Se consolidan graves problemas socioeconómicos

A pesar de algunas mejorías macroeconómicas y de empleo, persisten graves consecuencias sociales, económicas y laborales para la mayoría de la sociedad. Se incrementa la desigualdad social, la precarización laboral y la devaluación salarial. Hay riesgos de consolidación de la involución social y democrática. Al mismo tiempo, permanece un amplio descontento popular y se han activado importantes movilizaciones sociales como la feminista y la protesta de pensionistas. Señalo los datos más significativos sobre esa realidad socioeconómica.

En primer lugar, la evolución de la desigualdad social con el indicador más reconocido y completo, el índice GINI (0, expresa máxima igualdad; 100, máxima desigualdad), con datos de Eurostat, la agencia estadística europea. 

 Índice GINI de desigualdad social

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Fuente: Eurostat

Pueden cronificarse las consecuencias de las llamadas reformas estructurales, sobre todo, en el mercado de trabajo, con la mayor desigualdad en las relaciones laborales, un fuerte sometimiento de la fuerza de trabajo y una prolongación de la precariedad laboral y social

En el gráfico 1 se exponen los datos de España y la eurozona (19 países) desde antes de la crisis y su desarrollo posterior, con una distancia significativa. A diferencia de la eurozona, cuyo crecimiento de la desigualdad es muy limitado en todo el periodo (apenas un punto), en España se nota un aumento pronunciado de casi tres puntos (cerca de un 10% más), con un ensanchamiento de la brecha existente con la media de la eurozona. La tendencia es ascendente hasta el año 2014 (34,7), en que desciende ligeramente aunque mantiene altos los parámetros hasta el año 2016 (34,5), último con datos disponibles. 

Dos tipos factores explican esta diferencia de mayor intensidad e incremento de la desigualdad social en España: por un lado, el mayor nivel de desempleo, destrucción de la ocupación, precariedad laboral y devaluación salarial; por otro lado, el menor peso de las políticas públicas protectoras, en particular prestaciones de desempleo, bajas pensiones y rentas mínimas. Así mismo, hay que constatar esa ligera mejoría de décimas en los dos últimos años, derivada del relativo incremento del empleo y la disminución del paro masivo. Pero, como se ve, el aspecto principal es el mantenimiento y prolongación de una fuerte desigualdad que conlleva graves consecuencias sociales, especialmente para la gente empobrecida y con riesgos de exclusión social. 

Así, el riesgo de pobreza en España, siguiendo con Eurostat, en ese mismo año 2016, llegaba al 27,9% (trece millones), cuatro puntos y medio más que la media europea. O que en 2017, según el INE, diez millones de personas (desempleadas e inactivas que quisieran un empleo) son ‘vulnerables ante el empleo’, tienen pobreza laboral, con una situación más grave para cerca de la mitad que viven en hogares con ingresos laborales bajos (60% de la mediana).

En segundo lugar, explico la comparación de la evolución del PIB y las rentas salariales en estos últimos diez años, desde el inicio de la crisis económica (gráfico 2).  En el año 2017 (último con datos disponibles), por primera vez (en precios constantes) se ha superado el importe de PIB del año 2008 (101,64 sobre 100); es decir, la producción económica total se ha recuperado a niveles precedentes de la crisis. No obstante, vemos que las rentas salariales todavía están más de ocho puntos por debajo respecto de ese comienzo de la crisis (91,96 sobre 100) y la distancia en relación al PIB actual se ha incrementado hasta casi diez puntos. Significa que el porcentaje de las rentas salariales se ha recuperado algo desde el nivel mínimo del año 2013 (83,73), pero la distancia con respecto al mayor crecimiento del PIB va aumentando y su capacidad adquisitiva sigue siendo menor. 

Evolución de PIB y rentas salariales (2008-2017)

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Fuente: INE

El crecimiento económico revierte fundamentalmente en los beneficios empresariales (y un poco en los impuestos) cuya ventaja comparativa se consolida en detrimento de una distribución justa hacia los salarios. La contención salarial sigue en marcha, a pesar de la reactivación económica. Las clases trabajadoras reciben menos y tienen menor capacidad adquisitiva y dado su menor poder contractual impuesto por las reformas laborales y la precarización del empleo tienen más dificultades para defender sus condiciones laborales. 

En tercer lugar, ese reparto no equitativo al conjunto de las capas asalariadas, además, es muy desigual en relación con los distintos segmentos según su nivel de ingresos, expresados en deciles(gráfico 3). Se pueden agrupar en tres segmentos. Primero, hay un descenso pronunciado de los ingresos medios en el 50% de las rentas más bajas (particularmente en el 20% de los que menos cobran con una devaluación salarial media entre el 22,5% y el 13,7%); segundo, se mantienen los ingresos en el 20% las rentas salariales intermedias; tercero, hay un ascenso relativo en torno al 1,8% en el 30% de las más altas.

Devaluación salarial y desacoplamiento de los salarios y productividad %

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Fuentes: INE, CCOO y Cinco Días

No obstante, cabe una precisión ya que no todas las personas asalariadas son de clases trabajadoras (aquí no se tienen cuenta personas inactivas y autónomas, ni tampoco las desempleadas que engrosarían el porcentaje de las clases trabajadoras hasta más del 70% de esa población). Así, podemos traducir esa distribución salarial en decilesen términos de clases sociales por el criterio convencional (liberal) del nivel de ingresos que, en general, coincide cuantitativamente, según datos de la EPA, con el criterio weberiano-marxista según la cualificación del empleo ejercido y el control, dominio, estatus o posesión de los medios de producción. El salario ‘mediano’ que es el que refleja el gráfico está en unos 1.600 euros mensuales. Pero aquí, para esa distinción de clase, considero la frontera de los ingresos salariales ‘medios’, que están cercanos a 1.900 euros mensuales brutos en catorce pagas (exactamente para el año 2016, 1.878 euros, 2.075 para hombres y 1.661 para mujeres); por encima de la cual adjudico un estatus económico de clase media y por debajo de clase trabajadora. 

Tenemos, básicamente, tres clases sociales distintas. Primero, un 60% de clases trabajadoras (en plural), con, al menos, dos segmentos diferenciados: el 30% del sector más precarizado y en empleos poco cualificados, con una fuerte devaluación salarial, que lo componen unos 4,5 millones que cobran menos de 1.200 euros; otro 30%, con una devaluación menor y empleos semicualificados, que lo forman otros 4,5 millones que cobran entre 1.200 y 1900 euros. Segundo, tenemos algo más del 30% de capas asalariadas perteneciente a las clases medias (unos 6 millones) que no han sufrido la devaluación salarial y que en esos ocho años duros incluso han mejorado sus ingresos ligeramente, con una posición económica acomodada no exenta de otros riesgos e incertidumbres. Tercero, una minoría dentro del decilde los que más cobran, pero con un peso cualitativo importante y que forman parte de las élites ejecutivas poderosas o clases dominantes, y cuyos ingresos han crecido más (aunque su impacto no aparece en esta estadística).

Por último, hay que señalar, según el citado gráfico 3, el desacoplamiento de la evolución de los salarios y la productividad, especialmente en el último año y medio en que sube la productividad por hora (hasta +1,9%) y baja sustancialmente el salario por hora (-0,2%). Es decir, las mejoras tecnológicas y de organización productiva, así como la intensificación del trabajo que incrementan la productividad no revierten en una mejora de las rentas salariales sino de los beneficios empresariales.

En cuarto lugar, comento las tendencias de la ocupación (gráfico 4) y del desempleo (gráfico 5), en valores absolutos y de acuerdo con la EPA, con su evolución entre los años 2002 y 2018.

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Fuente: INE-EPA

Se suceden tres periodos de prácticamente un lustro cada uno: en el primero (2002/2007), un incremento relevante de la ocupación de casi cinco millones hasta llegar a un máximo cercano a los 21 millones; en el segundo (2008/2014), una fuerte destrucción de empleo de casi cuatro millones, quedándose en un mínimo en torno a 17 millones; tercero, un incremento moderado de la ocupación que no llega a unos dos millones hasta situarse cerca de los 19 millones. O sea, hay creación de empleo pero solo llega a suplir la mitad del destruido. La tendencia de su recuperación es clara, aunque la distancia entre ambos sexos –en detrimento del volumen de mujeres- es significativa. Además, el total general y el total masculino –las mujeres han tenido menores oscilaciones- todavía están lejos del nivel pre-crisis (ello sin contar con la relativa baja tasa de empleo actual: 48,7%).   

El gráfico 5 expone la evolución de los datos de desempleo que presentan unas variaciones más pronunciadas que las de la ocupación y sin que existan grandes diferencias por sexo. Desde 1,8 millones de personas paradas, el mínimo en 2007 (8% de la población activa), hasta el máximo de casi 6,3 millones en 2013 (27%). Es decir, un incremento de cuatro millones y medio para posteriormente producirse una reducción de dos millones y medio y situarse en 3,8 millones en 2018 (16,7%). En este caso, la disminución del total de personas paradas no llega a la mitad del incremento producido con la crisis y los ajustes, con una tasa de paro que todavía es el doble que al comienzo de la crisis. Estamos lejos de recuperar los valores pre-crisis, cuando el volumen de desempleo y la tasa de paro todavía eran relevantes y superiores a la media europea.

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Fuente: INE-EPA

En definitiva, pueden cronificarse las consecuencias de las llamadas reformas estructurales, sobre todo, en el mercado de trabajo, con la mayor desigualdad en las relaciones laborales, un fuerte sometimiento de la fuerza de trabajo y una prolongación de la precariedad laboral y social.  Y el crecimiento económico, por sí solo, no lo resuelve. Este plan neoliberal de salida de la crisis es parcial. Las ganancias empresariales y el poder económico-financiero se recomponen, existen algunas mejorías relativas a partes minoritarias de la sociedad, se recuperan parcialmente algunas condiciones perdidas en el momento más crítico, pero la dinámica mayoritaria de las clases trabajadoras es que se quedan en un peldaño inferior en sus condiciones sociales y laborales, en sus trayectorias vitales. Y lo que es más grave, con mayor desigualdad social, es decir, con más distancias comparativas y menores oportunidades respecto de las capas más acomodadas. Y, particularmente, con mayores desventajas en relación con los núcleos de poder económico y político que pretenden reafirmar su hegemonía institucional a largo plazo. Se abre una nueva fase histórica de nuevo capitalismo (financiero o extractivo) con subordinación generalizada de las capas populares, una mínima cohesión social y una gestión política con una democracia débil. Pero ese proyecto dominante tiene grandes grietas por su falta de legitimidad social. Un nuevo proceso de indignación cívica se ha puesto en marcha.