martes 07.07.2020

Plan Marshall, vale; nuevos Pactos de la Moncloa, no

Nunca segundas partes fueron buenas. Ahora parece que la derecha conservadora y la extrema derecha –cada vez más cerca la una de la otra– han encontrado una vía para cargarse el gobierno progresista aprovechando la crisis del coronavirus, es decir, aprovechando que el Gobierno está anteponiendo la mitigación en lo posible de la pandemia a la economía. Hace menos de una semana que el PP pedía medidas más contundentes en términos de confinamiento para atacar al Gobierno creyendo que Pedro Sánchez y sus ministros no iban a dar otro paso que el dado el 14 de marzo con el estado de alarma. Pero ahora que se ha producido el reforzamiento de la medida, el PP –a estancias de los empresarios– dice lo contrario. Desde que inició su andadura el Gobierno, tanto el PP como VOX, no solo lo han criticado –lo cual es legítimo–, sino que lo han deslegitimado, esperando que los militares resolvieran sus deseos mediante algún tipo de golpe de Estado más o menos blando. Ya VOX ha propuesto que el Gobierno se diera un golpe de Estado a sí mismo pidiendo que dimitiera y se formara otro ¡con cuatro ministerios! Ha resultado tan estrambótico, tan grotesco el intento, que ni siquiera el PP lo ha apoyado. Pero ahora las tres derechas –a esto se suma Ciudadanos– han visto la posibilidad de acabar con todas las medidas progresistas y sociales que emprendió la coalición gubernamental –la subida del salario mínimo de 900 a 950 euros fue la más significativa– mediante una especie de reedición de los Pactos de la Moncloa, para lo cual exigirían cambiar a los ministros de Podemos e iniciar una política conservadora neoliberal. Pero veamos antes cómo surgieron los afamados pactos monclovitas.

Todos los analistas coinciden que la subida de los precios del petróleo en 1973 provocó dos cosas: un empobrecimiento de los países dependientes su industria del preciado líquido y una subida de la inflación. España era entonces muy dependiente de ello. Siempre las causas son concomitantes, pero el hecho de la subida de estos precios fue quizá la causa más importante de un importante brote de inflación, de tal forma que a mediados del año 1977 estaba en el 26% respecto al mismo mes del año anterior, pero llegando al 40% interanual. No era descartable una hiperinflación dado el pequeño sector público español y una industria parcialmente obsoleta procedente de la autarquía económica. Recordemos que entonces hacía dos años que había muerto el dictador pero que aún no teníamos Constitución y los ruidos de sables eran cada vez más una orquesta que la obra de un solista. Esto llevó a que los dos principales artífices de la Transición, es decir, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, se pusieran de acuerdo para unos pactos que permitieran parar la inflación y con el señuelo o coartada de unas reformas que, si bien necesarias, tarde o temprano se hubieran llevado a cabo. Se tocaban muchos temas como una reforma fiscal con la implantación imprescindible a esas alturas del IVA, un impuesto sobre todas las rentas de las personas físicas, nuevos impuestos, nuevas políticas agrarias, energéticas, reforma de la Seguridad Social –para bajar las cotizaciones–, se tocaba la política pesquera, la del suelo y urbanismo, educación –se asentaba la enseñanza concertada–, etc. Pero todo lo que podía tener de modernización en ese momento servía para encubrir lo principal, que era que los salarios no subieran más allá del 20% interanual –recordemos que la inflación oficial era del 26%– y, además, se chantajeaba a sindicatos y trabajadores porque, en el caso de que se sobrepasaran ese 26% en las empresas los empresarios podrían despedir hasta un 5% de la plantilla. A partir de entonces los salarios subirían, no de acuerdo con la inflación pasada, sino con la prevista. Los sindicatos se mostraron al principio reacios al acuerdo –principalmente UGT– pero al final dieron el visto bueno. Los trabajadores se empobrecieron (1) y, además, sirvió de poco para insonorizar el ruido de sables, porque en 1981 Tejero, Armada, Milans del Bosch y demás secuaces franquistas intentaron el golpe de Estado.

Hasta los antaño neoliberales han resucitado a Keynes y unos pactos con las derechas ahora lo enterrarían de nuevo para desgracia del común de los mortales

Nada tiene que ver aquella situación con la actual. España estaba creciendo casi al 2% antes del coronavirus, la inflación está por debajo de esta cifra, se ha abandonado la austeridad del PP que suponía el debilitamiento de las rentas laborales y, con éstas, el Consumo y la demanda agregada; los tipos de interés del BCE eran incluso negativos en los plazos cortos y la prima de riesgo estaba bajo mínimos. Es verdad que arrastramos una deuda pública cercana al PIB que alimentó los gobiernos del PP en 350.000 millones y una Seguridad Social huérfana de fondo de reservas dado que liquidó también el PP sus casi 70.000 millones de superávit. Pero los fundamentos de la economía real eran sólidos a pesar de ello, como demuestra la propia prima de riesgo y la evolución del IBEX 35. Ahora, este virus malhadado, ha trastocado estas bases y el escenario ha cambiado por la necesidad de parar gran parte de la producción para evitar los contagios. Ahora toca acabar con la pandemia y, lo antes posible, reiniciar la marcha. Se compara esta situación con la guerra pero me parece un error. En realidad lo más parecido a esto son las reconversiones industriales, pero extendidas a toda la economía y en un tiempo brevísimo. Creo que la manera más acertada de salir de esto no es por sectores sino esponjando la vuelta al trabajo por parte de empresarios y trabajadores, pero abarcando todos los sectores. Es decir, que se vuelva al trabajo no por sectores, sino según la población curada e inmunizada, a pesar de las dificultades que comporta para muchas empresas –sobre todas las grandes y las industriales– que necesitan un número mínimo de actividad para ponerse en marcha. Pero hay algo más que hace inviable y objetivamente erróneo el acuerdo con la derecha: es necesario que las rentas percibidas por los trabajadores y autónomos sean tales que su incidencia en el Consumo ayude a que la demanda agregada (Consumo más Inversión más Gasto Público más exportaciones) sea lo más alta posible y no difiera apenas de la demanda del año pasado. De lo contrario, aunque las empresas se pongan en marcha en su mayoría, se encontrarán con que no venden los bienes y servicios que serían capaces de producir o que lo son realmente. Además esta crisis va a necesitar reformas importantes en el sistema tributario que impida el dumping fiscal de las Comunidades gobernadas por el PP, que la recaudación sea suficiente y mucho más justa que la actual. Se necesita además acabar con la reforma laboral de Rajoy de tal forma que los trabajadores tengan el paraguas de sus convenios. Y, en vista de las debilidades del sistema sanitario fruto de privatizaciones pasadas, es necesario un reforzamiento del sistema público de salud, cambiar los regímenes de las residencias, la creación de empresas públicas de materiales sanitarios, etc. Y también una reforma de las enseñanzas medias que no potencie la diferenciación entre enseñanza concertada y pública. Aún queda aumentar los recursos para la dependencia, para la investigación, para la enseñanza universitaria, recursos y reformas para luchar contra las consecuencias del cambio climático, etc. Y todas estas reformas, unas fruto del coronavirus y otras viniendo de antes, no pueden hacerse con pactos con la derecha porque PP, VOX y Ciudadanos exigirán precisamente lo contrario.

Ahora unos pactos con las derechonas –una posfranquista y la otra sin el pos- nos llevarían de nuevo a una crisis de la demanda, a un equilibrio monetario entre oferta y demanda a un nivel tan bajo que supondría el aumento de varios millones de parados más. No podemos evitar ser más pobres y, sobre todo, que lo sean las próximas generaciones por el aumento de la deuda pública que va a suponer los menores ingresos del Estado y sus mayores gastos –que incluso reclama ahora desaforadamente el PP–, pero podemos evitar caer en la recesión si las rentas de los trabajadores y de los autónomos –ambas estarían en juego con una austeridad como la vivida con el PP desde el 2011– mantienen el tono de la demanda junto con las pensiones, para buscar un equilibrio entre oferta y demanda agregadas lo más alto posible. Hasta los antaño neoliberales han resucitado a Keynes y unos pactos con las derechas ahora lo enterrarían de nuevo para desgracia del común de los mortales. PSOE, Podemos, taparos los oídos como Ulises con las sirenas en su viaje a Itaca porque las derechas ni siquiera son dulces sirenas sino emisarios del Averno.


(1) Ver el libro de Jordi Maluquer de Motes La Economía española en perspectiva histórica.

Plan Marshall, vale; nuevos Pactos de la Moncloa, no