jueves 20.02.2020

Progresismo frente a golpismo incesante

Posfranquistas y neofalangistas se aprestan a robar el granero electoral para cebar al máximo el golpismo de ambos

A pesar del cambio de rumbo –veremos si más real que aparente– no se puede ocultar algo que no parece tan evidente como pareciera. Sé que puede parecer exagerado, pero ya no tenemos democracia. La democracia no es sólo elecciones. Esa es la condición necesaria, pero no la suficiente. Desde el advenimiento al poder del PP de Rajoy han ocurrido muchas cosas, la mayoría desagradables para casi todos, incluidos para los votantes del PP, aunque quizás no sean conscientes de ello. Y no se trata de la corrupción del partido de gobierno –de por sí ya terrible– que la Audiencia Nacional le ha atribuido que es una trama corrupta cuyo fin era lucrarse; no se trata sólo de que la sentencia diga del propio Rajoy que su testimonio como testigo carece de credibilidad. Se trata de que, a la chita callando, el PP de Rajoy, con la excusa de la inanidad del gallego, de su trivialidad intelectual, de su torpeza infinita en la expresión del único idioma que conoce, con su indolencia congénita o adquirida desde las aulas escolares quizá, se trata, decía, de que, desde que gobierna este triste y anodino individuo, ha ido minorando las libertades –véase la ley mordaza–, se ha mermado el Estado de Bienestar vía presupuestos, se ha liquidado la hucha de las pensiones hasta poner en riesgo las mismas, se ha precarizado el empleo batiendo registros en Europa, que los asalariados han perdido salarios, que la participación de la renta en el PIB ha disminuido, que han convertido a España en los campeones de la desigualdad. ¿Se han dado cuenta de ello los votantes del PP? ¿Qué piensan de todo esto? ¿Acaso no son conscientes o es que les da lo mismo? El periodista Zarzalejos daba un dato escalofriante: de las 40 leyes aprobadas en el Parlamento con el voto en contra del PP –ahora no tiene mayoría absoluta– sólo una se ha aplicado porque es la que ha perdido el PP en el Tribunal Supremo. En efecto, el Gobierno niega su aplicación porque aduce que afecta al Presupuesto. ¡El Gobierno del PP ha dado un golpe de Estado y se ha cargado el Parlamento! Aún no somos conscientes de ello. Y no lo somos porque hemos estado zascandileando con el tema catalán, nos hemos creído que la unidad de España estaba en juego y la izquierda ha perdido la batalla de la información y –sobre todo– la de la desinformación. El PP, con la ayuda inestimable de la mayoría de los medios de comunicación escritos, lleva al extremo el principio gebbeliano de que una mentira, repetida mil veces, se convierte en una verdad. Hasta hace poco el mayor granero de votos de la derecha era el terrorismo de ETA –pero sólo el de ETA. Recientemente son dos los graneros de donde robar grano: Podemos y el tema catalán. Las dos derechas nacionalistas se necesitan, se apoyan mutuamente, cínicamente; aparentan que se odian, pero se necesitan para la ceba electoral, porque nada hay que dé más votos al nacionalismo españolista, por ramplón que sea, que el anticatalanismo; y nada da más votos al nacionalismo catalán –y no sólo al mero independentismo– que el españolismo cañí, católico y folclórico de conveniencia que la España una, grande y libre que los Aznar, Rajoy y Rivera tienen en su imaginario. Posfranquistas y neofalangistas se aprestan a robar el granero electoral para cebar al máximo el golpismo de ambos, de los que tienen ahora el BOE y de los que aspiran a tenerlo desde la derecha. Ahora, tras la moción de censura y el nuevo gobierno, parece que la cosa, de momento, no es posible.

La izquierda tiene otros defectos, eso sí. El primero de ellos es la ingenuidad; el segundo, la desunión, el tercero, la exigencia ética asimétrica. El votante de izquierda no perdona, no la moderación, sino los contoneos derechistas. Eso lo supo tarde Zapatero –y los sufrimos todos, incluidos los votantes del PP y ahora Ciudadanos– que, como consecuencia de las medidas de mayo del 2010 sobre pensiones y sueldos de funcionarios, perdió algo más de 4 millones de votos. La derecha sólo puede gobernar este país por los errores de la izquierda. Aún somos, a pesar de las apariencias, un país sesgado levemente a la izquierda. Son datos no electorales de intención de voto en relación a Europa. Y lo somos mientras no estemos a la cabeza de los países ricos de Europa, mientras seamos y nos sintamos meridionales y no septentrionales. El otro gran error de la izquierda a la izquierda del PSOE es menospreciar el BOE. Hace tiempo que el BOE se ha convertido en el poder fáctico más importante, no el único, claro, pero sí el más importante. Al menos en períodos calmos. El error de la izquierda es creer que eso es secundario; el error de la derecha es creer que es el único poder.

Yo era de los que me inclinaba más por el fracaso de la moción de censura que la salida airosa de la misma por tres motivos: en primer lugar porque no estaba seguro de que las baronías del PSOE hubieran perdido tanto poder como para impedir a Pedro Sánchez que mantenga apoyos electorales de independentistas y de Podemos; en segundo lugar porque en temas de corrupción la situación era la misma –con una sentencia, eso sí, que permitía escenificar otros derroteros– que cuando en 2016 Pablo Iglesias negó la posibilidad de hacer a Pedro Sánchez presidente, y la tercera, porque no creía tanta capacidad interna de rectificación en Unidos Podemos. Y para rematar la cuestión, ahora la suma de las dos derechas, la posfranquista y la neofalangista, tendrían mayoría absoluta según las encuestas, y eso ha excitado sobremanera al Sr. Rivera y pide elecciones como si se fueran a acabar para siempre cuando, precisamente, es lo único que nos ha dejado el PP y su jefe el inane. Rivera y Ciudadanos quieren llevar acabo el derribo completo de la democracia y piden su turno. Rajoy se ha cargado las libertades democráticas con tuiteros y cantantes en la cárcel y secuestros de libros –lo impensable–, ley mordaza, leyes aprobadas que no se ejecutan, etc., pero Rivera quiere liquidar lo público, las pensiones públicas, la Sanidad pública, la Educación pública, la dependencia subvencionada. El Sr. Rivera no sabe que, en los tiempos actuales, sin Estado de Bienestar tampoco existe la democracia, sólo elecciones. Al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga, así se resume la ideología neoliberal de los Rivera de turno. Siempre hay y para todo un refrán y su contrario, porque Dios aprieta pero no ahoga. También sufrirían estas consecuencias los votantes de Ciudadanos, pero sarna con gusto no pica.

El problema en España ahora no es, estrictamente, la moción de censura de Sánchez –aunque bienvenida sea y bienvenido su triunfo–, ni si el Sr. Torrá es un supremacista asqueroso como el Sr. Albiol o más, ni si descubren ahora –si es que lo hacen– los votantes del PP que han votado a una mafia legalizada en forma de partido político. El problema es que Rajoy, pari passu, fumándose el puro de Peridis, leyendo el Marca, con su escatológico madridismo, con su gallegismo impostado, con su cara de asustado permanente, con su indolencia en volandas de los suyos, con su nadería intelectual, con su oquedad ética, el problema –decía– es que se ha cargado, a la chita callando, la democracia de facto. Sólo nos ha dejado –porque no puede evitarlo– las elecciones de vez en cuando. Ahora la tarea no es sólo echar a Rajoy y al PP de donde sea posible, sino de recuperar las libertades, luchar denodadamente contra la desigualdad, recuperar los salarios dignos, dar unas rentas mínimas a quien no ingresa un mínimo en su hogar y asegurar el futuro a los pensionistas. Hay más cosas en el tintero, muchas más, pero sin estas no se conseguirán las otras, y sin éstas, las otras, por acertadas que sean, por oportunas que sean, no darán marchamo de progresista al nuevo gobierno de Pedro Sánchez. Ahora ya no son tiempos de ponerse de acuerdo entre las izquierdas: ese tren ya pasó. Lo de ponerse de acuerdo para hacer qué, que sea después; ahora se trata de echar a los ladrones de bienes y libertades y no discutir sobre la piel del oso antes de cazarlo; porque no sólo se trata de echarlos por corruptos –motivo suficiente– sino por golpistas. De momento se ha conseguido gubernamentalmente, pero sólo gubernamentalmente y sólo por ahora. Por eso no basta con que Sánchez llegue a la Moncloa, es necesario que la alternativa a Sánchez no sea el golpismo permanente de los posfranquistas con el apoyo ahora de los neofalangistas. Parece necesario que estas alternativas al progreso sean derrotadas en los Parlamentos y gobiernos, pero también es necesario que sean derrotados en las calles con los instrumentos que dan las leyes y la Constitución.

De el triunfo de Sánchez con la moción de censura queda una sombra terrible –creo yo– que también puede hacerse corpórea en los próximos meses; incluso en los próximos días y es si con los presupuestos aprobados por el PP con ayuda de los neofalangistas y la derecha vasca permiten un cambio de escenario progresista, si permiten lo mínimo para recuperar y curarse de las dentelladas dadas al Estado precario de bienestar por el PP y Rajoy a este país. Mi opinión es que no es posible y la solución no es sólo redistribuir, sino aumentar los ingresos fiscales significativamente dado los compromisos de déficit con Europa. Y el mínimo necesario –el mínimo del mínimo– para hacer algo distinto de lo que haría y estaba haciendo el PP con el apoyo de los naranjitas son unos 30.000 millones más de ingresos fiscales por año. Endeudarse más ya no es posible porque España aún no tiene los fundamentos económicos de Italia, pero sí tiene una presión fiscal notablemente inferior a la media de la Unión Económica. Ese es nuestro margen diferencial de maniobra. Por eso, a las tareas señaladas mínimas se suma una más: una reforma fiscal que haga que paguen más los que deben pagar, que paguen más los que más tienen y que paguemos algo más –poco más si se hacen bien las cosas– los que ya pagamos. Sin aumentar los ingresos fiscales sólo le quedaría al PSOE recuperar las libertades democráticas que el PP –con el apoyo naranja– se ha comido en la pulpería de la Moncloa. Pero eso –que es una necesidad y que sería un éxito incuestionable de la izquierda– no basta para revertir los casi 6 años de austeridad innecesaria del PP y de Rajoy, el Indolente. Sin aumento de los ingresos fiscales no es posible un cambio de rumbo ni en lo social y en lo económico. Y el problema añadido es también una cuestión de tiempo, del timing, porque cambiar la fiscalidad lleva tiempo de legislación, tiempo de ejecución y tiempo de recolección de sus frutos, si es que los hay. Se necesita al menos una legislatura completa y estamos a la mitad de la misma. Y, por si fueran pocas las dificultades, se pide desde la derecha política y fáctica adelantos electorales. Un difícil baile que tiene Sánchez que, además, necesita varias parejas de baile al mismo tiempo. Vamos, que el vals a Sánchez no le vale, que necesita bailar la conga y que ésta no se rompa.

Progresismo frente a golpismo incesante