jueves 09.04.2020

El valor democrático de los partidos políticos

La irrelevancia partidaria en la vida ciudadana es casi absoluta, abona la desafección hacia la política y los políticos

La crisis abierta en Podemos Madrid vuelve a evidenciar la fragilidad de los partidos políticos y, como es habitual, en la izquierda por razones intestinas. Lo que resulta más llamativo es que la quiebra se produce en un partido de la “nueva política”.  Tal vez es que no hay ni políticas, ni organizaciones nuevas, habrá que dar la razón a Ernesto Guevara cuando decía que para transformar la sociedad lo que hacía falta era un hombre nuevo. Ante el resurgir del clima anti partidista y las consecuencias que ello lleva, no debemos de dejar de preguntarnos sobre qué significan y para qué valen hoy los partidos políticos, cuando se crean a imagen y semejanza de sus líderes que son los que determinan absolutamente todo; desde lo que se propone hasta quiénes le acompañan en el viaje. 

Ello no es una cuestión baladí, la reconfiguración de la representación política parece urgente para bien de la democracia.

El problema no es solo español. Lo peor es que no hay un modelo válido que replicar. Literatura especializada hay para aburrir, estudios que han diseccionado el problema, buscado soluciones, insistido en que los partidos son básicos para un acertado funcionamiento de la democracia. La realidad pesa más que la mejor teoría, formularla es más fácil que cambiar actitudes y aptitudes en organizaciones cuyo producto final es el poder. El tiempo es nuevo pero el poder y la relación de las personas con él viene siendo siempre igual.

Los partidos son estructuras complejas, llenas de choques de intereses donde aflora lo personal frente a lo colectivo, como en todas las organizaciones, pero donde la gestión de egos y ambiciones es más difícil. Sus componentes quieren ser a título personal parte del presente y del futuro. La tensión organizacional es una situación permanente, el éxito va a depender del número de pedazos en los cuales se pueda dividir la tarta. Talento y talante de los habitantes de estas estructuras determinará la virulencia del conflicto, pero el objetivo siempre es estar en el hall cuando el poder viene de visita, sin pensar que estará un tiempo y si no se siente cómodo se alojará en otro lugar. 

La irrelevancia partidaria en la vida ciudadana es casi absoluta, abona la desafección hacia la política y los políticos, a los que se les responsabiliza de todo. Las causas de esta situación son identificables. No reparar en ello es una ceguera no conveniente por higiene democrática. En la sociedad de la inmediatez, los medios de comunicación y grupos de interés son los que marcan la agenda política, los partidos tan sólo se ponen a rebufo dejando la imagen de desorientados y oportunistas. Para nada marcan la tendencia de cómo las cosas deberían ser. La errónea creencia de que twitter es un instrumento eficaz de marcar la posición de partidos y líderes ha dejado vacío el discurso político explicativo capaz de generar adhesión. El mayor exponente de esto es Trump que ha generado escuela. Es un bucle de respuesta a lo que se dice, sin contar lo que está pasando ni las razones de ello.

Esto provoca una paulatina desideologización de los partidos, la estrategia es decir, sin más. En definitiva, se ha abandonado el planteamiento de proyectos políticos globales que expliciten un modelo de sociedad hacia la que caminar. Con ello se renuncia a identificar problemas de los colectivos y clases sociales, ideológicas y económicas, existentes en la sociedad. Cada bloque (clase) tiene demandas diferentes, unas compartidas por toda la sociedad pero otras muchas no. Los partidos, abriendo su abanico de captación de votantes, han ido diluyendo las identidades sociales e ideológicas que les da sentido. El populismo ha sabido ver esta brecha y en ella está trabajando. Los partidos asumen demandas sectorializadas y a veces incoherentes entre ellas, renunciando a orientar a la ciudadanía por el camino más certero solo se pretende dar satisfacción a sus requerimientos. Por ello, el fenómeno nacionalista es la forma más simplista de encontrar una identidad agregadora. Emerge frente al nacionalismo periférico el imperial. Ciudadanos ha encontrado en avivar el nacionalismo español la mejor vía para su posicionamiento. Al PP también le es fácil competir en esa carrera del sin proyecto patriótico. Ambos partidos no buscan ser identificados nominalmente con la extrema derecha pero sí enervar los sentimientos de los ciudadanos que se sienten confundidos con el cambio de paradigma que se está produciendo en Europa.

Hoy la misión del afiliado se ha tecnologizado, ya no se le pide empapelar ciudades, su cometido es re-twittear lo dicho por sus líderes como si fueran cadenas de la suerte

La  autodefinición ideológica partidaria termina siendo indiferente, sea liberal, conservador, centrista, socialista, comunista, los “expertos electorales” saben que la ubicación en la que se colocan los ciudadanos en las encuestas poco tendrá que ver con su voto final. Consideran que no se vota a un programa que seduzca a los ciudadanos, se hace a un líder, a una suerte de imágenes icónicas sin mucho contenido político, se juega con las percepciones; por ello la simplicidad y reiteración de los mensajes, se espera que penetre en el votante, la dureza otorga un presumido valor añadido de efectividad política. Lo peor es que esto ni siquiera llega a salir del magín de los miembros del partido, son consultores a sueldo los constructores de estas estrategias.

La distancia entre pertenencia y participación en los partidos han hecho caer el interés por la afiliación, ya no es objetivo contar con un nutrido número de seguidores que movilicen a los ciudadanos difundiendo el mensaje y aporten cuadros directivos para la gestión política de las instituciones. Hoy la misión del afiliado se ha tecnologizado, ya no se le pide empapelar ciudades, su cometido es re-twittear lo dicho por sus líderes como si fueran cadenas de la suerte. Los argumentos tienen la extensión y profundidad de un anuncio de detergente. La profesionalización de la política ha terminado por ser un fin en sí mismo. Con ello los partidos terminan siendo, tanto en la selección de dirigentes como en sus objetivos, meros instrumentos electorales para la captura de votos. A los jóvenes les aburren los partidos lógicamente. Tienen que sentir que la participación en política tiene un sentido útil y transformador de la sociedad que vaya más lejos de dónde situarse en la carrera para ser cargo.

Hay dos soluciones de urgencia al alcance para no perder el crédito de los partidos, las primarias para la selección de candidatos deben ser verdaderos instrumentos de vivificación democrática y ese camino hoy no parece ser entendido por todos los partidos; los programas y los proyectos políticos, un contrato de compromiso y relación entre los partidos y los electores de los que se dé cuenta permanentemente a los ciudadanos de lo propuesto y realizado y de lo no realizado. 

En definitiva, la política es esencial para poder vivir en comunidad, si la desafección a la política viene por una cerrada concepción de los partidos, por una actuación de proyecciones personales de sus dirigentes, por la forma de hacer la política de una manera circular, o por un poco de todo, a lo que se une también que los cauces por los que discurre la política están avejentados, hay que ser muy conscientes de que los valores democráticos no pasan por su mejor momento. No se trata de hacer sesudas reflexiones teóricas, los partidos y los políticos no pueden hacerse trampas en el solitario. Es la práctica cotidiana la que tiene que ser ejemplarizante para los ciudadanos y trascenderse personalmente pues si los instrumentos fundamentales de participación política entran en progresiva decrepitud, por miserias y ambiciones internas, por no saber leer lo que está pasando, la democracia pierde y todos con ella.

El valor democrático de los partidos políticos