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Identidad y sujeto

La identidad es el resultado del pasado (y el presente) de la persona, de sus vivencias y relaciones sociales; pero también incorpora sus proyectos e ilusiones que modelan sus comportamientos inmediatos

La identidad colectiva es inseparable del sujeto social. La identidad, personal y grupal, está relacionada con la posición social y su experiencia vital y relacional. Los procesos de identificación colectiva, de pertenencia compartida a un grupo social diferenciado, se vinculan con la conformación sociohistórica de los sujetos sociales, siempre en interacción y recomposición.

Su configuración y su evolución no dependen solo de la transformación de la subjetividad, las mentalidades y el deseo, sino de la existencia de una voluntad de cambio, junto con el despliegue continuado e interactivo de su práctica social: sociopolítica, económica, cultural, étnico-nacional, de género-sexo. Se trata de superar, de forma realista y multilateral, la dicotomía convencional entre sujeto/objeto o bien necesidad/libertad, sin caer en determinismos ni en voluntarismos.

Por otro lado, la identidad es el resultado del pasado (y el presente) de la persona, de sus vivencias y relaciones sociales; pero también incorpora sus proyectos e ilusiones que modelan sus comportamientos inmediatos. No tiene razón Sartre cuando afirma que la identidad es solo expresión del pasado y que el futuro es libertad; aunque lo que somos no nos determina, la identidad no es fija ni nos restringe, la vamos cambiando y regula nuestra libertad de acción y pensamiento. Tampoco es acertada la idea de que la identidad se construye hacia adelante, no hacia atrás; se priorizaría el criterio hegeliano, supuestamente inscrito en su ley histórica, del deseo o la aspiración a la plenitud humana (autorrealización) como base de construcción identitaria. Parafraseando a Simone de Beauvoir, la mujer se hace (por su relación social experimentada, pensada y proyectada); no nace, pero tampoco depende solo del futuro y sus ilusiones. Su identidad forma parte de su devenir real y su interacción colectiva.  

Además, todo individuo y grupo social tiene diversas identidades, más o menos complementarias, desiguales en su importancia, asimétricas en su combinación y jerarquía interna y variables en su impacto expresivo en cada momento y circunstancia. O sea, se produce una suma, equilibrio inestable o integración más o menos coherente de sus identidades, con el despliegue de variadas representaciones, subjetividades y funciones sociales. La identidad recoge los rasgos psicológicos de un individuo o colectividad, pero también las características posicionales y culturales que permiten el autorreconocimiento y el reconocimiento de los demás; es decir, expresa el sentido de pertenencia a un grupo social, hacia dentro y hacia fuera del mismo. Esa actuación prolongada, compartida y reconocida conforma el sujeto social.

Por último, la combinación de distintas identidades parciales, fuertes o débiles, y la expresión de cada combinación de ellas en el tiempo, en cada individuo y grupo social, ofrece unas características identitarias en el sentido más concreto: étnico-nacionales, de sexo-género y clase social, o de grupos específicos con distintas opciones y preferencias. Pero están ligadas a una situación e identificación más general en dos planos diferentes. 

Uno, en la pertenencia sociopolítica a una comunidad política, desde el punto de vista de sus derechos y deberes cívicos, independientemente de sus características particulares: es el sentido de una ciudadanía política compartida, que puede ser multinivel, local, nacional o estatal, europea, mundial.

Las grandes identidades tradicionales, especialmente las derivadas de las relaciones machistas, la subordinación y precarización popular y los reajustes étnico-nacionales, con sus jerarquías valorativas, están en crisis y cambio

Otro, la pertenencia a la humanidad, a nuestra especie, como rasgo común de las personas de todo el mundo, con unos derechos humanos fundamentales compartidos por toda la población y una identificación común como ser humano. Y, especialmente, en su ejercicio sociopolítico y cultural según los contextos. No se trata solo de cierto cosmopolitismo y un universalismo ético existente en todas las personas, sino que esos componentes se integran también junto con los demás en la identidad y el carácter del sujeto y pueden tener un mayor o menor impacto en su carácter, su comportamiento y sus aspiraciones.

Por tanto, la combinación en cada individuo y grupo social de esa multiplicidad identitaria, con el peso diferenciado de cada componente según qué procesos, incluidos los más generales de la ciudadanía y la pertenencia humana, ofrece un panorama no estrictamente fragmentado de su identidad, como gran parte de las ciencias sociales asegura; ni tampoco unificado, como otra parte afirma al intentar meter la realidad diversa en supuestas categorías homogeneizadoras, insensibles a esa diversidad. El conjunto de identidades asimétricas configura distintas expresiones unitarias en (des)equilibrios diversos y en transformación. 

El concepto de interseccionalidad apunta a ese análisis, aunque hay que evitar quedarse en una simple descripción o una constatación formalista de la multiplicidad identitaria. Hay que comprender sus interrelaciones internas para explicar su impacto normativo, relacional o sociopolítico, es decir, su configuración como sujeto activo.

Mi interés es poner el acento en la capacidad articuladora, conformadora o transformadora de los seres humanos y sus relaciones a través de su experiencia vital, multidimensional e interactiva. La sociedad es diversa. Las relaciones sociales, sin reducirlas a relaciones de poder o de dominación, también son ambivalentes; el sentido político o ético de las interacciones humanas expresa la pugna y la colaboración de proyectos individuales y colectivos en procesos relacionales multidimensionales y en diferentes niveles. 

En definitiva, las grandes identidades tradicionales, especialmente las derivadas de las relaciones machistas, la subordinación y precarización popular y los reajustes étnico-nacionales, con sus jerarquías valorativas, están en crisis y cambio, y hay una nueva pugna por su nueva conformación, su interrelación interna y su papel: desde la reacción defensiva y fanática de las anteriores identidades, a la reafirmación en identidades parciales o fragmentadas. La construcción de nuevas identidades y, sobre todo, de los nuevos equilibrios, personales y grupales, de su heterogeneidad, es lenta e incierta y exige realismo, reconocimiento, tolerancia, negociación, mestizaje y convivencia; en resumen, respeto al pluralismo, capacidad integradora y talante democrático. 

Por tanto, hay que superar el pensamiento posmoderno, fragmentario e individualista, así como la rigidez unificadora y esencialista de algunas teorías modernas y premodernas, sean asimilacionistas ante la diversidad o prepotentes respecto de las minorías. En ese sentido, la identidad de género es fundamental para las mujeres, como expresión de su situación específica de discriminación y su demanda de igualdad y emancipación, a integrar con sus otras identidades en una pertenencia diversa y conectada con una identidad cívica, más general, democrático-igualitaria y solidaria. 

En resumen, hay que superar la política basada en las emociones o en la simple racionalidad abstracta y, en particular, también un feminismo o una identidad de género solo emocional y/o solo racional. La posición social y la experiencia relacional y cívica son fundamentales; las condiciones, intereses, trayectorias y necesidades sociales configuran un punto de partida para la emancipación. Los sujetos colectivos, en particular el movimiento feminista, expresan una particular combinación de emociones, razones, estatus social, experiencia relacional y proyectos de vida. La igualdad, la libertad y la solidaridad siguen siendo referencias universalistas y transformadoras.