moneda única. Es verdad que se ha dado algún caso cuando las naciones se han partido o separado del país hegemónico como es el caso de la antigua Yugoslavia y los países que rompieron con la antigua Unión Soviética, pero nada de ello es comparable con el peso de la Unión Económica (también la Monetaria) en el panorama mundial. La entrada en el euro ha sido compleja y se han exigido períodos de transición para, entre otras cosas, determinar el tipo de cambio al que se producía la entrada. Sin embargo -y en contra de lo que pueda pensarse- el proceso técnico de salirse del euro sería relativamente sencillo. La primera medida sería la de convertir todas las cuentas, depósitos, fondos de inversión, de pensiones, títulos emitido por las empresas residentes en el país, etc. de euros en la moneda del país. En principio es cambiar la denominación de la moneda desde el punto de vista informático de una moneda a otra en los activos financieros que no tienen soporte físico, es decir, en los que tienen sólo anotaciones en cuenta. En los que tienen la moneda impresa porque tienen soporto físico, la cuestión se salvaría sustituyendo los títulos físicos denominados en la moneda europea por exactamente los mismos títulos denominados en la nueva moneda. Sería trabajo para las imprentas. Simultáneamente con este cambio de anotación y sustitución de títulos físicos equivalentes y los de cambio de moneda en las anotaciones en cuenta, el Gobierno del país que abandonara el euro fijaría el tipo de cambio de uno a uno entre el euro y la nueva moneda doméstica. De esta forma los titulares de los activos financieros y monetarios no perderían el valor nominal de estos. Tampoco variaría en principio el tipo de cambio. Previamente el Banco Central del país debería pertrecharse de reservas suficientes para evitar una especulación masiva, pero si las cosas se hacen con determinación y en brevísimo tiempo no serían necesarias. La razón de ello es que el sólo hecho de saber que el Banco Central tuviera las reservas suficientes para atender las peticiones de dinero de los bancos no haría falta su uso. Y sin más dilación el Tesoro empezaría a emitir moneda metálica de la nueva moneda para ponerla a disposición de los ciudadanos. El cambio se mantendría uno a uno y los bancos tendrían la obligación de recibir, entregar y cambiar ambas monedas a petición de los clientes al cambio señalado sin cobro de comisiones como medida excepcional transitoria. Y hecho todo esto, el Gobierno tomaría su primera medida de política monetaria: dejar flotar la moneda en los mercados de divisas para que fuera el mercado el que fijara el tipo de cambio. En el caso de España eso daría lugar a una devaluación de la moneda –mejorando la balanza comercial–, caerían las cotizaciones de los títulos que cotizan en bolsa, los fondos de inversión bajarían sus valores liquidativos, los tipos de interés aumentarían y se abrirían expectativas de inflación en poco tiempo. A corto y medio plazo se producirían huidas de capitales, tanto en su forma legal como a paraísos fiscales. Con el tiempo todo volvería a su cauce y la economía buscaría sus equilibrios de cambio, presupuestarios públicos, tipos de interés más moderados e inflación más contralada dado que el país tendría un Banco Central capaz de manejar la oferta monetaria (a través de la base monetaria) tal y como lo hace la Reserva Federal. El Banco Central del país que abandona el euro podría ser también un banco del Estado –al igual que la Reserva Federal- y no sólo un banco de bancos que emite la moneda (estrictamente hablando la moneda la emite el Tesoro pero la pone a disposición del Banco Central). La situación final de todo ello dependería de los fundamentos de la economía, de su relación comercial exterior y de la productividad de los diversos sectores que tienen incidencia directa y/o indirecta con el comercio exterior.

La pregunta ahora es: ¿pasaría lo mismo si la que abandona la Unión Monetaria es Alemania? Este el país más grande en términos de PIB (2,81 billones de euros) y de habitantes (80,78 millones de habitantes) de la Unión, aún mantiene la industria más poderosa tanto en términos absolutos como en términos relativos, su comercio exterior es el tercero de importancia en el mundo y no hace mucho era el primero. La tradición alemana desde lo de Weimar en la de sacrificar toda la economía propia y ajena a la estabilidad de la moneda porque su Banco Central –el famoso Bundesbank– tenía como misión en exclusiva la lucha contra la inflación. Y este es el defecto que precisamente ha transmitido al BCE. Si Alemania abandonara la Unión Monetaria nada de los efectos negativos anteriores tendría lugar. O al menos tendrían una incidencia mucho menor. En unos primeros momentos podría darse todo tipo de especulaciones y movimientos de capitales, pero inmediatamente todo volvería a un cauce sosegado. Más aún, dado que la que quedaría debilitada en sus expectativas –y por tanto en su moneda común– sería el resto de la Unión Monetaria, la nueva moneda alemana –supongamos que recuperara el marco– se convertiría inmediatamente en moneda de refugio. Si esto ocurre, el saldo neto de flujo de capitales podría ser positivo, es decir, entrarían capitales financieros en lugar de huir; los tipos de interés de los título denominados en la nueva moneda caerían ante el aumento de oferta de dinero buscando una mayor seguridad proveniente del resto de los países de la Unión, y la nueva moneda, a consecuencia de lo anterior, se revalorizaría. La única desventaja para Alemania –a diferencia de lo que ocurría para España por el efecto contrario antes comentado– es que la balanza de pagos comercial se deterioraría, castigando las exportaciones y privilegiando las importaciones. Pero el efecto neto en la economía alemana cabe apostar que sería positivo. A medio plazo la economía alemana sería la que fue. El mayor peligro sería para los asalariados alemanes porque el país tendría una inercia en convertirse en el centro financiero de la Europa continental, al igual que ocurre y ha ocurrido con el Reino Unido y su libra a nivel mundial en detrimento de su industria[1]. Pero los sucesivos gobiernos tendrían tiempo para corregir los efectos más indeseados y los políticos alemanes podrían abandonar a tiempo la mentira como instrumento político. En esta situación ya no necesitarían engañar a sus votantes echando la culpa de sus males a los vagos y pocos productivos países del sur de Europa. Cabe pensar que algún país de la órbita alemana seguiría sus pasos, especialmente Holanda y Austria, pero esto ya es mucho más difícil de pronosticar. En definitiva, si esas expectativas, esos animal spirits de los que hablaba Keynes, se vuelcan en la nueva moneda germana –el antiguo marco resucitado– favorablemente y tienden a considerarla como moneda de reserva, todos los males señalados para el caso español se resolverían favorablemente para Alemania.

¿Y cómo quedaría el resto de la Unión Monetaria? Pues hay que admitir que, al menos a corto plazo, una Unión como la presente es un juego de suma cero, y si Alemania saliera con ventaja en algún aspecto lo sería a costa del resto de la Unión. Especialmente en el aspecto cambiario y en el flujo de capitales financieros. Sin embargo, a medio plazo todo llevaría a una situación que dependería de los fundamentos de cada economía, es decir, la de Alemania por un lado y la del resto de la Unión por otra. La nueva pregunta es si ese resto de Unión Monetaria -que podríamos tildar ya de mediterránea- sería estable y habría resuelto todos los problemas que ocasiona la presencia de Alemania y la política de la Merkel por la austeridad impuesta y la falta de un verdadero Banco Central, un banco que sea también de los Estados[2]. Los tres países que comandarían esta Unión Mediterránea serían Francia (2,11 billones de euros), Italia (1,62) y España (1,05), por este orden. El resto apenas contaría políticamente. Cabe pronosticar además que Bélgica seguiría los pasos de Francia y Portugal los de España. Más incertidumbre habría con los países que quedarían en esta hipotética Unión Mediterránea provenientes de la esfera de influencia de la antigua Unión Soviética. Habría un peligro y es el de que si Alemania saliera reforzada de su separación –o al menos sin pérdidas de PIB y peso económico– el efecto demostración caería sobre Francia y la derecha y extrema derecha francesa como ave rapaz sobre su presa. El problema para el gobierno francés de turno en ese caso sería que la sociología electoral les llevaría a caminar sobre pasos germanos. Francia tendría más problemas que Alemania porque su peso económico es menor y su industria –salvo excepciones– tiene dificultades para sobrevivir. En ese caso, y si Francia se fuera de la Unión Monetaria, no tendría razón de ser, el resto de la Unión –España e Italia principalmente– tampoco. La Unión habría fracasado porque se ha planteado mal, se ha hecho la casa por el tejado, pero los costes de transición a una mera Unión Económica se habrían minimizado. Y a largo plazo estaríamos mejor y se habría demostrado que sin unión política en un solo Estado previa -con todas sus consecuencias- son muy difíciles uniones meramente monetarias[3].

Es verdad que la Historia demuestra que de lo previsto a lo acontecido hay un trecho, pero de todo el ejercicio de ucronía anterior queda algo solvente creo, algo que debiera quedar claro meridianamente: que si Alemania no se va primero no se puede deshacer la Unión Monetaria. Y eso por más contraproducente para los Estados del sur que representa la hegemonía alemana, este nuevo IV Reich que la Merkel –una Hitler con faldas y sin tanques– quiere imponer en Europa. La Unión Monetaria –no necesariamente la Unión Económica– puede deshacerse pero, paradójicamente, no comenzando por el eslabón más débil sino por el más fuerte. Alemania reúne todos los requisitos: supera en 700.000 millones de PIB al segundo, tiene tradición y vocación de sacrificarlo todo para hacer de su moneda una moneda de reserva mundial, compite con tecnología avanzada y con salarios medios a la baja, gran exportador, primera bolsa continental y, actualmente, con una dirigente sin escrúpulos que ha asumido el principio goebeliano de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

Pero respecto a este último punto no conviene jugar con fuego. Pensemos que la Unión Económica es incapaz de dar solución al problema que ella misma ha causado con la austeridad en el caso griego, país que sólo representa el 2% de la Unión. Con la política de austeridad propiciada por Berlín, FMI y la Comisión han llevado al país heleno a perder un 25% de su PIB, a más de un 25% de paro y a dejar la deuda pública en un 178% de su PIB. De alguna manera la Merkel con sus acciones y los votantes de la coalición de la Merkel están empujando a Europa a salidas extremistas. De alguna manera están exportando el fascismo que un día asoló su país. Y eso es muy peligroso porque, aunque los fascismos al final fueron derrotados, lo fueron dejando un rastro de más de 50 millones de muertos por el camino. Si Alemania tuviera el peso económico que tenía en el mundo en 1939 y de no haber armar nucleares, ya estaríamos en la III Guerra Mundial. La Merkel, consciente o inconscientemente, está propiciando las consecuencias de una guerra en Europa sin pasar por ella, sin ejércitos que batallen. Al menos valga como consuelo. Hace poco el primer minstro alemán exigía que el gobierno griego despidiera a 150.000 de sus funcionarios sin más. Esa exigencia, ese chantaje que somete la llamada troika al pueblo heleno es puro fascismo aunque sin campos de concentración. La Merkel está jugando con fuego. La incógnita es si es consciente de ello.


[1] Eso ocurre con USA y su moneda, manteniendo permanentemente tipos de interés del dinero por encima de los tipos europeos. Hasta ahora este país ha mantenido esa diferencia en su contra –en contra porque eso debería perjudicar las inversiones domésticas–, pero el peso de su industria respecto al resto del planeta ha sido tal que ha compensado ese diferencial de tipos de interés en su contra. Pero ello no podrá ser mantenido por mucho tiempo. En realidad todos los grandes imperios han caído al final por problemas fiscales, y valgan como ejemplo los casos del caso del Imperio romano o del Imperio español.

[2] Es lo que está intentando Draghi desde el Banco Central, prometiendo comprar 60.000 millones de euros mensuales en títulos de la Unión Económica hasta septiembre del 2016, con un 80% destinado a la compra de títulos públicos (deuda pública en el mercado secundario).

[3] Existen algunas uniones monetarias –cuasi uniones- pero no tienen ni con mucho la enjundia que se pretende con la unión monetaria europea. El euro es moneda de reserva internacional, el PIB de la Unión Económica (la de los 28) iguala al de USA y ni el euro ni el dólar –ninguna moneda– es exigible su conversión en oro por los bancos centrales a petición de los Estados acreedores (depositantes).

La que sobra es Alemania