Como se hace una tesis para España

Pedro Sánchez, durante una conferencia el pasado mes de mayo en el Magdalen College de la Universidad de Oxford. (Foto: Flickr PSOE)
Pedro Sánchez, durante una conferencia el pasado mes de mayo en el Magdalen College de la Universidad de Oxford. (Foto: Flickr PSOE)

Establecer la estrategia de oposición en dar cuenta parlamentaria de cómo se ha hecho una tesis es de bastante pobreza intelectual y transitar una línea peligrosa

Una semana son 604.800 segundos. En nuestra vida pública actual, en cada segundo viene sucediendo mucho más que lo que antes pasaba en siete días. Es como si hubiera un acuerdo colectivo para cumplir con el propósito de Kipling “llenar el implacable minuto, con sesenta segundos de diligente labor”. Aunque aquí la diligente labor se convierta en “tormenta perfecta” donde todo lo que pensamos que no puede ocurrir se concatena, explota y cuando aún no has superado la sordera de la deflagración ya está prendiendo la mecha de la siguiente. La velocidad produce vértigo. Eso no es bueno. A parte del malestar que genera tenemos que ser conscientes de que esto no nos lleva donde queremos ir, sino donde nos llevan ¿Quiénes?... No sé responder a ello, pero sí me parece que al final siempre estamos en la casilla de salida.

Que el debate nacional termine siendo “Cómo se hace una tesis” nos traslada al didáctico ensayo de Umberto Eco que tituló precisamente así: “Cómo se hace una tesis. Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura”. En las primeras páginas el profesor italiano dedica un capítulo a explicar cómo una tesis sirve también después del doctorado, y señala que: Hacer una tesis significa aprender a poner orden en las propias ideas y a ordenar los datos: es una especie de trabajo metódico; supone construir un «objeto» que, en principio, sirva también a los demás.

Elaborar una tesis lleva más de una semana, pero no estaría de más que como país lo intentáramos. Aprendiéramos a poner en orden las ideas. Diferenciar lo esencial de lo accesorio y saber ocupar cada uno su lugar. Establecer la estrategia de oposición en dar cuenta parlamentaria de cómo se ha hecho una tesis es de bastante pobreza intelectual y transitar una línea peligrosa. El discurso no puede viajar entre “aplíquese el 155 preventivo” y discutir en el Parlamento si alguien referenció correctamente las citas en su trabajo para ser doctor. Está fuera de lugar una cosa y la otra. Es usar el Parlamento y al altavoz que la política pone junto a las bocas de los políticos, para hacer pedorretas. Que cada cual saque sus propias consecuencias sobre cómo puede denominarse este tipo de política.

Menos mal que los anteriores Presidentes del Gobierno de España no tenían el título de doctor, eran meros licenciados del tres al cuarto y un ingeniero. Dado que cinco de ellos eran licenciados en Derecho podemos pedirles, con efecto retroactivo, la veracidad de su nota en Canónico y la nota de Hormigón Armado y Pretensado II en Caminos. También, ya que el de ahora sabe inglés, que la Universidad de Cambridge nos certifique si es correcto su dominio de la lengua Byron…no la vaya a estar liando con Merkel. Políticamente, no hay por donde tomarlo.

La tesis de España tiene la temática de un país que le cuesta encontrar su destino en el momento actual; se empeña en vivir en la inmediatez de lo accesorio. Nos preocupa lo que está sucediendo, pero sin ninguna perspectiva del porqué sucede y qué queremos hacer como comunidad para que suceda lo que realmente queremos nosotros. No ordenamos los datos de nuestra historia para saber que el objetivo es que los catalanes se encuentren; que el funcionamiento institucional ponga la diana en resolver los problemas personales y colectivos, lejos de quien pone lazos y quien los quita. No hacerse fotos dando las manos a los migrantes bajados de las pateras, sino en tenderlos la mano para que encuentren lo básico, para permanecer donde han nacido y que emigrar sea por voluntad en un mundo abierto y acogedor, no necesidad para subsistir. Criticar a un gobierno, a este y al que sea, por lo que hace o por lo que no hace, pero no estar repitiendo hasta la saciedad mantras históricos de que el gobierno es espurio, porque no es el que yo quería o que el Gobierno no acierta ni cuando corrige, eslogan que ya espetaba Fraga a González en el 85. La derecha española, la vieja y la nueva, deberían fijar la referencia de sus citas de autor desde un respeto a la institucionalidad, más cuando se quiere dar clase de ello.

Los propios medios de comunicación no son capaces de cumplir su papel esencial de intermediarios entre la política y la sociedad;  sólo juegan al pernicioso juego de pieza cobrada, al morbo, nunca sabiendo diferenciar entre asunción de responsabilidad y tinta de calamar para evitarla. Cifuentes, dimitió por un vídeo, conseguido váyase usted a saber cómo y por quien, no por  abuso de poder y prepotencia política como debía haber sido. Rajoy se ha ido por hartazgo político parlamentario por la corrupción, no por la presión de los medios de comunicación como hubiera sucedido en Europa.

La tesis de España tendría que servirnos a todos para superar la mediocridad. No creer que unas elecciones pueden por sí mismas resolver los problemas de identidad nacional confusa. Como decía hace un siglo Giner de los Ríos: reconocer que España necesita un pueblo no un líder. Que estos tomen conciencia que este complejo tiempo que nos ha tocado vivir, no requiere espectáculo, sino soluciones; no dimisiones, sino responsabilidades; no bronca gratuita sino consensos productivos.