domingo 23.02.2020

Los nuevos héroes

Foto: Twitter
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Aún recuerdo aquella tontería que decía una izquierda preñada de tópicos de que el fútbol era el pan y circo de nuestra época

La humanidad siempre ha necesitado héroes que reflejen sus deseos, espejos donde mirarse, espejos que los agranden. Hoy, un deporte como el fútbol –mejor, balompié– se ha convertido en una fábrica de esos deseos. ¿Y por qué el fútbol y no otro deporte u otra manifestación cultural? Es verdad que está la música y sus grandes conciertos al aire libre. Ambas manifestaciones son ancestrales. Ortega y Gasset vio el origen del Estado en el deporte y Faustino Cordón, el gran biólogo pero ignorado español, vio en la necesidad de comunicar para preparar la comida y dar aviso del peligro el origen de la música oral (Cocinar hizo al hombre). Pero lo más análogo de los héroes del deporte –aunque sus raíces sean tan distintas– son los héroes que el gran filólogo Carlos García Gual llama los héroes míticos y homéricos: son los Edipo, los Heracles, Jasón, Teseo, Aquiles,  Odiseo, etc. Se nos van dos grandes del deporte que son Andrés Iniesta y Fernando Torres. Son nuestros héroes, incluso aunque no seamos –no seáis– del equipo donde se han hecho mitos. Otro, más local, más de región, también se va como Xabi Prieto, otro gran Xabi. Andrés es uno de nuestros grandes. Yo apenas tengo 65 veranos y no he visto algunos mitos de nuestro fútbol, pero estoy por apostar que es el jugador con más talento que ha dado este bendito juego en España. Sólo le puede hacer sombra en su supremacía el canario Juan Carlos Valerón, que creo que el único jugador español que, por su talento en un campo –pero el talento no lo es todo–, se puede comparar con los Messi y Maradona, a los que también he visto y veo. El tercer grande en discordia es, sin duda, otro Xavi, esta vez con uve, Xavi Hernández, el jugador que, aposta o sin querer, convirtió el fútbol español en otro deporte, que sí, se seguía llamando fútbol, pero ya era otro. Sin él, sin Andrés, sin Busquet, sin Piqué, sin Villa, sin Pujol, ni el Barcelona ni la Roja habrían cosechado sus títulos, sus éxitos. Ahí también está Fernando. El atlético es Odiseo que va a recorrer otro fútbol, que es abducido por los cantos de sirenas británicas y las circes de las islas, que al fin vuelve a la Itaca que le vio nacer como futbolista, al Atlético de sus amores y de sus entrañas. Para los atléticos lo de Fernando fue un secuestro de la bruja Circe que habita más allá de Dover. Andrés es el Teseo que se enfrenta con el Minotauro de nuestros fracasos con la Selección. Siempre había algo que nos impedía seguir a la conquista de la que ahora se llama Copa del Mundo y Eurocopas: un disparo de Michel al travesaño que entra pero que el árbitro no concede, un Cardeñosa que, con una portería de más de siete metros de largo y a no más de cinco metros, dispara al “muñeco” o un árbitro gandul que pita fuera de juego en la salida de un saque de esquina y anula hasta dos goles. Pero Andrés, en Sudáfrica y frente a la naranja mecánica del 2010 –lejana ya la de Cruyff y compañía– convertida en nuestro Minotauro particular, por fin un manchego convertido en universal, hace morder el polvo al monstruo mitad toro, mitad humano. Es verdad que ha habido y hay grandes deportistas: de los que vivieron el franquismo, Bahamontes, Nieto, Santana; otros como Ballesteros o Indurain, Alonso, Nadal, son posteriores, incluso de ahora. Indiscutibles sus méritos, pero ninguno de ellos –y otros que ahora mi mente no me facilita– son héroes, son nuestros míticos y homéricos héroes, son los futbolistas. Quizá sea injusto; mejor dicho, seguro que lo es, pero es así y no parece fácil cambiarlo. Quizá con esfuerzo podamos incluir al navarro y al de Manacor en nuestra bitácora heroica, lo cual tiene un mérito añadido.

Vivimos tiempos contradictorios, donde la esperanza de un mundo mejor está como dice el poeta de su alma: “sin velas, desvelada, y entre las olas, sola”. Tenemos a un aprendiz de nazi gobernando la nación con más poderío militar del planeta, hambre, miseria, destrucción en Siria y colindantes, nuevos nazis convirtiendo a los palestinos en los nuevos judios, países enteros en África donde aún se muere de hambre y de enfermedades curables; también en países de América Latina donde, si la muerte no llega por hambre, hay otros jinetes del Apocalipsis que campean: pobreza, desigualdad extrema, injusticia, explotación, trabajo infantil. También aún en el Asia de la prosperidad, principalmente en la India, en Corea del Norte. Y mientras en Europa ganan elecciones los adeptos a la xenofobia. En España estamos gobernados por un partido post-franquista, con un aspirante neo-falangista a desbancar a Mariano de la poltrona de Peridis como es Rivera y un supremacista asqueroso como Presidente del Gobierno aún non-nato catalán, un supremacista tan asqueroso y xenófobo como el Albiol del PP y tan asqueroso como aquél mentiroso de las armas de destrucción masiva que fue Aznar. Nada halagüeño como se ve, nada que nos ilusione para hacer de este rincón de Europa –que es de por sí ya un rincón– un país mejor y, sobre todo, menos desigual. Por eso nos queda el fútbol, una justificación para ser feliz. Aún recuerdo aquella tontería que decía una izquierda preñada de tópicos de que el fútbol era el pan y circo de nuestra época, que atontaba a los ciudadanos para hacerles más dóciles al látigo franquista. Como si los que no les gustaba el fútbol fueran, por sólo ese hecho, más listos, más anti-franquistas, más de izquierdas. Un insulto a la inteligencia.

Si el fútbol es tan grande es porque es el deporte de los pobres, porque no se necesita nada más que algo más o menos redondo y que no pese mucho para jugar; también apenas dos piedras para hacer una portería, y la imaginación y habilidad –o sin esos atributos– de los niños pobres, de los niños que viven en la miseria en zonas amplias y repartidas del planeta, olviden sus miserias, sus cuitas, olviden que a lo mejor no han cenado, que a lo mejor tampoco han comido; les sirve para que no piensen en un futuro sin esperanza, “que no hay deseos cuerdos sin esperanzas rotas”, y sean felices corriendo tras algo más o menos redondo que puede ser pateado. En la mayor parte de los casos esos negros presagios, esas falsas esperanzas, se volverán corpóreas y no podrán salir de la miseria, pero entonces nadie, nada, ni los Trump, ni los Bashar al-Asad sirios, ni los Salmán bin Abdulazi saudís, ni los Benajamín Netanyahu judios, ni los Le Pen europeos de turno, podrán arrebatarles de su memoria que una vez, durante breves periodos de tiempo, fueron felices corriendo tras algo redondo. Su memoria será su venganza, sus recuerdos serán su esperanza. Y no nos quejemos luego que de esos niños abandonados a su desesperanza, a su miseria, a su explotación, surjan los revolucionarios y las revoluciones, con sus consecuencias, las deseadas y las colaterales indeseadas.

Acabo como empecé. Gracias Fernando, gracias Andrés por hacernos muchas veces felices y olvidar por momentos nuestras circunstancias, nuestras frustraciones, nuestros deseos insatisfechos, nuestras esperanzas rotas, porque de todo eso hay en la viña del Señor y en las circunstancias de cada uno de nosotros.

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