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lunes. 26.09.2022

Pequeños deseos para el nuevo año

2019

La despedida del año está repleta de simbolismos buscando la buena suerte, suerte que deseamos también a los seres queridos. Cenar lentejas, tirar los trastos viejos por la venta para quemarlos en la hoguera, romper la vajilla, llevar ropa interior roja, dar besos a diestro y siniestro, las uvas… En todo caso mostrar alegría, sentida o forzada, pero que el nuevo año perciba que estamos dispuestos a afrontarlo con ilusión, y por tanto mostrar voluntad de ello, aunque sabemos que no va a depender de nosotros ni siquiera de otros. Es el azahar, todo lo confiamos a un destino que no está en nuestras manos controlarlo. Ponemos tanta fe e ilusión en el próximo año como en la lotería de Navidad, siendo sabedores de que las probabilidades son pocas. Al final todo se termina en desear y desearnos salud como el valor más preciado y aquello que no queremos perder.

No obstante no todo puede dejarse solo al azar hay pequeños deseos que pueden ser convertidos en grandes alegrías. La de esa mujer u hombre que esperan por fin volver a tener que apagar la melodía del despertador cada mañana para volver a sentirse útiles y resolver las goteras de su casa.  Lo mismo que esos jóvenes que ansían hacerlo por primera vez (sentirse útiles), ser independientes, soñar cosas concretas y demostrar por qué pasaron tantas horas preparándose. Igual esa otra mujer (tantas mujeres) que quiere dejar de sentir miedo y no quiere por nada que ni ella ni sus hijos se conviertan en noticia del telediario, ellas quieren ejercer su derecho a ser felices pero siendo iguales.  

También, esas mujeres y hombres, muchachos y muchachas, niños y niñas que quieren iniciar un futuro más allá del horizonte marino ya que en su tierra parece imposible, ya les gustaría. En todo caso, sus deseos son pequeños, se cifran en dos cosas: que la espuma blanca de las olas no les coma al hacer el viaje, y que millones de señores y señoras de mar a dentro,  que viven bastante bien, aunque no lo sepan, entiendan las razones del empeño de hacer ese camino mortal y… les tiendan la mano. ¡Yo no lo veo difícil!

Tampoco depende de las doce uvas que mis amigos puedan cenar cualquier día del año en su tierra, con sus amigos, familiares sin que entre los aperitivos y la sopa se recriminen, embronquen, por si ha llegado el momento de cambiar en la plaza del pueblo la bandera con las franjas gordas, por una con otras más flacas, o el pasaporte de un color por otro. Al final del día la vida será la misma y entre tanto se quedan frías la olla aranesa y la butifarra. Pues lo importante son los abrazos y no los lazos de papel. Y no oír únicamente canciones de estribillo machacón: ¡Un centenar, más medio, más la mitad de diez lo quiero yo, lo quiero yo!

También se puede desear que el whisky llegue a casa y el vino de rioja al Lago Ness sin que tengan que pagar más impuestos ni cruzar fronteras; ni el vino ni las personas deben verse obligadas a pasar barreras que ya no existían.No saben que si te empeñas en caminar para atrás te caes de culo. ¡Hay tanto de esos!… y en tantos sitos.

Pero los pequeños deseos se pueden cumplir…

Stefan Zweigen en su libro póstumo El mundo de ayer. Memorias de un europeo, se refería al tiempo de ayer recientemente pasado y añorado:

“Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón. Dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso”.

Yo para 2019 deseo un poco de esto y sobretodo… mucha salud para disfrutar lo bueno que  venga; y fortaleza, para superar lo menos bueno.

Pequeños deseos para el nuevo año