domingo 23.02.2020

La estafa del análisis económico que se estudia en las facultades de economía (II parte)

Es este artículo una continuación al que publiqué hace apenas unos días (el 14 de marzo) en la revista Nueva Tribuna. Lo que viene quizá no sea fácil de entender en una primera lectura porque es una especie de precipitado histórico de lo que se enseña en las facultades de economía, es un resumen crítico de ello, más una crítica a estos estudios con la aparición de una alternativa desde las obras de Leontief y Sraffa. También desde la publicación en 1936 de la Teoría General de Keynes (1883-1946) y la Dinámica Económica de Kalecki (1899-1970) en 1954 (con precedente 1939), surgieron nuevos instrumentos analíticos alternativos con los que tomar decisiones de política económica, decisiones, por cierto, que afectan a millones –incluso a miles de millones- de personas. Y de tal manera les afecta -nos afectan- que si las decisiones son erróneas pueden dejar -y dejan- en el paro y en la miseria a poblaciones enteras, a parte de los ciudadanos de los países llamados desarrollados. Esto no es juego intelectual de economistas, sociólogos, politólogos, etc., que se refocilan en sus despachos universitarios, se ganan un sueldo y aquí paz y después gloria. Ocurre luego que los políticos toman decisiones de política económica que pueden ser acertadas o equivocadas según cual sea, además, la intención con las que se tomen. Vivimos una época significativa de todo esto, porque los políticos del mundo llamada occidental –Europa, USA, América Latina, Canadá- han tomado decisiones en muchos casos -no siempre- equivocadas porque han seguido recetas de economistas que se han educado -mal educados- bajo unos fundamentos de análisis económico profundamente erróneas, incoherentes y sin ninguna relación con el mundo real. Sé que cuesta creerlo, pero es así. Trataré de demostrarlo en este artículo. Además no se trata –aunque parezca lo contrario- de que estos principios y estas educaciones recibidas lo son porque defienden intereses de clase. Está claro que -como diría Marx- estamos en un modo de producción -que es el capitalismo- que exige creer en cosas como que los mercados solucionarán los problemas económicos siempre y por sí solos, que lo que pagan las empresas a los trabajadores es lo que dicta estos análisis económicos –además de que siempre y no más es lo que pueden pagar las empresas- y que la distribución de la renta, por injusta que sea, está justificada porque así es y funciona el sistema incluso en su versión más óptima. Pero ha de saber el lector que todo esto no está justificado intelectualmente y no sólo moralmente, que todo está basado en fundamentos errados, incoherentes, falsos. Para remate, tampoco coyunturalmente, ni siquiera en plena crisis, está justificada la llamada austeridad expansiva, o lo que es lo mismo, las políticas de contracción de la economía. No son inevitables sino todo lo contrario, incluso no lo son en plena crisis. En España así se lo oímos decir a los Montoro y a los De Guindos de turno. Estos tipos, que es de suponer que algo han estudiado de análisis económico, no son conscientes de lo errado de sus estudios, de sus incoherencias, de lo alejado que están del mundo real. De Rajoy no digo nada porque este tipo no tiene ni puta idea de nada de esto y en este caso la ignorancia es un edulcorante del error, de las consecuencias del error. A De Guindos lo han enviado al BCE y mira que lo siento por este banco, tan importante para nosotros especialmente. Esperemos de Draghi que no le deje mucho margen de actuación al que fuera responsable de Lehman Brother en Europa por el bien de Europa y, sobre todo, por el nuestro. En USA, afortunadamente para los estadounidenses, ha gobernado Barack Obama hasta hace un año y este presidente acertó al abordar la crisis con una política económica y monetaria –responsable de esta última la Reserva Federal- moderadamente expansiva. Fue insuficiente, probablemente, pero la dirección fue la correcta. En la Unión Económica ha sido otro cantar y los neoliberales que gobernaban el BCE sólo tenían en su mente –fruto de unos fundamentos equivocados- la posible inflación, y hasta la llegada de Mario Draghi al banco (2012) no ejerció de banco central con todas sus consecuencias. Sólo entonces compraron deuda pública de los estados, de empresas relevantes, el banco concedió créditos a los bancos nacionales para ayudar a la expansión del crédito, se pagaron los depósitos de los bancos privados en el banco central (tipos negativos), etc. Se perdieron tres años largos, tres años decisivos. Pero es que en España fue peor porque llegó al poder el PP en el 2011 y comenzó las políticas contractivas, la reforma laboral del 2012 y otras medidas fiscales que llevaron a hacer más injusta la distribución de la renta, crecimiento cero del PIB en los primeros años, record de la prima de riesgo, agotamiento del Fondo de Reserva de la Seguridad Social, se precarizó más el trabajo y llegaron los sueldos de miseria. ¿Serán conscientes alguna vez algunos los que votaron al PP de lo que hicieron? Pero esta es otra historia.

Volvamos a la intención de este artículo que es el de profundizar en el porqué de estos errores que se toman en temas de economía. Y digo errores porque no favorecen a la inmensa mayoría de los ciudadanos, pero es que tampoco favorecen a las empresas. Es un índice negativo del nivel profesional de los empresarios el que muchos de estos se alegren de la llamada austeridad. También lo es de su nivel intelectual. Insisto, los fundamentos del análisis económico con los que se toman estas decisiones son erróneos, son incoherentes y poco tienen que ver con la realidad, pero ahí están, siendo, como en Macbeth, el puñal que apuñala y la guía errónea con la que se toman decisiones que afectan a millones de ciudadanos; que nos afecta negativamente, innecesariamente negativamente. Es la estupidez absoluta. Empezamos. Diremos, exagerando, que todo empezó con David Ricardo, el gran economista inglés de principios del siglo XIX. Veremos que todo comenzó con él pero que no es él causante de los desaguisados posteriores –ni siquiera intelectualmente- porque su obra fue utilizada torticeramente, equivocadamente, conscientemente de esa utilización interesada que ahora denunciaré.

Insisto que, como en un relato de Las mil y una noches, todo comenzó en país de la niebla y de las tragedias del genial bardo, todo empezó en suelo inglés con David Ricardo (1772-1823) y sus análisis sobre la renta de la tierra. Decía este economista inglés que “la renta es aquella parte del producto de la tierra que se paga al terrateniente por el uso de las energías originarias e indestructibles del suelo” (Principios de Economía Política y Tributación, 1817). Ricardo justificaba el pago del salario por el trabajo, las ganancias del arrendatario por los medios e instrumentos puestos en el cultivo, pero se hacía la pregunta -y ahora nos la hacemos-: ¿cómo se justifica la renta pagada al terrateniente propietario de la tierra si no aporta nada, ni trabajo ni aperos de labranza, ni simiente, ni cuidados, nada de nada? Y la respuesta la encontró con su fina inteligencia: “Por tanto, únicamente porque la tierra no es ilimitada en cantidad ni uniforme en calidad y porque con el aumento de la población, la tierra de calidad inferior o menos ventajosamente situada tiene que ponerse en cultivo, se paga renta por su uso” (cap. II de la obra mencionada). Y se preguntará el lector qué tiene que ver todo esto con las decisiones erróneas en el momento actual que denuncio. Sólo pido paciencia porque todo llegará. Lo que venía  a decir este genial británico es que, si bien moralmente era injustificable la renta de los terratenientes, existía un motivo económico y se debía a que las tierras que producían los bienes agrícolas tenían diferente calidad, y eso hacía que con el mismo trabajo y con los mismos aperos, unas tierras produjeran más y otras menos. Quizá exageraba David Ricardo, pero no andaba del todo equivocado. Al final, cuando el producto se vendía en el mercado se hacía por el mismo precio -fruto de la oferta y la demanda-, razón por la cual las tierras de mejor calidad tenían un fruto extra que se lo quedaba el terrateniente sin que éste aportara nada. Era la renta que se llamó extensiva porque dependía sólo -esto es importante- de la existencia de tierras de diferente calidad para el mismo producto; y eso hacía que, con los mismos esfuerzos y medios, unas dieran más frutos que otros. Esto también es extensible a las minas y quizás a la pesca. No olvidemos que estamos en los comienzos del siglo XIX cuando escribe Ricardo y la inmensa mayoría de lo que ahora llamamos PIB era de origen agrícola o, a lo máximo, de lo que ahora llamamos sector primario (agricultura, pesca, ganadería). Pero también existía otra renta. O podría existir para tierras de igual calidad si se le aplicara más trabajo por hectárea que a otras, lo que daba lugar a la llamada renta intensiva. En efecto, con más trabajo y simiente es posible en algunos casos estrujar a la madre naturaleza para que dé más frutos, pero con un inconveniente: que estos aumentos ya no son proporcionales al, por ejemplo, trabajo y simientes empleados. La tierra, la naturaleza, se defiende de nuestras agresiones –la agricultura es una agresión- dando más frutos, pero cada vez menos, menos que proporcionalmente. Aparecía lo que se ha llamado los rendimientos decrecientes.

Ya hemos dado un paso adelante aunque el lector no versado en estos temas no lo sepa y la niebla que invade aún nuestras explicaciones empiece, quizás, a despejarse. David Ricardo trató en su libro ambos tipos de renta, pero a la que dio importancia fue a la primera, a la extensiva. Pero dicen que de buenas intenciones está empedrado el camino al Infierno y de la chistera a veces no sale el conejo previsto y los economistas posteriores a David Ricardo tomaron el rábano por las hojas, llevaron las rentas intensivas y no las extensivas al sector industrial y generalizaron ese fenómeno de los rendimientos decrecientes a toda la economía. Especialmente lo hizo otro economista inglés un siglo más tarde, Alfred Marshall (1842-1924), en su libro Principios de Economía. Y este libro fue durante medio siglo la biblia donde se formaban los economistas. De la economía se decía que era una ciencia lúgubre porque nunca anunciaba nada bueno. Los medios eran escasos y cuando se utilizaban, además, los rendimientos eran cada vez menores. Los ciudadanos, especialmente los pobres, los trabajadores asalariados en particular, se tenían que contentar con lo que tenían, porque si se pedían aumentos de sueldo y lo conseguían, los trabajadores se reproducían más, tenían más bocas que alimentar y la consecuencia era que los salarios en términos reales volvían a ser parcos, escasos, sólo lo suficiente para mal alimentar a los hijos. Y si bajaban demasiado, los obreros y sus hijos se morían de hambre y de asco y estos salarios volvían a subir en términos reales: era la llamada ley de bronce de los salarios. Para la ideología dominante de la época los trabajadores eran conejos que caminaban a dos patas. Ahora nos puede parecer exagerado, pero en plena revolución industrial no lo parecía. Pero la culpa, en última instancia y según los ideólogos del capitalismo no la tenían los políticos, los dueños de la tierra o el incipiente empresariado; la culpa la tenía la pobre naturaleza, que estaba sujeta a los rendimientos decrecientes. Es verdad que a comienzos del siglo XX el sector primario representaba en muchos países más de la mitad de lo que se producía, pero daba igual, la justificación eran los rendimientos decrecientes [1], esta vez en la industria. Pero ahora y antes todo esto es más difícil de justificar porque una fábrica, pongamos textil, no tenía una dependencia tan directa de la tierra. Además, si teníamos esta fábrica textil o una cadena textil en una fábrica no se veía la razón de por qué no se podía duplicar la cadena o la fábrica y obtener, al menos, rendimientos constantes. Pero daba igual, y al igual que el aforismo periodístico de que la realidad no te estropee un buen artículo, los profesores de Economía, con el libro de Marshall en la mano, seguían repitiendo lo de los rendimientos decrecientes como una verdad revelada escrita en el Antiguo Testamento (el libro de Marshall). Todo esto y con nuevos y profundos argumentos lo denunció Piero Sraffa en un artículo en 1925 (Sobre el costo y la cantidad producida). Y se preguntará el lector: ¿pero si eso no tiene el mismo sentido que lo tenía para el David Ricardo de comienzos del siglo XIX, en este siglo XXI, donde la agricultura y el sector primario representan no más de un 5% del PIB en los países avanzados o a comienzos del siglo XX cuando publica Marshall su obra capital, habrán dejado de utilizarse estos principios sobre los rendimientos decrecientes en los libros de economía? Error, se siguen estudiando estos principios, los rendimientos decrecientes forman parte de los fundamentos del análisis económico. Increíble pero cierto. Y el porqué de todo esto tiene una segunda y terceras partes o derivadas: la teoría del capital, la teoría de los costes empresariales y la teoría marginalista de la distribución. A eso vamos.

En el último tercio del siglo XIX un cáncer invadió el análisis económico: el marginalismo. Sus autores, bien intencionados, fueron principalmente Bentham (1748-1832), Gössen (1810-1858), Walras (1834-1910), Jevons (1835-1882) y Menger (1840-1921). No son los únicos pero quizás sean los principales. En un principio desarrollaron la idea de que las cosas que deseamos y que compramos –si es que tenemos dinero para ello- lo hacemos valorando cada unidad de cada bien, no por lo que llamaban utilidad, sino por la utilidad marginal que nos proporcionaba… la última unidad consumida en relación a su precio. Y como quiera que lo que podemos consumir está acotado, limitado por nuestra renta, para los marginalistas los humanos éramos -y somos para los que adoptan esta doctrina- máquinas de calcular que sabemos gastar nuestros recursos optimizando nuestras satisfacciones. Hemos pasado de conejos del siglo XIX a máquinas de satisfacción erógenas en el siglo XX. ¿Obramos realmente así? En principio estos marginalistas creían haber descubierto nuestras motivaciones en el consumo, pero el mencionado Marshall y otros economistas formados en su libro, extendieron esta idea marginalista también a las decisiones empresariales y a la distribución de la renta. Es verdad que Marshall lo hizo de forma parca y a regañadientes porque no estaba muy convencido de ello, pero lo hizo. Marshall es la síntesis de los economistas clásicos (Smith, Ricardo, Malthus, Mill) y estos marginalistas: la plaga se había extendido. Dice Piero Sraffa en el prólogo de su libro Producción de mercancías por medio de mercancías (1960) que el punto de vista de “los antiguos economistas clásicos –desde Adam Smith a Alfred Marshall- ha sido sumergido y olvidado desde el advenimiento del método marginalista”. En otro escrito menciona Sraffa a Petty (1623-1687) y Cantillon (1680-1734) como los padres de la economía y sugiere su recuperación tras la “ola marginalista”, ola que ha llegado y está presente en todos los manuales de análisis económico actuales, análisis que es el fundamento de los libros de introducción y de no introducción a la Economía. Con solo una pregunta podemos enterrar esa ola que convierte en papel mojado los manuales, pero que es una excelente justificación para no cambiar la realidad de las cosas, para justificar cualquier distribución de la renta por injusta que sea. Esa pregunta es: ¿cuántas viviendas tenemos que comprar para valorar cuál es la utilidad marginal que nos proporciona la última casa comprada? Y estamos hablando, no de un bien cualquiera, sino del más importante de nuestra vida y eso sabiendo que una parte de la población nunca ganará lo suficiente para comprar tan solo una. Ahí queda eso.

Y de la fusión del marginalismo, de sus criterios y la ley de los rendimientos decrecientes extendida a troche y moche, validada ideológicamente para toda la industria, surgió una teoría de los costes crecientes muy conveniente para todo esto. Cabía esperar que las empresas, a medida que crecen, se desarrollan, se extienden, deberían reducir sus costes medios aunque sus costes totales, lógicamente, aumenten. Hay muchas razones para ello: aumenta la escala de producción, permite una mayor división del trabajo, se puede extender el producto a mercados extranjeros, etc. Es verdad que no siempre se podrá extender la producción como se quiera y que quizá que con algunos de los medios de producción sea imposible su importación e incorporación a la empresa. Podemos por tanto conjeturar que para algunas empresas y para algunos productos –bienes y servicios- no se podrá trabajar con costes decrecientes y, de persistir, se incurrirá en costes crecientes. Pero no, para los marginalistas y clásicos, la ley que dice que tarde o temprano, a medida que aumente la producción, se incurrirá en costes crecientes siempre, al igual que la ley de la gravedad atrae a los cuerpos, de forma inexorable. Para los marginalistas es una ley universal y no hay discusión porque, además, hay costes del capital fijo, es decir, medios de producción que no se amortizan en un año. Estos criterios dan lugar a funciones de costes medios en forma de u muy convenientes para tres cosas: para buscar un resultado que permite la mejor de las soluciones posibles en lo referente a la pregunta de “cuanto se produce”, que hace que tengamos una solución de carácter general (Arrow, Debreu) para el cálculo de los precios y para que tengamos una distribución basada en el valor de las productividades marginales del trabajo y el capital. Además, para que funcione el modelo de costes inventado por los marginalistas[2] y neoclásicos, debe ocurrir que lo que demandamos se pueda traducir en una función de demanda decreciente tal que ese decrecimiento sea mayor que una posible oferta decreciente que relacione precios y cantidades. De lo contrario, a medida que demandáramos -pongamos por caso- electricidad para nuestros hogares, las empresas, en lugar de poder subir los precios, tendrían que bajarlo. Y esto no es muy conveniente para los ideólogos del mercado. Peor aún, si ese descenso en la demanda fuera menos pronunciado que el de la oferta, el modelo se haría inestable y, dado que la realidad es la que es, el modelo, tan conveniente para justificar la distribución de la renta a la que da lugar, tendría que abandonarse sin rechistar, motu proprio. En fin, todo un cuento de hadas buscando desesperadamente un final feliz. Y para remate, para que funcione el cuento debemos asegurar que se pueda calcular eso que llaman productividad marginal del capital; y este es otro capítulo aparte, otra parte del cuento que pasamos a contar.

La productividad marginal del capital en este cuento de hadas marginalista y neoclásico sería el aumento de la producción como consecuencia del aumento de “una unidad de capital… fisico”. No puede ser en términos de valor porque para ello deberíamos multiplicar este engendro por el precio del producto final del cual queremos calcular su productividad y, precisamente, también queremos -quieren los marginalistas del equilibrio general- calcular los precios. Los neoclásicos y marginalistas, con Marshall pilotando la nave casi sin querer, se las prometían felices porque no veían inconveniente en calcular la productividad marginal del trabajo dado que suponían la homogeneidad de éste y, además, porque no veían inconveniente en homogeneizarlo en términos de horas de trabajo aunque ello supusiera acercarse peligrosamente a Carlos Marx (1818-1883) y su teoría de la explotación contabilizada en horas de trabajo. Para los productos agrícolas también suponían fácil calcular la productividad de la tierra midiéndola y sumando en, por ejemplo, hectáreas. Pero la pregunta era: ¿cómo y en qué unidades se mide el capital? El capital físico[3] son los medios que se emplean en la producción de cualquier bien o servicio: instalaciones, maquinaria, utensilios, herramientas, aperos en la agricultura, barcos en la pesca, cuadernos, bolígrafos y pizarras en la enseñanza, todo el instrumental médico en la medicina, vehículos en los transportes, etc. Todo lo que sirve para producir algo y/o transportarlo es capital, todo lo que no son bienes que consumimos directamente (dejo aparte los bienes llamados de “consumo duradero”). Bien, pero la pregunta sigue en el aire. ¿Cómo se suma en términos físicos un robot y una fresadora? La respuesta es: de ninguna manera. Y falta aún la tercera y principal: ¿cómo se calcula una aumento de una… unidad de capital con tan heterogéneos medios? Esa pregunta se la hizo -y la hizo a los economistas de la época- la gran Joan Robinson en 1953. Oigámosla: “La función de producción constituyó un potente instrumento de deformación pedagógica. El alumno de teoría económica aprende a escribir Y=f(L,K), donde L es una cantidad de trabajo, K una cantidad de capital e Y una cantidad de producto de mercancías –hoy diríamos bienes y servicios-. Se le enseña que todos los obreros son homogéneos y a medir L en horas de trabajo por hombre; algo se le dice sobre el problema relativo de los números índices que surgen al escoger una unidad de producto. Pero luego se le arrastra hasta el siguiente problema en la esperanza de que se le olvide en qué unidades se mide K. Antes de que se le haya ocurrido ya se ha convertido en un profesor. Así, tales hábitos de tan poco rigurosos de pensamiento se transmiten de una generación a otra” (The Production Function and the Theory of Capital). Y si no podemos agregar –podemos añadir- bienes heterogéneos menos aún podemos calcular su productividad marginal. Pues bien, los que escriben los manuales de economía que se estudian en las universidades del planeta –y más aún en los cuned y universidades privadas de turno- se consideran productividades echando en saco roto las advertencias y consideraciones de la economista inglesa afincada en el Cambrigde inglés junto con Keynes, Sraffa, Kaldor, Kalecki, etc. en los años 30 y posteriores del siglo pasado. Esa función de producción que relaciona de forma continua capital, trabajo y producto –Robinson omitió la tierra- se sigue explicando tal cual a los alumnos de Economía hoy día, incluso en los libros críticos de críticos del sistema como son los de Krugman y Stigliz, por no hablar de los no críticos como los de Sargent y los Lucas. Y la cosa no acaba ahí porque esto del capital tiene una segunda derivada más grave, más sangrante, que paso a contar tras dar un respiro al lector curioso.

Esta función de producción, que fue utilizada por Walras en su obra, es un chollo para los que quieren construir un modelo donde se den rendimientos decrecientes -y, por tanto, costes crecientes-, que permita una teórica sustitución entre capital y trabajo, que permita calcular productividades marginales utilizando simplemente el cálculo diferencial y, por último pero más importante, para justificar la retribución del capital en pie de igualdad con el trabajo, sea cual sea la distribución de la renta a que ello conduce. El pequeño problema es que esta función es sólo una ecuación en un papel, apenas un garabato con intenciones de cientifidad, a pesar de los intentos de arreglo de Samuelson (1915-2009) con la función sustituta o subrogada de producción (Parable and Realism in Capital Theory: The surrogate Production Function, 1961). Ya hemos visto la crítica de Joan Robinson apuntando los problemas de medición y agregación, pero lo que viene es más profundo. Si aunamos el supuesto de los rendimientos decrecientes de la producción al problema de la medición del capital con la distribución marginalista y la necesidad de una solución en un modelo de equilibrio general, nos encontramos con que los marginalistas y neoclásicos habían llegado a relacionar salarios y ganancias a través del capital de una forma determinada. Para ellos se daba que, sean cuales sean los capitales -es decir, los medios de producción- la relación entre salarios y ganancias en la solución en un modelo de equilibrio era que esta relación siempre, sin excepción, era… decreciente. Es decir, que a medida que aumentara los salarios debían disminuir las ganancias y viceversa. Y esto debía darse bien con el mismo capital, bien fuera aumentando las inversiones e, incluso, cambiando las técnicas de producción. Ideológicamente; además eso suponía justificar cualquier distribución de la renta porque para llegar a este resultado debían pagarse el trabajo y el llamado capital de acuerdo con sus productividades marginales. Es verdad que el mundo real a veces no iba por ahí y se veían industrias y empresas que aumentaban sus inversiones y que, a pesar de ello, podían aumentar los salarios sin disminuir las ganancias. Eso ocurría en industrias como las del automóvil, en los textiles, modernamente en las energéticas, actualmente en las llamadas tecnológicas. No siempre ni en todos los países, pero la lucha de los obreros a veces conseguían aumentos de salarios y mejores condiciones de trabajo -que implican más costos para las empresas- sin que por ello disminuyeran las ganancias. Pero los neoclásicos marginalistas suscribían el aforismo de los periodistas que dice que la realidad no te estropee una buena noticia. Es verdad que reconocían las dificultades de la medición del capital, pero siempre surgía un Samuelson que intentaba arreglar el desaguisado (ver Teoría del Capital, 1975, de G.C. Harcourt)[4].

Pero ocurrió que se publicó Producción de mercancías por medio de mercancías en 1960 por Piero Sraffa, el economista italiano de Turín, y la cosa cambió sustancialmente. Los críticos del marginalismo ya no sólo podían criticar los modelos de equilibrio general de Walras, el manual de Marshall en ese punto o señalar que el mundo iba por otro lado. Ahora tenían un libro que, casi de soslayo y en silencio, suponía un varapalo a la teoría marginalista en general y a la teoría del capital en particular. Hemos dicho que para los marginalistas y neoclásicos les era imprescindible las tres cosas que hemos desarrollado aquí y que se apoyan unas en otras: los rendimientos decrecientes en la industria, las curvas en forma de u de los costes medios y la relación inversa entre salarios y ganancias sean cuales sean los medios de producción o capitales empleados derivados de las supuestas productividades marginales decrecientes. El libro de Sraffa se presentaba como alternativa a estos fundamentos en varios aspectos: el excedente como objeto de la economía y no la asignación de los recursos, los precios formados añadiendo un margen sobre los costes, la importancia de las relaciones intersectoriales, es decir, la compra-venta entre empresas, y la consideración del capital como trabajo fechado. La obra de Sraffa aporta más cosas, pero estas eran y son las más significativas y sugerentes. Es verdad que de la obra de Sraffa también surgía esa relación decreciente entre salarios y ganancias, pero con otra perspectiva: en primer lugar esa relación suponía el reparto del excedente y no la renta, siendo el excedente la diferencia entre lo que se produce y los medios que se emplean; en segundo lugar, esa relación tenía lo que los matemáticos llaman un grado de libertad, es decir, que no había ninguna ley económica que nos dijera cómo ha de ser ese reparto; en tercer lugar, de la formulación de Sraffa permitía deducir que dos técnicas diferentes en la producción, por ejemplo eléctrica, puede ser más rentable una primera con salarios bajos, pasar a la otra si aumentan estos y volver a la primera si volvían a subir los salarios. Es lo que se llamó el retrodesplazamiento de las técnicas[5]. Ya que hemos hablado de las eléctricas, pongámonos en el caso de la energía eólica y termoeléctrica. Es posible que para salarios bajos los empresarios prefieran la eólica, para salarios intermedios la termoeléctrica y que para salarios aún más altos sea más rentable -les den más ganancias- la vuelta a las eólicas. Y más si eso se da con aumentos de las inversiones en uno y otro medio. Quizá no sea el caso general, pero la ciencia es incompatible con las excepciones y esto podía ocurrir. Samuelson intentó arreglar el asunto con la función subrogada que ya hemos mencionado y al final tuvo que capitular diciendo que “el fenómeno de la reversión -el retrodesplazamiento mencionado, el reswitching en inglés-, a una baja de interés a una tecnología que había resultado viable a una alta tasa de interés significa algo más que un tecnicismo esotérico. Muestras que las sencillas historias contadas por Jevons, Böhm-Bawerk, Wicksell y otros autores neoclásicos… no son universalmente válidas… Si todo esto produce dolores de cabeza a aquellos nostálgicos de las viejas parábolas de la literatura neoclásica, debemos recordar que los hombres de ciencia no han nacido para llevar una obra fácil. Debemos respetar y evaluar los hechos como son” (Quaterly Journal of Economics, 1966). Aquí se mostró honrado Samuelson, pero no tanto en su libro de Economía que aún se estudia, donde las críticas demoledoras a los fundamentos del capital hechas por Robinson, Sraffa indirectamente, Kaldor, Garegnani, Pasinetti, Bhaduri, Nuti, Harcourt, Dobb, Meek, le entraron por un oído y le salieron por el otro, y los estudiantes y profesores siguen estudiando microeconomía con fundamentos sin fundamento, con teorías erradas, tomando decisiones en el mundo equivocadamente. Un escándalo y una indecencia. Con Sraffa, Keynes, Kalecki, Leontief se abrió una alternativa a los fundamentos y al propio análisis. Sraffa ha sido silenciado, Keynes encarcelado temporalmente, Kalecki borrado y Leontief apenas utilizado. La obra y crítica de Sraffa se presenta como una alternativa, pero esto es otra historia, porque lo dicho por hoy es ya bastante y supongo que la paciencia del lector está ya agotada. Otro día hablaré de Sraffa más detenidamente.


[1] Para ser justos con Alfred Marshall este economista, maestro de economistas en su momento, dedica un capítulo (cap. 12, libro I) a los posibles rendimientos crecientes. Para justificarlos, aunque sea a regañadientes, distingue la empresa individual y la industria, considerando esta como un agregado de las empresas y nos dice que es posible que las empresas individuales no obtengan rendimientos crecientes a corto plazo y sí lo haga la industria a largo plazo. Sraffa criticaría estas ideas en su artículo de 1925. Para Marshall la dificultad principal de obtener rendimientos crecientes –y, por tanto, costes decrecientes- para una empresa es la que siempre surgen factores limitativos a corto plazo para las empresas individuales. Estos constantes hiatos que establece Marshall entre el corto y el largo plazo, entre la empresa individual y la industria correspondiente, son el mayor defecto de su obra, forzado como estaba por aplicar de continuo la cláusula ceteris paribus, es decir, considerar un bien, una empresa y/o un mercado como independiente del resto. Ante estos errores, limitaciones y dificultades se alzaría Piero Sraffa con su Producción de mercancías por medio de mercancías.

[2] Para ser justos también con los marginalistas estos se fijaron sobre todo en la demanda, al menos hasta Walras.

[3] Alfred Marshall dedicó el capítulo 4 (libro II) y el apéndice E de su obra a lo que entendemos hoy día como capital físico. Sin embargo resulta curioso y significativo que no lo defina claramente como un conjunto de medios, de instrumentos de producción, sino que se remite a Adam Smith (1723-1790) diciendo que “A. Smith ha dicho que el capital de una persona es aquella parte de sus existencias de la cual espera obtener una renta”. También se remite al marginalista Jevons recogiendo el criterio de éste según el cual el capital sería “todos los bienes que están en manos de los consumidores”. En el apéndice E nos dice que “consideramos la noción de capital como una acumulación de cosas que son el resultado de esfuerzos y sacrificios humanos destinados principalmente a asegurar beneficios para el futuro más bien que para el presente”.  Visto con la perspectiva actual todo parece un disparate y Marshall, al igual que con los conceptos marginalistas, no sabía muy que hacer con la idea de capital físico. Más aún, en la traducción de Emilio de Figueroa de 1948 de los Principios de Economía de Marshall recoge una carta de éste a Edwin Cannan (1861-1935) criticando a este economista su concepción del capital como un flujo en lugar de stock de bienes. Para rematar tanta confusión y desaguisado en el propio Marshall, en una nota de su obra magna dentro de este mismo capítulo 4, nos dice que “… el capital deberá ser considerado tanto en relación con el conjunto de los beneficios que pueden derivarse de su uso, como con el de los costes de los esfuerzos y del ahorro que se necesitan para su producción…”. Marshall se encontró con una patata caliente y todo el esfuerzo es intentar reconducir la idea de capital a magnitudes agregables y en lo posible continuas como la posibilidad de “obtener una renta”, como los “costes de los esfuerzos”, como “beneficios futuros” o como el “ahorro” expresado, supuestamente, en términos monetarios. Todo con tal de huir del capital como un conjunto heterogéneo de medios de producción no sumables en términos físicos. Y lo que decía Marshall era importante porque recuerdo que los economistas de la primera mitad al menos del siglo XX se formaron en los Principios… de Marshall.

[4] Además del libro de Harcourt tenemos otro publicado por Editorial Tiempo Contemporáneo (Argentina) titulado Teoría del Capital y la Distribución, que es una selección de artículos sobre la polémica en torno al capital recopilados por Oscar Braun. Un libro impagable y por ello vaya mi reconocimiento.

[5] G.C. Harcourt lo explica en 1969 en Some Cambrigde Controversies in the Theory of Capital, artículo largo y recogido en la recopilación de Oscar Braun mencionada.

La estafa del análisis económico que se estudia en las facultades de economía (II parte)