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martes 24/5/22

Comienza la segunda Transición

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El PP ha hecho un cálculo que puede no resultarle porque piensa que encanallar más aún el tema catalán le puede dar más votos fuera de Cataluña que los que pueda perder en este Comunidad

Decía Marx que la violencia es la partera de la Historia. Habría que añadir, desde la ética, que... por desgracia. Cuando se habla de las bondades de la Transición española –que podemos situar entre la muerte del dictador Franco en 1975 y el intento de golpe de Estado de Tejero y demás secuaces en 1981- se olvida con frecuencia los muertos y heridos que hubo en ese período. Cada muerto, al menos, suponía un cambio de escenario en la contienda política, otra situación, donde de lo que se hablaba y lo que se pretendía ya no valía. Al igual que en el juego del ajedrez, en el que el simple avance de un peón cambia toda la tensión del tablero, los muertos y heridos, fruto de la represión de policíaca, lo cambian todo. Rajoy y sus secuaces esto no lo entienden y deben pensar que son efectos colaterales de la contienda política, pero los casi 900 heridos –afortunadamente ningún muerto- han cambiado ya la cuestión catalana entre independentismo o Autonomía para situarlo entre el uso de las libertades democráticas o la vuelta al franquismo bajo caretas democráticas. Con la represión policíaca del 1-O al PP ya se le ha caído la careta. Ya se había deteriorado enormemente con la llamada “ley mordaza”, al convertir a la policía en juez y parte, es decir, al cargarse uno de los fundamentos del Estado de Derecho como es la separación de poderes; ya se había deteriorado enormemente con la reforma laboral del 2012 al cargarse, de facto, el Estatuto de los Trabajadores; se ha deteriorado con la corrupción generalizada del partido del Gobierno y el juicio a miembros de la familia de la Corona y, el remate, ha sido la burla de Rajoy y los suyos -incluidos, creo, sus votantes- a la tibia ley de la memoria histórica de Zapatero.

En el nuevo escenario y el que se avecina la cuestión planteada es la siguiente: ¿cómo resolver la cuestión territorial en España -catalana y... vasca- con actores y procedimientos democráticos? Ya sabemos cómo se resuelven históricamente estas cuestiones territoriales en España y fuera de ella sin esos procedimientos. El PP ha hecho un cálculo que puede no resultarle porque piensa que encanallar más aún el tema catalán le puede dar más votos fuera de Cataluña que los que pueda perder en este Comunidad porque, da por hecho, que ya ha perdido todos los posibles en el país del libro y la rosa. Rajoy ha pasado de fumarse un puro leyendo el Marca en la columna de Peridis, de bostezar y aliviarse de vez en cuando en su cochiquera política, a despertarse perezosamente del todo a finales de septiembre de su siesta de fauno maloliente de 6 años de gobierno y ha dicho: lo del 1-O que lo arreglen los cuerpos y fuerzas de represión del Estado a hostias. Y ahora pretende seguir su siesta cochiquera hasta el día 10 de este mes. Tiene a 8 millones de votantes velando su siesta onanista y espera que se sumen otros 2 millones más –a por ellos- entre andaluces, extremeños, manchegos, madrileños, gallegos, maños, etc. Piensan Rajoy y sus secuaces que las imágenes de los guardias civiles y policías apaleando a pacíficos ciudadanos -eso sí, catalanes- que están a las puertas de un colegio o dentro esperando votar –en un referéndum sin garantías porque ha sido boicoteado por orden gubernamental-, que eso, en tierras fuera de la tierra del libro y la rosa, va a estimular el voto en estas Comunidades al PP. Piensan Rajoy y sus secuaces que sus votantes y sus posibles votantes votan con las tripas, que su nivel intelectual no les permite votar pensando a la vez, piensan Rajoy y sus secuaces que el voto desde la ética de sus posibles votantes no les cubre ni el talón al que Paris mató a Aquiles. Piensan, Rajoy y sus secuaces que sus votantes y posibles votantes son los mismos ideológicamente –con alguna actualización digital- que los que gritaban en la Plaza de Oriente todos los noviembres: ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! Piensan Rajoy y sus secuaces que sus votantes son los herederos de los que cantaban el Cara el Sol y Montañas Nevadas, solo que ahora cantan el Viva España de Manolo Escobar en el Bernabeu. Veremos en próximas elecciones sin tienen razón o no.

La pregunta a todo esto -con lo comentado en el último epígrafe de este artículo- es cómo salimos de esta, de este embrollo que nos han metido Rajoy y la derecha catalana –con el apoyo de Esquerra y la CUP- con procedimientos democráticos. Lo que parece claro es que el PP, con Rajoy o sin Rajoy, con el uso de la fuerza del 1-O, ha agotado sus márgenes de maniobra. Rajoy, en su siesta cochiquera, había adormecido también cualquier posible negociación entre ambas derechas, la española y la catalana. Con el “éxito” de los casi 900 heridos, la derecha españolista de origen franquista que es el PP, por sí solo, ha matado cualquier posible negociación con la otra derecha. Quedan dos actores claves para la última oportunidad de solucionar pacíficamente y con procedimientos democráticos el tema catalán y el coyunturalmente larvado tema vasco. Estos actores son el PSOE y los votantes del PP. Secundariamente, Unidos Podemos y los nacionalistas no catalanes. Si Rajoy convoca elecciones y los votantes del PP no se retractan de su apoyo al partido tardofranquista que es el PP, que además tiene la corrupción en su ADN y, por contra, este partido aumentara sus votos hasta llevarle a la mayoría absoluta –en solitario o con el apoyo de su perrillo faldero que es Ciudadanos- entonces en el otro lado se reforzaría el independentismo sociológico y no habría solución. Es decir, tal como están las cosas, un voto al PP es, indirectamente, un voto al independentismo catalán y un voto a Ciudadanos es casi, casi, lo mismo. Por el contrario, en esas posibles elecciones adelantadas, un voto al PSOE o a otras opciones –incluso a otras opciones nacionalistas de derechas que no sea el PDeCAT- es un voto contra el independentismo si el partido de la rosa es capaz de hacer una oferta política territorial suficientemente estimulante como para que parte de la derecha catalana -representada en gran medida por el PDeCAT- se parta en dos y vea, otee al final del túnel, una solución asimétrica al problema territorial. La burguesía catalana, representada por Pujol en su momento y anteriormente por Cambó, Massiá, etc. nunca le ha interesado la independencia de verdad porque los Pirineos y la Francia centralista han jugado en su contra. Pujol amagaba con ello, pero en su otra cochiquera, con su tres por ciento, se refocilaba a satisfacción mientras hacía hijos. Pero después de casi 40 años con la Constitución del “café para todos” –Roca dixit- la también careta del amagar y no dar se ha podrido, y se han encontrado ante una ciudadanía catalana que no le deja ponerse ni fabricar otra careta con la que disimular su independentismo de cartón y mentirijillas. Ahora las dos derechas se enfrentan a calzón quitado, sin caretas, viajando en trenes que llevan a ninguna estación donde repostar y volver a la farsa. Pero los 900 heridos del 1-O han puesto a los catalanes en otro tren transversal al anterior, donde el choque se produce entre los tardofranquistas que viajan en el tren anterior de Rajoy y los ciudadanos –independentistas o no- que han entendido que votar, aunque sea en convocatoria sin garantías, no es un delito que merezca que unos funcionarios con uniforme, venidos más allá del Ebro, les aterroricen con sus porras, sus escudos y sus pelotas de goma.

Si Rajoy no convocara elecciones a toda prisa para capitalizar a su favor en el resto de España las imágenes de sus gorilas de uniforme apaleando a pacíficos catalanes, el PSOE sigue siendo clave con dos vías: puede aceptar que el PP comience formalmente las negociaciones con el Govern catalán, pero sin dar carta blanca a ninguno de los actores hasta que se vislumbre una solución en el largo túnel de esta segunda Transición que ha de comenzar ya. En caso contrario, no tiene más remedio que negociar con Unidos Podemos y con todos los partidos -excepto PP y Ciudadanos- una moción de censura que le lleve de forma segura a la Presidencia de Gobierno. De esta manera será el partido de la rosa el que asuma la responsabilidad de la Segunda Transición. Cambiado uno de los actores de la mesa, cambia todo. De nada serviría, creo yo, cambiar a los actores de la otra porque los nuevos serían clones de los Puigdemont y Junqueras. Es una situación asimétrica, pero pensar lo contrario es caer en la trivialidad del sentido común. Y Unidos Podemos debería apoyar la investidura –no necesariamente toda la acción de Gobierno posterior- sin condiciones y sabiendo que este PSOE, a pesar de Pedro Sánchez, aún no puede ofrecer al independentismo catalán ni vasco un referéndum pactado, pero sí una solución territorial asimétrica, con cupo catalán a lo vasco y con una oferta de competencias transferidas que ahora ni siquiera podemos imaginar. Y creo que no hay más soluciones. La otra es volver al franquismo con la autonomía catalana suspendida con el matasellos del 155 mandando en ella un delegado del Gobierno, lo que supondría muertos y heridos que habría que contar a diario.

Comienza la segunda Transición