domingo 07.06.2020

Personas de orden

Durante el franquismo eran fácilmente reconocibles. Eran la “gente de orden” con apellidos de militares traidores que con la connivencia del fascismo de Mussolini, primero; del nazismo de Hitler, después y la bendición de la Iglesia, siempre, impusieron su orden en España. Personas de “orden” que financiaron a golpe de talonario aviones y armas para dilapidar el sueño de progreso que supuso la II República, tal como relata Ángel Viñas, en su magnífico y riguroso libro de investigación histórica ¿Quién quiso la Guerra Civil? (Ed. Crítica).

Sus descendientes, fundamentalmente parásitos que nada aportan, siguen siendo “personas de orden”, de “su orden”, de una extravagante jerarquía conservadora en cuya cúspide se imaginan. Cuando no ocupan el poder devienen en histeria y paranoia porque pierden completamente el control de la situación.

Amantes de los uniformes y ladrones de símbolos de toda España no entienden ni comprenden que la policía les obligue a identificarse o dispersarse. Y es que su orden les lleva a padecer un “desorden” emocional. Sufren la carencia de un dictador militar que les guíe en una unidad de destino y ni siquiera entienden por qué Felipe VI , con ese pedazo de uniforme y esa retahíla de apellidos, no encabeza un golpe de Estado para que España vuelva a ser lo que fue.

En sus guetos su orden es lo normal y también lo habitual. Por eso tienen horror a una posible “nueva normalidad”. Ha sido ver venir que les pueden subir los impuestos y sacar las cacerolas.

En sus guetos viven en una ignorancia suprema. Resultaban impresionantes las declaraciones de una profesora y dueña de un colegio del madrileño barrio de Salamanca explicando que todo esto del coronavirus es una conspiración, entre otras cosas, porque ella no había visto ningún féretro. ¿Que enseñanza impartirá esa mujer entre las pequeñas personas de orden?, ¿el terraplanismo?, ¿la creación del mundo en siete días?. ¿que Elvis vive?

En la más alta cúspide de la jerarquía de estas personas de orden están quienes manejan marionetas con poder a su antojo. Esos mandos intermedios que encajan en su mundo porque les sirven. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, es paradigma de instrumento político al servicio del alto estrato de las personas de orden. Sirve muy bien a sus intereses porque no tiene ninguna capacidad política, ni intelectual y carece de vergüenza, lo que resulta muy útil como nexo de unión con otro tipo de población a la que utilizar.

Me refiero a lo que el sociólogo Joan Navarro calificaba como “la revolución de los cuñaos” durante una presentación de su libro Desprivatizar los partidos (Ed. Gedisa). Esto es, esa infantería que votaba al PP porque no existía Vox y que se mantenía silenciosa en las cenas familiares de Nochebuena. Esas personas con pocas luces que sienten orgullo de su ignorancia, que ven como no están solas y que alientan la crispación tanto en las familias, como ahora en los barrios con sus cacerolas. Y ahí que ver lo que suenan dos cacerolas, haciendo real el refranero español: “Mucho ruido y pocas nueces”.

Ese obrero de derechas, ese pequeño comerciante que estaría encantado con que “su niña”  o “su niño” se casaran con las auténticas personas de orden con Misa, chalet y chacha. Gentes que confunden los términos. Son quienes hablan de una “libertad mal entendida”, como afirmaba recientemente Shlomo Ben Ami en su artículo “Las democracias gestionan mejor las crisis” refiriéndose a quienes en EEUU siguiendo a Donald Trump claman “libertad” para moverse libremente por las calles pese a los obligados confinamientos federales. En realidad desconocen qué es la libertad e incluso el derecho a la vida.

Tal como estamos viendo y viviendo estos días, el “orden” de todas estas personas es el desorden de la colectividad. Juegan con otras reglas -recibidas directamente de sus dioses, sus caudillos y sus ancestros- , por eso incumplen las reglas que nos autoimponemos como sociedad, como estado o como patria, esa palabra que gastan permanentemente.No nos engañemos. No todos son pijos y la mayoría desconocen lo que fue el franquismo aunque en sus casas sigan resonando himnos tan poco gratos en estas circunstancias como La muerte no es el final, que sí lo es. Eso sí, en su afán privatizador de la sanidad pública durante tantos años de neoliberalismo nos han convertido a todos en novios y novias de la muerte. Tanto, que Millán Astray estaría en la gloria.


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