viernes 24/9/21

El momento político: Entre la indignidad y la indignación

Cada país tiene en cada momento su situación política que parece siempre tan distinta, como si los diferentes países estuvieran en planetas diferentes. Parecería que la crisis económica, las políticas de austeridad, la tragedia de los refugiados, de los que buscan refugio y mueren en el empeño, la posibilidad de que un fascista de nuevo cuño llegue al despacho oval, de que Putin se anexione cualquier cosa otra vez y hasta con un punto de razón, debiera homogeneizar a los paises y, sobre todo, a los ciudadanos, Pues no. No es que España sea diferente como decía la propaganda del dictador y genocida, sino que todos los países son diferentes. Aquí, en la llamada piel de toro, hay un hecho que resulta relevante, que condiciona todo, que nos hace diferentes para mal, nos hace antipáticos, no fiables, que se nos mire desde fuera con el cristal deformante de la España negra, de la Leyenda negra, de la España devota de Frascuelo y de María que diría Serrat, de la España atrasada, de la España de “viva las caenas”, de la España de “Santiago y cierra España”; ese hecho decisivo que nos cubre de chapapote la imagen y la realidad es que a Rajoy y al PP le siguen apoyando ocho millones de españoles, al partido de la corrupción ejemplar, al país de Fabra, Rita, Granados, Camps, Bárcenas, el Bigotes, Figar, Aguirre, Zaplana, Trillo, Soria, ministros conspiradores, etc. Cualquier análisis político cojea, bizquea al menos, como diría Ortega, se enfanga, se trivializa, se equivoca, se inaniza, se enaniza también si no se parte del hecho capital de que hay ocho millones de españoles a los que la dignidad –no la ideología–, no les da para dar la espalda al partido de la desvergüenza en Europa. Cuando en Europa se dimite por un comentario a destiempo, por un lío de faldas, por una copia de una tesis, por un error, todas cosas no deseables pero nimias por comparación, en España se mofa de sus votantes una tal Rita Barberá acusada de todo el código penal. Es verdad que aún nos ganan en el desasosiego ajeno de la indignidad las decenas de años de los italianos con Berlusconi, de los yanquis ahora con Trump o los ingleses en su día con Tatcher; que aquí tuvimos a Gil y Gil, que eran y son reyes y reinas de la soberbia, de la desfachatez, del insulto, de la amenaza, dictadores con urnas, pero eran individuos, pero es que aquí son legión que salen con el argumentario desde Génova todos los días, aquí no son ranas malhadadas sino un charca pestilente, una cochiquera de votos a delincuentes que han vomitado sobre el principio kantiano de que obra de tal manera que tu ejemplo aspire a ser norma universal. Al final está Kant para buscar refugio contra el hedor.

Ahora queda claro hasta para los votantes del PP que Rajoy ha querido siempre nuevas elecciones, las terceras, las cuartas, las que hagan falta. Este tipo no concibe el gobierno nada más que desde la dictadura de la mayoría absoluta, algo que ya es difícil encontrar en Europa, y cuando existe son los sistemas electorales lo que lo fuerzan. Los partidos políticos, los expertos, los llamados politólogos, los sindicatos cuando salen de su mudez e inanidad, se enfrascan en análisis políticos desde su lado, desde el lado de los gobernantes, pero omiten siempre la responsabilidad en democracia de los gobernados. En una democracia, a medida que se consolida, el voto se afianza como el mayor poder fáctico. La izquierda ha cometido el error de no creer en eso aunque fuera la máxima defensora de la democracia. Bien lo saben los otros poderes fácticos cuando se acercan las elecciones, las grandes empresas y bancos, los curas y monjas, los enriquecidos, los ricos de herencia, cuando tanto les preocupa que pueda llegar al gobierno –o a un ministerio simplemente- el de la coleta. Rajoy, que es la simpleza en persona, lo tiene claro: soy el partido más votado. Ya no tiene que proponer más, negociar, compartir, no necesita más neurona como político: la otra la tiene para no morderse la lengua cuando come o habla. Sí, el partido es él y a él le corresponde los votos del partido. Mamaron de la dictadura y cuando se les ha retirado la teta buscan los votos, buscan el Gobierno como la teta perdida, la teta ocultada, el anillo de Mordor; su Monte del Destino son las elecciones que hagan falta hasta la mayoría absoluta. No quieren compañía, son onanistas, hasta les molesta la coincidencia con el partido de los niñatos de derecha, el partido de Rivera y Arrimadas, el de Garicano y la mochila austriaca. No les preocupa que en este país hayan cientos de miles de ciudadanos que no les llega para llenar la mochila de las necesidades vitales, de los niños que pasan hambre, que estudian en barracones cuando estudian y si es que van al cole; no les preocupa que el 50% de los desempleados estén sin cobertura, que los jóvenes sólo encuentran un mísero trabajo temporal un 46% de ellos, menos aún los millones de españoles que, no es que estén en riego de pobreza, no, es que están en la pobreza. A Rivera ya le han dicho los del IBEX35 que no le han financiado para que tontee con el tozudo de Sánchez, que se busque un argumento para apoyar a Rajoy sí o sí, y Rivera, solícito, lo ha encontrado: que el PP es el partido más votado y por eso hay que hacer presidente al de las caminatas en gallego por más corrupción que haya, por más pestilencia corruptora que levante en sus desaforados andares. Dice el representante de los niños y niñas pijos que desde la Oposición puede controlar a los 137 diputados del partido de la corrupción y uno se pregunta: ¿y con ese mismo argumenta no será más fácil controlar al partido que tiene 85 escaños? La conclusión es que en la derecha no hay bipartidismo, se acabó las veleidades centristas o los coqueteos con la izquierda, con el PSOE en concreto y sin adjetivar. Rivera es un travesti político, pero es a la vez la voz de su amo, amo que habita en los Consejos de Administración y no en sus votantes. Aun así yo aún no lo considero la marca naranja del PP. Por lo menos de momento.

Y el segundo hecho relevante de la política española es Podemos. A muchos nos pareció un partido de izquierdas, una versión a medio caminar entre la IU fracasada y la Spanish Revolution del 15M. Con nuevo lenguaje, con castas y gente corriente en lugar de clases sociales y lucha de clases, parecía que venían a renovar la política española desde la izquierda, con afán de gobierno dentro de sus posibilidades, distinguiendo lo que es deseable de lo que es posible, con tácticas leninistas actualizadas, pasadas por el tamiz de Gramsci y Berlinguer y, quizá, por algún pequeño-burgués argentino teorizando sobre el populismo de izquierdas, fagocitando manuales sobre el qué hacer. Pues lo ocurrido con Podemos ha sido frustrante para los que les hemos votado. Sospechábamos de su nacimiento pequeño-burgués, pero, al fin y al cabo, de nacimiento eran pequeño-burgueses Lenin, Marx, Robespierre, Danton o Marat, el Che, la Rosa alemana y nuestro Azaña. La cuna no fragua la ideología, pero en el caso de Podemos ya nos han fallado una vez terriblemente: pudieron echar a Rajoy del Gobierno de una vez por todas. Lo malo, el mal menor era desde la óptica de Podemos, hacer presidente a Sánchez, el partido de la cal viva y los eres, es verdad, pero, ¿había alternativa? Si no la había ha sido un error terrible porque para cambiar la sociedad –que ya es ambición sobre todo cuando la sociedad no se deja– para el ahora y el aquí ineludiblemente, ineluctablemente, pasa por echar a Rajoy, con mandarlo al registro de no sé dónde, de donde no debió salir si es que llegó a entrar. Fuera Rajoy y con Sánchez en la Investidura, Podemos tenía y tiene 71 escaños para forzar decisiones de gobierno, para hacer cosas de izquierdas, las posibles, no las imposibles, que no más le pedimos sus votantes. Y las posibles son muchas, con nuestros presupuestos, con nuestros niveles de renta y riqueza, porque margen hay. Con nuestro fraude fiscal y en la Seguridad Social, con el reparto tan injusto de la renta y la riqueza, con la baja participación de lo Público en el PIB, hay margen para arreglar lo inaplazable. Pero el día de la votación salió de Podemos y de Pablo Iglesias su instinto pequeño-burgués y permitió que el de las caminatas siguiera en funciones. Lenin lo hubiera echado del partido sin contemplaciones. Lenin ahora no es un ejemplo, claro, por aquello de que “¿democracia para qué?”, pero tácticamente, sin contemplar fines, Lenin fue un maestro. Yo ahora prefiero a Gramsci, a Berlinguer, a Suárez convertido cabalmente a demócrata, al Carrillo de la Transición, a pesar que tenga dudas sobre si se pudo hacer mejor y no dejar tanto poder a los franquistas, franquistas que ahora se han refugiado en Génova. En Podemos ahora surge dos almas: la de izquierda y la pequeño-burguesa, la de ejercer el arte de lo posible o la de las esencias, y pueden repetir los mismos errores que la IU de Julio Anguita: mucha verborrea de izquierdas, pero cuando llegó el momento de impedir que Aznar gobernara en 1996 porque entre PSOE e IU sumaban más escaños (162) que el PP (156), prefirieron estar en el impasible el ademán. Y si el PSOE recuperó dos legislaturas más tarde el Gobierno fue porque un franquista tardío como Aznar no pudo engañar ni siquiera a sus posibles votantes diciendo que el 11M había sido ETA. 

En cuanto a Pedro Sánchez va por el camino de hacer lo que debe, es decir, presentarse como alternativa, es su obligación. Resulta insufrible ver, oir a todo el coro mediático defender cómo obligatorio, como lo más natural del mundo, que el partido que es y ha sido la alternativa gubernamental al PP, que al partido más corrupto, al partido de la austeridad, de la ley mordaza, de la reforma laboral infame, del continuo atentado al Estado de Bienestar, le deba el PSOE facilitar al de las caminatas la Investidura y el Gobierno después, que sería la consecuencia. ¿Qué pensarían los votantes del partido? Se preguntarían: ¿para eso he votado yo al PSOE? La anomalía es que el líder estatal tenga al enemigo en casa. Lo peor de ese enemigo no es que sus baronías digan lo que piensan, sino que sólo le dicen a Sánchez lo que no tiene que hacer, lo que se le prohíbe. Y le dicen que no puede gobernar con el apoyo ni por activa ni por pasiva ni con los independentistas ni con Podemos: ¿entonces con quién va a goberenar? ¿Prefieren que gobierne Rajoy y que el PSOE cante el adios a la vida de la Tosca de Puccini? El PSOE perdió cuatro millones y medio de votos por las medidas de mayor del 2010 sobre pensionistas y funcionarios, ¿qué no perdería si permite que gobierne por activa o por pasiva al odioso y achulado PP? No tendría Pedro Sánchez hueco en el Parlamento donde refugiarse y ni siquiera podría esgrimir la sonrisa del gato Cheshire y desaparecer. Hubiera sido preferible y más justificable llegar a un acuerdo con el PP y gobernar en coalición a pesar de la vocación autoritaria del PP, exigiendo a otro candidato en el PP para el Gobierno. ¿Qué cerebro político le puede pedir a su partido se vaya a la Oposición pero previamente facilitar al contrario que sea Gobierno? Pensar que hemos estado y estamos en aún en algunas Autonomías en manos de estos cerebros que defienden estas posiciones políticas da escalofríos. Pedro Sánchez hace lo que debe, con dificultades ante tanto enemigo: el PP, Podemos, Ciudadanos, sus barones. Cometió el error de pactar con Ciudadanos en su momento para asegurarse que no llegaría al Gobierno –aunque sus deseos eran los contrarios, claro– y ahora se ha dado cuenta que cualquier alternativa a Rajoy y al PP pasa por entenderse por activa, por pasiva o con sonotone con Podemos. Y también, en estos momentos y dada la aritmética parlamentaria, con Ciudadanos. Antes del 26J sumaban más Ciudadanos y PSOE que el PP, ahora no. Sánchez ha perdido sus comodines porque exigirle que negocie con independentistas es no darse cuenta que para eso necesitaríamos otro electorado, otros gobernados, otro país. Y gracias que de momento parece posible una alternativa a Rajoy y a los ocho millones de españoles que aún votan al PP a pesar del PP.

El momento político: Entre la indignidad y la indignación