martes 17.09.2019

Contra ‘mendacium’

En torno a la verdad, en política, se ha construido una idea mítica: una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Historias ficticias y de personajes literarios.

Hay muchos que justifican la mentira como una suerte de virtud del buen político. Es la diferencia punitiva entre la mentira y el engaño. Un político que sabe mentir es alguien audaz y virtuoso, capaz de decir una cosa no cierta y poner en ello sobriedad, rigor gestual y convencimiento como si lo fuera, todo con el objetivo de ser más listo que los otros. Miente, pero no engaña. El engaño si busca el perjuicio de otros y por ende el beneficio para alguno.

El mito es que puedan existir políticos que no mientan. “Fulano nunca ha dicho una sola mentira. Sola no, pero acompañada seguro. Nunca hubo a lo largo de la historia un político que no mintiera. No, porque todo ser humano tiene una fuerza compulsiva hacia la mentira. ¡No nos engañemos! Para aquellos que trabajan con las voluntades de otros, la mentira pasa a ser una herramienta imprescindible de trabajo.  En el político la mentira es la quinta esencia de la sofisticación, no es como la del dependiente de la tienda de la esquina, que es un burdo aficionado lleno de tics vulgares, o la del ligón que llena las orejas de halagos, todos falsos, esperando que la presa caiga rendida.

La gran filósofa política Hannah Arendt lo definió de forma precisa: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad, no sólo de los políticos y los demagogos, sino también del hombre de Estado” (1).

Henri Kissinger el gran gurú las relaciones exteriores norteamericanas en los 70, en su libro Diplomacia, hace una esmerada justificación de la mentira en los denominados hombres de Estado. Todo ello, según dice, por el bien superior de la Seguridad Nacional, concepto que como sabemos sembró de cadáveres Latinoamérica en la década de los 70.

Sería una falacia decir que la mentira política solo está en un bloque ideológico, eso sería una pretensión de engaño. Todos por igual tienen “el vicio” de la mentira

En una escala menor, es decir sin sacar los grandes principios a pasear, está lo que podemos denominar “la mentira orgánica”, esa que se justifica por el bien de la organización, la que sea: partido, gobierno, iglesia, empresa…. No hay que darse un golpe de pecho patriótico para formularla; no porque el metal vaya a sonar menos, sino porque suelen ser mentiras veniales…a ver si cuela y pasamos al siguiente tema. La política cotidiana está llena de este tipo de mentiras y suelen colar, eso sí hasta que las cosas empiezan a ir mal. En ese momento es cuando el escuchante se empieza a hacer preguntas y no entender la razón de ser de tantas mentiras, hasta que en un reflexión sosegada, acaba dándose cuenta que toda mentira tiene uno o varios beneficiarios, muy concretos y con intereses muy tangibles y los tontos del bote somos los que confiamos en esos dirigentes investidos de solemnidad.  

Sobre los principios nadie suele mentir, es inútil e innecesario. Ahora lo estamos viendo con VOX, no miente sobre las cosas concretas de su pensamiento, es reaccionario y punto. Hacen bandera de ello. Ahora bien, las contraprestaciones materiales por sus votos tendrán claros nombre y apellidos y si hay que mentir se miente. 

Sería una falacia decir que la mentira política solo está en un bloque ideológico, eso sería una pretensión de engaño. Todos por igual tienen “el vicio” de la mentira. Ello nos demuestra que la mentira en política no es una cuestión ideológica es de personas. Hay quienes utilizan la mentira política de manera compulsiva.

Las fake news o bulos atroche y moche para que nos creamos que pasa lo que no pasa, es una variante disruptiva de la mentira. Trump ha demostrado ser el campeón sin escrúpulos de este tipo de ruido informativo que nos puede llevar a un conflicto armado. El problema se encuentra en que nadie le ha parado los pies respecto a sus tonterías patológicas,  por aquello de ser el Presidente de Estados Unidos. Es el problema del falseamiento de la verdad que nadie entona el ¡Basta Ya!

En la política española la mentira también tiene un uso habitual, no es nada nuevo viene de lejos, al carecer del componente calvinista hay más libertad: se peca por la mañana se arrepiente por la tarde y hasta otra. Nadie dimite por haber mentido; es más, ni un sonrojo, ni una disculpa. Insisto, todo tiene su razón de ser pues cuando la mentira es hábito y nadie eleva el grito para poner pie en pared contra la aceptación de la mentira pues… ancha es Castilla.

Rivera con su última mentira conocida, la que dice sobre él lo que no dijeron otros, deja una estela de preocupación en que la política tiene pocas posibilidades de ser una cosa distinta: de dar ejemplaridad cívica, de albergar la esperanza de que pueda dejarse atrás lo cutre, ramplón, intentar reírse de los demás. Un recién llegado con tan pocos reparos.

La Ética pública no puede ser tan lasa como las noticias que se mueren de un día a otro. Los ciudadanos tienen que empezar a levantar la mano, rebelarse y decir un hasta aquí sobre que las mentiras políticas sean gratis. Es muy difícil sentirse representado por mentirosos, no hay nada que lo justifique. No es una cuestión menor es el vértice de la confianza democrática.  


(1) «Verdad y política», Hannah Arendt, 1967, 1968. Edición Pagina Indómita 2106. Pág. 15.

Contra ‘mendacium’