martes. 23.07.2024

O Pedro Sánchez o Pedro Sánchez

A estas alturas de la película del post-20D los barones del PSOE –o al menos una parte de ellos con Susana Díaz a la cabeza– deben tener un disgusto morrocotudo.

A estas alturas de la película del post-20D los barones del PSOE –o al menos una parte de ellos con Susana Díaz a la cabeza– deben tener un disgusto morrocotudo: Rajoy no será presidente de Gobierno salvo que se celebraran nuevas elecciones y los resultados fueran muy distintos. Estos barones que han maniobrado para cargarse al actual secretario con el inmenso peligro de que Rajoy pueda volver a gobernar tienen los días políticos contados porque han caído en una indignidad insuperable. Es verdad que la Ética es siempre esa amenaza difusa siempre despreciada, es esa leve neblina que no parece molesta hasta que, de repente y sin saber por qué, oscurece el destino que creíamos previsto y nos vuelve ciegos y sordos. Los barones del PSOE aún piensan que no se hará la oscuridad sobre su futuro político, pero eso es porque confunden sus anteojeras con su ceguera política. Preferir que gobierne el PP antes de que el actual secretario del PSOE “inicie” siquiera una ronda de conversaciones con el partido de Pablo Iglesias si este no abjura de un posible referéndum en Cataluña les condena al ostracismo político tarde o temprano. Pedro Sánchez, al igual que Winston Churchill cuando llegó al Parlamento británico, tiene al enemigo en sus filas y a los adversarios en los demás partidos. Estas baronías han perdido el norte, con el cinismo y la hipocresía como bandera, al condenar a su propio secretario general por algo que ellos aceptaron y aprobaron con aparente naturalidad y satisfacción cuando llegaron al gobierno de su Autonomía con el apoyo de Podemos. Y nunca exigieron a Podemos lo que ahora exigen a Pedro Sánchez de Podemos. Deberán ser los propios militantes del PSOE los que les pasen factura, sopena quieran asumir estos en sus conciencias una indignidad y un posible error fatal que no les corresponde. Preferir ese gobierno de gran coalición con el PP –y con el añadido acnedótico de Ciudadanos– es empujar al PSOE al abismo de su irrelevancia, a situarlo en el puesto que está Ciudadanos ahora y volver al desastre desigualitario que representa Rajoy y su caterva de ministros. La única explicación –o eso quiero pensar– de ese comportamiento de las baronías socialistas -con el abuelo Cebolleta manejando los hilos desde su falso retiro de la política- es la de que piensen que los malos resultados del PSOE son coyunturales, que los nuevos partidos -que tantos votos y escaños les han arrebatado- son flor de un día, obra de un producto televisivo que durará hasta que su presencia en los medios se agote como se agota lo noticiable.

Es posible que Felipe González y su equipo dirigente se creyeran que los 202 escaños obtenidos en 1982 fueron debidos a su fácil oratoria –pura demagogia en realidad: “OTAN, de entrada, no”-, o a su carisma certificada desde Suresnes (1974). Una falsa ilusión, un autoengaño interesado, porque aquellos votos y aquellos escaños fueron fruto principalmente de dos hechos: el hartazgo de la dictadura, que llegaba hasta los aledaños y faldones de la burguesía española más conservadora, y a Tejero, Armada y demás secuaces golpistas. Esa mayoría absoluta, la siguiente y las dos que vinieron del PP después no volverán a poco que los dirigentes de Podemos y Ciudadanos demuestren un ápice de inteligencia y un celemín de liderazgo. La sociedad española ha cambiado notablemente. Internet primero, las redes sociales después, la condena al paro o la no menos condena a un empleo ocasional y miserable en retribución, han politizado a la juventud, tanto la que se queda aquí en casa como la que ha emigrado para buscar un futuro que los patriotas de su país le niegan. El cambio no ha sido brusco, casi nunca lo es, es siempre larvado, es siempre despreciado, pero al fin se ha hecho patente electoralmente, y a la juventud, tanto el PP como el PSOE les parece partidos antidiluvianos, con su neolengua orwelliana insufrible, con el engaño y la mentira –especialmente en esto el PP– como instrumento de gobierno y la corrupción generalizada como su consecuencia. Una masa que ya podemos considerar crítica no votará nunca al PP o al PSOE, y cada vez encuentran más motivos para no abstenerse. Si las baronías del PSOE y también los tardofranquistas del PP –ver lo que ha dicho el ministro Morenés sobre el papel del Ejército y la Guardia Civil y la unidad de la patria–, no aceptan que la política ya no es cosa de dos sino de cinco, es decir, es cosa del PP, del PSOE, de Podemos, de Ciudadanos, y de un conjunto de partidos entre soberanistas e independentistas de tal forma que la suma de los votos de los dos primeros apenas llega al 50% del voto exhibido. Este es el cambio, la declaración de intenciones de los votantes –salvo los votantes del PP– para superar el asfixiante régimen de la Transición. Ya somos como Italia, Francia o Portugal, ya nos hemos hecho mayores, y los jóvenes se han sacudido el chantaje tardofranquista, el miedo a la vuelta a las andadas que, como nogal al cuello, ha estado ahogando la política española desde la muerte del dictador; que ha favorecido las mayorías absolutas y relativas de los dos partidos que tanto se han aprovechado de los deseos de la mayor parte de los españoles –no de todos, no seamos ingenuos– de sacudirnos los restos de un régimen que parece reencarnarse en gentuza como Mayor Oreja, Pedro Morenés o Jose María Aznar. Y también llegan sus tentáculos interpuestos a gente como Pepe Bono o Felipe González.

En los momentos actuales es imprescindible un gobierno progresista por más moderado que deba ser por imposición electoral. El gobierno de Rajoy ha provocado una contracción de la economía desde su misma llegado -cosa que puede comprobarse viendo la evolución del PIB-, ha deteriorado el salario laboral y las condiciones de trabajo con su reforma laboral como no lo había hecho ni siquiera el mismísimo Aznar –véase las ridículas subidas del salario mínimo en su mandato–, se ha gastado más de la mitad de la reserva de las pensiones para compensar la caída de los ingresos de la Seguridad Social, ha aumentado en más de 320.000 millones de euros la deuda pública, durante su mandato ha bajado la población ocupada, la sanidad y la educación públicas han sufrido una merma presupuestaria de más de 20.000 millones, ha batido registro en la desigualdad en el reparto de la tarta de la renta, la ley mordaza ha hecho revivir las postrimerías del franquismo, con el espectáculo y la realidad de los desahucios hemos sufrido casi todos los españoles -excepto quizá los votantes del PP-, lo de la corrupción pepera del día a día ya no es noticiable, ha dejado en la cuneta a 770.000 familias que no tienen ninguna fuente de ingresos o ha permitido caer la prestación por desempleo al 55% de los desempleados, etc. Con los índices de Gini en la mano, Rajoy ha hecho para lo que fue llevado a la política: hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, sin que ello se lo manden Bruselas o la Merkel. Y todo eso lo ha hecho tumbado desde el sillón de Peridis con un puro en la boca, huyendo por un garaje para eludir a los periodistas o compareciendo tras un plasma por el mismo motivo. Salvo los votantes del PP, creo que el resto de los españoles hemos sentido vergüenza de que este registrador de la propiedad haya sido presidente de este viejo y sufrido país.

Pedro Sánchez no es libre, no tiene más remedio que intentar ser el futuro presidente de Gobierno por varios motivos: porque es su trabajo, porque no puede volver a serlo Rajoy por todo lo anterior, porque no puede ser presidente de Gobierno el líder del partido que ha quedado en tercer lugar –aunque algunos lo hayamos votado– y porque repetir las elecciones sin intentar con ahínco formar Gobierno sería un insulto a los votantes porque sería como decirnos: vosotros los españoles no sabéis votar, no merecéis vivir en democracia y sí os habéis merecido los cuarenta años de dictadura franquista; sería como dar la razón a ese obispo indecente y repugnante que ha dicho que el resultado de las elecciones demuestra que “la sociedad española está enferma”. Los españoles ya hemos votado lo que nos ha parecido oportuno y ahora son los políticos los que tienen que ganarse el pan formando las cámaras del Parlamento, la investidura y el Gobierno. ¡Pedro, Pablo, Albert, etc., a currar, a formar Gobierno de acuerdo con los escaños obtenidos, ir al Parlamento y a sacar leyes que es vuestro trabajo, y dejaros y dejarnos de monsergas de nuevas elecciones!

O Pedro Sánchez o Pedro Sánchez