domingo 20.10.2019

Sobre un artículo de Miguel Ángel Fernández Ordóñez en El País

Creo que no debe haber pasado desapercibido en el mundillo -al menos de los economistas- un artículo aparecido en el diario El País el 2 de octubre titulado "Las tribulaciones de los bancos centrales", porque parece intentar demostrar su autor la necesidad de un viraje –aunque no me queda claro hacia donde- de los bancos que llama centrales sobre varios aspectos. Uno se refiere a la consideración que tiene el ex-gobernador del Banco de España entre dinero público y dinero privado, otro a la consideración e imposibilidad de asignaciones eficientes con supuestos tipos de interés negativos y otra la falsedad sobre los errores de los bancos centrales en la pasada crisis –se supone que se refiere a ella- “pero que todo el mundo las encontró justificadas”.

No busquemos ni justifiquemos la inacción de los gobiernos en el pasado con la  crísis económica que comenzó en el 2007 -y que tuvo su epicentro en USA- con los peligros nuevos que nos anuncia el Sr. Ordóñez

Esto último es falso, pero ocurrió que ni el Banco de España ni el BCE hicieron caso a los que advertían sobre la crisis y el papel de los bancos centrales. En concreto, el BCE siguió sin financiar a los Estados hasta que llegó Mario Draghi en el 2012 a la máxima responsabilidad del banco cuando llevábamos al menos 4 años de crisis y a diferencia de lo que hizo la Reserva Federal de USA desde el primer momento. Aquí, en la UE, se practicó la ahora denostada austeridad porque la Alemania de Merkel era la menos perjudicada de sus efectos y la más comprometida con sus aportaciones, y la señora Merkel se debía a su votantes aunque fuera a base de expandir mentiras como el que siembra trigo porque a los alemanes, por muy cultos que se consideran, hay que mentirlos también para que te voten. Así, a Grecia se la hicieron pasar las de Caín de tal manera que, ahora, el PIB del país heleno es un 30% más bajo que en el 2007.

Otro comentario que llama la atención del Sr. Ordóñez es la imposibilidad de asignar los recursos con tipos negativos sin tener “efectos destructivos”. El Sr. Ordóñez parece preocupado porque los tipos de interés que aplique el BCE sobre los bancos privados se mantengan negativos durante mucho tiempo. Parece claro que el Sr. Ordóñez se ha reunido con los bancos privados españoles y quizás alguno extranjero y, como dicen los jóvenes, le han comido el coco. En primer lugar hay que señalar que lo que ocurre con tipos de interés negativos actualmente significa que el prestamista –un banco privado, por ejemplo- paga los intereses de sus depósitos en el BCE en lugar de cobrar.

El cálculo en este caso es el mismo sistema que el llamado préstamo francés –nunca he sabido el porqué los galos se han apropiado del nombre-, donde el valor del préstamo es igual a la suma de los pagos en el futuro, descontados estos con por un denominador que es (1+r)i, siendo r el tipo de interés e i el número de períodos que median entre el valor actual del préstamo y el momento de cada pago en el futuro. Es decir, el método de cálculo no cambia pero, en el caso de tipos negativos, el prestamista (banco privado) paga al prestatario (BCE). Pero también podría entenderse literalmente que el tipo de interés es negativo y que el factor de descuento de los diferentes pagos es (1-r)i, es decir, restar de 1 el tipo de interés r. Esto daría lugar a que el valor actual del préstamo sería superior a la suma de los diferentes pagos futuros sin descontar el factor anterior, al revés de lo que ocurre actualmente.

En ambos casos no tiene por qué dar lugar a ninguna asignación ineficiente. En el primer caso se dará porque difícilmente los bancos van a dar préstamos con tipos negativos a empresas y particulares. La razón de ello es que los bancos no solo discriminan y asignan utilizando diferentes tipos de interés, sino también discriminan –y deben hacerlo- por las garantías que ofrecen los potenciales prestatarios, tales como avales, hipotecas, pignoraciones, etc. Los bancos podrían exigir menos garantías e incorporar esta minusvaloración a los tipos de interés, de tal manera y en grado tal que convirtirían los originarios tipos negativos en positivos.

Y estoy seguro de que eso harán llegado el caso. Y en el caso de que fueran negativos los tipos de interés y se calcularan con el segundo método expuesto, podrán seguir discriminando siempre que tuvieran la consideración de que, de dos tipos negativos, es mayor el que es menor en términos absolutos, al contrario de lo que pasa con los tipos positivos. Esto es simple traslación de la aritmética de los números positivos y negativos a los tipos de interés. Y no entraré en consideraciones sobre qué es una asignación eficiente porque en economía tiene una definición tan concreta (asignaciones Pareto eficientes) que no es este un lugar apropiado para hablar de ello.

Solo recordar al Sr. Ordóñez que hablar de asignaciones eficientes como si estas se dieran en el mundo real es una entelequia. Para que ello ocurriera debería haber, por ejemplo, competencia perfecta en todos los mercados presentes y futuros, ausencia de bienes públicos, ausencia de externalidades, ausencia de barreras de entrada, información plena y no asimétrica, etc. Mejor no hablemos de lo que no existe con palabras que en el mundo de los no especialistas significan una cosa –o nada operativo- y en el mundillo de los pocos supuestos enterados significan otras. A cambio no hablemos en latín cuando ya no es una lingua franca.

Otra cosa de la que habla el Sr. Ordóñez es sobre la diferenciación entre dinero público y privado. Son los bancos centrales los que emiten el dinero y lo colocan a los bancos desde que hace más de un siglo –diría que por término medio ya dos- los bancos centrales adquirieron el monopolio de la emisión. Los economistas trabajan con el concepto de oferta monetaria, que es la suma del dinero de los particulares que tienen en sus bolsillos –efectivo en manos del público- más los depósitos que tienen en los bancos privados. He dicho depósitos de forma genérica, porque los bancos centrales han ido cambiado qué partidas entraban en esta consideración en función de estimaciones econométricas entre oferta e inflación (por ejemplo), pero aquí sobre este aspecto no haré más precisión.

El otro concepto y realidad en la base monetaria con la que sí pueden operar los bancos centrales, porque está constituida por este efectivo en manos del público más las reservas a las que están obligadas a tener en los bancos privados en los centrales más las que voluntariamente quieran tener. Los bancos centrales sí pueden actuar con estas reservas de varias maneras, bien manejando los tipos que pagan a los bancos –aunque hemos visto que en la actualidad cobran- bien cambiando la cantidad exigida de estos depósitos.

Si exigen más cantidad, los bancos privados tienen menos dinero y lo contrario si exigen más. Ello repercute en la oferta monetaria, porque ésta y la base monetaria tienen en común una dependencia de los depósitos en los bancos si se parte de que el efectivo en manos del publico tiene una constancia sociológica de los depósitos y si las reservas que exigen los bancos centrales dependen también de estos depósitos (en este caso por decisión de los bancos centrales). Con ello los bancos centrales manejan la oferta monetaria manejando uno de los componentes de la base monetaria (las reservas de los bancos privados en los bancos centrales).

Con ello los bancos pueden afectar a los tipos de interés porque, cuanto menos reservas exijan, más aumentará la oferta monetaria y lo contrario si exigen más, y cuanto más aumente la oferta monetaria, en condiciones normales, más bajarán los tipos de interés, porque lo bancos privados tendrán casi de repente más dinero que deberían colocar si no quieren mantener ociosa su tenencia de dinero. Bajar los tipos de interés puede favorecer la inversión siempre que no estemos en una situación de lo que Keynes llamaba trampa de la liquidez, que se dará si, por más que aumente la oferta monetaria, empresas y particulares no están dispuestos a pedir más préstamos.

Por supuesto que el Sr. Ordóñez sabe todo esto, pero entonces no se entiende esa diferenciación entre dinero publico. ¿Es para el Sr. Ordóñez dinero público porque lo emite un organismo público –lo cual es siempre puesto que los bancos centrales tienen el monopolio de la emisión- o lo es según sea el propietario de ese dinero? Yo creo que el Sr. Ordóñez está pesando en estas plataformas que han emitido dinero –los famosos bitcoin- y ve un peligro en ello porque, en efecto, si eso se generalizara, los bancos privados y, sobre todo, los bancos centrales, van a tener que cambiar sus definiciones de dinero y, lo que es más importante, controlar la emisión de dinero de estas plataformas. En este caso yo, modestamente, le daría un consejo al Sr. Ordóñez, a los gobiernos y al propio BCE: por favor, prohíban la emisión de dinero por entes privados y más aún cuando no hay emisión física –prohibida por otra parte- porque, cuando caigan sus valores de intercambio con el dinero emitido por los bancos centrales –el dinero normal-, van a exigir, como los Filesa y preferentes de turno, que paguemos con nuestros impuestos los desaguisados que provoquen. Por ello me parece inocua la diferenciación que hace el Sr. Ordóñez entre dinero público y privado. Desde el punto de vista de la emisión todo el dinero es público –salvo, ahora, los emitidos por estas plataformas- y si nos atenemos a su tenencia carece de sentido esta diferenciación.

No busquemos ni justifiquemos la inacción de los gobiernos en el pasado con la  crísis económica que comenzó en el 2007 -y que tuvo su epicentro en USA- con los peligros nuevos que nos anuncia el Sr. Ordóñez. La causa de esa crisis fue una actuación bancaria engañosa, ofreciendo productos apalancados (riesgos excesivos por falta de activos reales que justificaran los pasivos emitidos) a sus clientes, donde nadie sabía ni se justificaba esos productos por los activos reales que supuestamente los garantizaban. Fue una cagada monumental de los bancos, sobre todo desde que –aunque haga tiempo de eso- en USA se convirtió a todos los bancos comerciales en bancos de inversiones, donde el deseo de ganancia y la inexperiencia en inversiones de los bancos comerciales fueron determinantes.

Y de aquellos barros trajeron los barros más recientes. Y el error de aplicar la austeridad desde el propio BCE desde el 2007 –o concedamos desde el 2008- hasta que llegó Draghi a la presidencia de esta trascendental institución. Pero para entonces los Rajoy de turno ya habían convencido a una parte de los españoles -y a otros europeos los rajoys de otros países- de que la austeridad era cojonuda porque los potenciales votantes creyeron que eso solo significaba que solo se aplicaría a la Administración, que iban a haber menos funcionarios y que iban a cobrar menos. Pero la llamada austeridad suponía y supone restringir la inversión pública y el gasto público precisamente cuando más se necesita y se necesitaba, es decir, cuando el consumo se detenía precisamente porque las rentas salariales y las pensiones disminuían. En España con Zapatero –un año- y con Rajoy durante cuatro años (subiendo solo el 0,25%) hubo menos dinero para el consumo y, por tanto, menos ventas de las empresas, muchas de las cuales, estúpidamente, aplaudían la austeridad. El resultado fue que los asalariados cobran menos, son más precarios en sus puestos de trabajo, los pensionistas cobraron menos durante los años de Rajoy en términos reales y, además –porque aún no se ha acabado- hemos pagado al sector financiero más de 42.000 millones de euros. Ahora hay elecciones: ¿habrán sacado lección de estos hechos los votantes y abstencionistas que se avecinan en el 10N? ¿Se han enterado de todo esto?.

Sr. Ordóñez, a pesar de sus errores e intento de desviar las causas del pasado, su artículo permite la reflexión sobre el qué hacer para el futuro. Bienvenido sea.

Sobre un artículo de Miguel Ángel Fernández Ordóñez en El País