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jueves. 01.12.2022

Límites de la teoría populista

Podemos, y todavía más si incorporamos las distintas confluencias, incluyendo IU y las distintas fuerzas de Unidad Popular, tiene una gran diversidad en sus influencias ideológicas.

Se ha abierto un debate político-ideológico entre varios líderes de Podemos y sus aliados (I. Errejón, J. C. Monedero, M. Monereo, B. Fernández…) que reflejan distintas sensibilidades a la hora de encarar sus estrategias presentes y futuras, incluido el debate sobre la construcción de una alternativa más unitaria con el conjunto de las confluencias e IU. No entramos en su significado dentro de los equilibrios internos o de liderazgo, cuyos detalles no conocemos. Tampoco valoramos las implicaciones políticas que necesitan un tratamiento específico en el actual contexto electoral, con el objetivo común de ganar las elecciones generales del 26-J e impulsar el cambio real a través de un Gobierno de progreso, de coalición y programa compartido con el PSOE. Aquí solamente apuntamos varias reflexiones de carácter teórico que subyacen en ese debate, para darle otra perspectiva y como contribución al mismo de la forma más rigurosa y constructiva posible.

Podemos, y todavía más si incorporamos las distintas confluencias, incluyendo IU y las distintas fuerzas de Unidad Popular, tiene una gran diversidad en sus influencias ideológicas. Una de las más significativas entre algunos de sus dirigentes es la teoría populista de E. Laclau  (La razón populista, 2013). Sin detallar una valoración de la misma exponemos algunos de sus puntos polémicos, así como las ideas marxistas más débiles, suscitados en el referido debate. (Un desarrollo más extenso está en el reciente libro Movimiento popular y cambio político. Nuevos discursos -ed. UOC-)

La ambigüedad ideológica del populismo

La primera insuficiencia de la teoría populista es su ambigüedad ideológica. En el plano analítico y transformador es central explicar y apoyar (o no) el proceso de identificación y construcción de un sujeto, llamado ‘pueblo’, precisamente por su papel, significado u orientación político-ideológica, es decir, por su dinámica emancipadora-igualitaria (o nacionalista, xenófoba y autoritaria).

Lo que criticamos de la teoría de Laclau es, precisamente, que se queda en la lógica política de unos mecanismos, como la polarización y la hegemonía, pero que son indefinidos en su orientación igualitaria-emancipadora si no se explicita el carácter sustantivo de cada uno de los dos sujetos en conflicto (amigo/enemigo) y el sentido de su interacción.

Por otro lado, nos distanciamos de la interpretación marxista convencional (estructuralista según Althusser): lucha de clases y hegemonía inevitable de la clase obrera, derivada de su posición en las relaciones de producción y que aseguraría su avance hacia el comunismo. Laclau (postmarxista) pretende superarla, pero cae en otra unilateralidad: la infravaloración de la experiencia vivida y compartida de las capas populares en sus conflictos sociopolíticos con las élites dominantes, teniendo en cuenta su posición de subordinación y su cultura, así como la sobrevaloración del discurso en la configuración del sujeto social. Así, el estructuralismo mecanicista o economicista, infravalora a los actores reales, sus condiciones, su articulación y sus valores (la agencia). Lo específico de ese determinismo económico no es tanto la afirmación o negación de la primacía de lo material, aunque su concepción del ‘ser social’ sea mecanicista, como realidad pasiva y excluyendo su cultura, en la doble acepción de ideas o valores y costumbres, hábitos o conductas, que formaría parte de la ‘conciencia social’. El idealismo althusseriano consiste, sobre todo, en

Un universo conceptual que se engendra a sí mismo y que impone su propia idealidad sobre los fenómenos de la existencia material y social, en lugar de entrar con ellos en una ininterrumpida relación de diálogo… La categoría ha alcanzado una primacía sobre el referente material; la estructura conceptual pende sobre el ser social y lo domina” (Thompson, Miseria de la teoría, 1981: 28-29).

En el ser social, en el sujeto, debemos incorporar no solo sus condiciones materiales de existencia, sino cómo son vividas y pensadas. La conciencia social forma parte e influye en el ser social, no es solo un mero reflejo de una estructura material (sin sujeto). Y la reflexión compartida de esa experiencia permite interpretarla, elaborar nuevos proyectos de cambio y promover la transformación de la sociedad.

No obstante, la reacción (acertada) a la primacía del ser social pasivo y la reafirmación (post-estructuralista) del discurso, perviven en la teoría populista con otro tipo de idealismo abstracto (desacertado), con similar hilo conductor: la sobrevaloración del evidente impacto de las ideas o el discurso como causa determinante en la construcción de la identidad y la pugna de los sujetos colectivos, dejando en un segundo plano la experiencia ciudadana de articulación social, económica y política.

J. C. Monedero (Las debilidades de la hipótesis populista y la construcción de un pueblo en marcha), al remarcar sus diferencias con I. Errejón, apunta alguna deficiencia similar de la teoría populista: “Laclau quiere convertir el cambio social en un discurso y, con bastante probabilidad, lo desactiva”. Aunque, más bien cabría decir que Laclau pretende un cambio social y político a través del desarrollo del discurso (la hegemonía cultural) y no acierta con los adecuados criterios teóricos, dinámicas político-ideológicas y estrategias transformadoras para impulsar un proceso igualitario-emancipador.

Hay una diversidad de movimientos sociales con rasgos comunes de tipo ‘populista’ pero son muy distintos, incluso completamente opuestos, por su carácter ‘sustantivo’, su significado respecto de la libertad y la igualdad de las capas populares. Ese carácter ‘indefinido’ o ambiguo en el papel y la identificación ideológico-política de un movimiento popular es el punto débil de esa teoría populista. Es incompleta, porque infravalora un aspecto fundamental. Nos vale poco una teoría que no sirve para explicar y favorecer un proceso de transformación liberador y solidario y que es solo una ‘técnica’ o lógica política (polarización, hegemonía) que se puede aplicar, indistintamente, a movimientos populares antagónicos por su contenido o significado. La garantía de basarse en las ‘demandas’ salidas del pueblo, sin valorar su sentido u orientación, es insuficiente. Ese límite no se supera en el segundo paso de unificarlas, nombrarlas o resignificarlas (con significantes vacíos) con un discurso y un liderazgo cuya caracterización social, política e ideológica tampoco se define.  

Así, la palabra populismo no es una referencia adecuada para significar un proyecto ‘nacional-popular’ (plurinacional en España). Además, como reconoce I. Errejón, es una palabra no ganadora para atraerse a las mayorías sociales. El adjetivo adicional de ‘izquierda’ la mejora pero no resuelve su carácter polisémico. Es necesaria otra identidad con otro significante para expresar el significado transformador de fondo democrático-igualitario-emancipador (con componentes comunes al de otras tradiciones progresivas). Y en el marco europeo es ineludible la diferenciación frente a las ascendentes tendencias populistas de derechas, xenófobas, regresivas y autoritarias.

El populismo de izquierda, como teoría del conflicto social, presenta ventajas respecto del consenso liberal, defensor del poder establecido. La particularidad en España es que esos líderes de Podemos han superado los límites de esa teoría y han demostrado una superioridad política, moral e intelectual respecto de la derecha y la socialdemocracia, atados a los poderosos. La han completado por el contenido cultural, la experiencia sociopolítica y el carácter progresista y de izquierdas de unas élites asociativas y políticas, dentro de un movimiento popular democrático y con los valores de justicia social; es decir, por el tipo de actor (o sujeto) existente.  El éxito de Podemos (y sus confluencias) no deriva tanto de las bondades de esa teoría, cuanto de la capacidad política de sus dirigentes para interpretar, representar y dar cauce institucional, con suficiente credibilidad, a la experiencia sociopolítica (el rechazo contra las políticas regresivas y autoritarias del poder establecido), la cultura (democrática y de justicia social) y las demandas de cambio de una ciudadanía activa progresista conectada con una amplia corriente social indignada.

La mezcla de espontaneísmo y constructivismo no es suficiente

La segunda insuficiencia de Laclau es que parte del proceso de conformación de las demandas ‘democráticas’ de la gente como algo dado; y a partir de ahí expone toda su propuesta (equivalencias, discurso, articulación) para transformarlas en ‘demandas populares’ frente a la oligarquía. Sin embargo, la explicación y el desarrollo de ese primer paso es clave, ya que está condicionado por todo lo que expresamos como relevante para nuestro enfoque: condiciones, estructura, cultura, experiencia, conflictos… de los actores y su sentido emancipador-igualitario. El segundo paso se convierte en ‘constructivista’.

Pero, además, Laclau admite ese constructivismo, esa ‘independencia’ de las condiciones materiales y relacionales de la gente y los actores, porque lo considera una virtud (como superador del marxismo o estructuralismo). Como efecto péndulo de su crítica al determinismo, se pasa a otro extremo idealista, como Touraine, que prioriza como causa explicativa el cambio cultural del sujeto individual. En ese eje –estructura/agencia- nos ponemos en el medio, en su interacción, en la importancia de la experiencia de la gente, aun con sus límites (Thompson, 1981: 18 y ss.).

Por el contrario, (de forma simplificada) Laclau defiende un ‘espontaneísmo’ articulatorio del pueblo (en el primer paso), combinado con el discurso y el liderazgo (en el segundo paso); aunque no define su orientación y composición, solo que represente o unifique las demandas populares, que todavía no sabemos qué significación ética tienen. No es equilibrado en su interacción; además, seguiríamos sin superar la ambigüedad de su sentido. Es imprescindible la interrelación de los distintos segmentos del movimiento popular, incluido sus élites, medios de comunicación e intelectuales, y contar con su posición social y política.

Además de la confianza excesiva en la espontaneidad articuladora (anarquizante), hay que superar también el otro extremo: la suplantación del activismo vanguardista o elitista y del discurso. Existe, por un lado, el clásico partido elitista o de vanguardia (leninista, trotskista o socialdemócrata) y, por otro lado, el ‘movimiento’ con el que se relacionaba (movimiento obrero, nuevos movimientos sociales o el nuevo sujeto pueblo). La función y los mecanismos de mediación o interacción se han modificado, pero siguen sin estar bien resueltos. El concepto de partido-movimiento pretende abordar ese doble papel aunque falta por articular su relación con el resto de movimientos y su autonomía, dando por supuesto que en la formación de los sujetos colectivos tienen un papel decisivo la comunicación, la ‘nominación’ o la conciencia individual.

Podemos y sus aliados (incluyendo IU-UP) han conseguido ser reconocidos como representantes políticos por seis millones de personas. Su discurso y su liderazgo, con un plan rápido y centralizado de campaña electoral prolongada, han sido suficientes para obtener ese amplio reconocimiento como cauce institucional de una masiva ciudadanía descontenta. Pero ese electorado se ha construido sobre la base de la existencia de un campo sociopolítico indignado, conformado por todo un ciclo de protestas sociales progresivas, con un activo movimiento popular y miles de activistas sociales. Está terminando este ciclo electoral, de reajuste institucional, político y representativo. El nuevo ciclo, consolidar y ampliar las fuerzas del cambio e impulsar transformaciones políticas y socioeconómicas de calado, exige una nueva articulación de esas dinámicas populares, junto con la nueva representación institucional, y nuevos discursos y estrategias, particularmente en el ámbito europeo frente al decisivo poder liberal-conservador.

Por tanto, hay dos cuestiones entrelazadas: Cómo construir un sujeto social o político (llámese pueblo, clase social o nación) y qué tipo de sujeto (el sentido de su papel y orientación). El proceso de identificación colectiva está unido a los dos elementos y es indivisible (salvo analíticamente). Se basa en la experiencia, la vida, la cultura y el comportamiento de la gente concreta; se define por su papel respecto de la igualdad y la democracia, los dos grandes valores de la ilustración,  la modernidad progresista y la mejor tradición de las izquierdas.

Populismo de ‘izquierda’ y ‘radicalización democrática’, complementos ‘sustantivos’ pero insuficientes

La posición de no diferenciar claramente el populismo de izquierda del populismo de derecha es un ‘inconveniente’. Hay que explicar su inclinación ideológica o su significado político, a lo que se resiste la versión más ortodoxa, más indefinida. Con esa denominación se completaría la lógica ‘populista’ (similar en abstracto) con el contenido de izquierdas -o derechas- (antagónica en lo sustantivo). Igualmente, se debería añadir como consustancial a ese populismo de izquierda la tarea de ‘radicalización democrática’. Con ello corregimos la pureza rígida del último Laclau e incorporamos dos ideas (o valores, doctrinas y proyectos) básicas y fundamentales, la igualdad y la democracia. No serían significantes vacíos a la espera de su utilización según su función unificadora. Sino alternativas programáticas fundamentales desde las que elaborar la estrategia de cambio y promover la conciencia social y el conflicto político. Incluso son elementos clave de un relato o mito identificador del sujeto político pueblo (progresivo). Es lo que, en cierta medida y sin valorarlo, hace la dirección de Podemos (y sus aliados) donde se mezcla ese componente discursivo populista con una tradición de izquierda (marxista) y una experiencia democrática (su activismo social y político previo en movimientos sociales, más abiertos y participativos).

Esa incorporación ideológica o de contenido sustantivo al simple esquema o lógica populista es lo que, en parte, hace Ch. Mouffe en su conversación con I. Errejón, en la que corrige a Laclau (Errejón y Mouffe, Construir pueblo, 2015: 111 y ss.). Con ello se superaría (parcialmente) el problema de la ambigüedad o el ‘vacío’ de las propuestas identificadoras populistas. Tendríamos dos componentes ‘sustantivos’ –igualdad, democracia- para completar su estrategia constructiva y procedimental de ‘pueblo’. Algunas de esas reflexiones vienen de lejos y estaban expuestas hace tiempo por Laclau y Mouffe. Pero el Laclau de La razón populista no avanza por ese camino, retrocede; solo duda del carácter insuficiente de su teoría ante los horrores del etnopopulismo (yugoeslavo). Y lo sintomático es que Errejón, ante la insistencia de Mouffe, presionada por la necesidad en Francia de diferenciación con el populismo ultraderechista de Le Pen, tampoco avanza y sigue los postulados más ortodoxos del último Laclau. La reafirmación de éste en separar, prescindir o relativizar el contenido sustantivo de un movimiento popular y su papel sociopolítico y cultural o, si se quiere, relacional e histórico, es un inconveniente no una ventaja en el doble plano, analítico y normativo.

La ‘transversalidad’ tiene un límite ideológico (igualdad-libertad-democracia o derechos humanos) y otro político-social (gente subordinada o solidaria). No se puede aplicar o no puede ser neutra en los conflictos con esos intereses y valores, aunque sí sirva para superar ideas marxistas de ‘izquierda’ política o ‘clase’ trabajadora, que serían restrictivas. 

La posición populista rígida es que la elección de significantes, discurso clave para la polarización hegemonista, no debe estar condicionada por nada previo o relacional (material o ideológico); solo por su eficacia para convertir las demandas parciales en  identificación del pueblo, mediante esa construcción de identidad hegemónica. La teoría de Laclau insiste en la abstracción o infravaloración de la realidad y el contenido sustantivo de un movimiento popular, que considera innecesario o contraproducente para tener más posibilidad de elegir (nominar) una idea ‘populista’, construir ‘pueblo’ y ganar  hegemonía y poder (sin definir su papel y orientación).

Así, el concepto y la función de ‘significante vacío’ son insuficientes; desde su visión constructivista una palabra o consigna puede cumplir funciones ‘unificadoras’ de las demandas democráticas o parciales realmente existentes. Pero esa tarea no la valora desde el punto de vista ideológico-político, de avance o retroceso para la igualdad y la libertad (del pueblo). Prioriza su función ‘identificadora’ a partir de las demandas parciales, dando por supuesto que éstas están dadas y son positivas en su articulación hegemónica frente al poder oligárquico, aunque tampoco asegura su orientación política e incluso admite una pluralidad de efectos antagónicos –progresivos/emancipadores y regresivos/autoritarios.

En ese autor hay también una infravaloración del contenido político-ideológico o ético de un movimiento popular y, en consecuencia, del tipo de cambio político que promueve. Esa pluralidad de realidades en que se concretaría su teoría demuestra una desventaja, no un elemento positivo o conveniente. Es incoherente al juntar tendencias con diferencias y antagonismos de sus características principales. Esa interpretación o comparación basada en el ‘mecanismo’ común refleja esa ambigüedad ideológica y confunde más que desvela la realidad tan diferente, incluso opuesta, de unos movimientos u otros (ya sea Le Pen con Podemos, el nazismo con el PCI de Togliatti, el populismo latinoamericano con la Larga Marcha de Mao o los Soviets, o el etnopopulismo y el racismo con los nuevos movimientos sociales y de los derechos civiles).

¿Para qué sirve meterlos todos en el mismo saco de ‘populistas’?. ¿Para destacar la validez teórica de una teoría por su amplia aplicabilidad histórica? Pero, esa clasificación, qué sentido tiene; ¿solo el de resaltar un ‘mecanismo’ constructivo, el del antagonismo amigo-enemigo, en oposición al consenso liberal y en vez de la clásica lucha de clases –completada en este caso por la ideología del comunismo?. Esa diversa y amplia aplicabilidad no demuestra una teoría más científica (u objetiva) sino menos rigurosa y más unilateral.

Esa ambigüedad político-ideológica refleja su debilidad, su abstracción de lo principal desde una perspectiva transformadora: analizar e impulsar los movimientos emancipadores-igualitarios de la gente subalterna. Para ello la teoría populista sirve poco y distorsiona. Como teoría del ‘conflicto’ (frente al orden) es positiva en el contexto español, con actores definidos en ese eje progresista-reaccionario. El partir de los de abajo le da un carácter ‘popular’. Pero, lo fundamental de su papel lo determina según en qué medida conecta y se complementa con un actor social progresista, con su cultura, experiencia y orientación sustantiva… igualitaria-emancipadora (como en España). Aquí, sus insuficiencias teóricas se contrarrestan, precisamente, con el contenido sustantivo progresivo (justicia social, democracia…) de la ciudadanía activa española y sus líderes, incluido los de Podemos, que se han socializado en esa cultura progresista, democrática… y de izquierda (social).

Por otro lado, Laclau pone de relieve o supera algunas deficiencias de la clásica interpretación estructural-marxista y su lenguaje obsoleto. Pero se va al otro extremo constructivista. Y, sobre todo, no tiene o infravalora elementos internos sustantivos (éticos o ideológico-políticos) para evitar su aplicación o su conexión con actores autoritarios-regresivos. Es su inconveniente y nuestra crítica principal. Podríamos también decir: menos Laclau y más Kant.

En definitiva, dada la importancia de las necesidades políticas y estratégicas del movimiento popular en España, la diversidad de corrientes de pensamiento entre las fuerzas alternativas y, específicamente, la tarea de cohesión y consolidación de las nuevas élites representativas en torno a Podemos y el conjunto de sus aliados y confluencias, son imprescindibles un esfuerzo cultural y un debate teórico, unitario, riguroso y respetuoso, para avanzar en un pensamiento crítico que favorezca la transformación social en un sentido democrático-igualitario-emancipador.

Límites de la teoría populista