sábado 24/10/20

“Fratelli tutti”, una obligada lectura para Trump y Ayuso

Hará un lustro las Comisiones Obreras estuvieron “repensando” el sindicato. Sin duda, quien más puede ayudar a pensar y repensar es uno de los pocos referentes que tiene la izquierda. Me refiero a Nicolás Sartorius, quien en su intervención invitó a leer un pequeño libro. No, no se trataba del Manifiesto Comunista, que más de uno de los presentes seguro que no sabía ni de su existencia, se refería a la segunda encíclica del Papa Francisco, “Laudato sí. Sobre el cuidado de la casa común”. Nada tiene que ver ese subtítulo con las intenciones guerristas de confluencia en el PSOE de las izquierdas, sino a la toma de conciencia sobre el cambio climático. Viniendo de Sartorius la recomendación, aun siendo yo ateo, creo, y siempre crítico con la Iglesia, entré en la librería San Pablo y como adolescente que compra el Play Boy adquirí la encíclica.

Se trata de un alegato contra los poderosos, mirando claramente a Estados Unidos, en una defensa urgente del medio ambiente, de la “madre Tierra” y alentando la búsqueda de acuerdos internacionales que combatan el cambio climático. Al tiempo que dejaba claro que “la política no debe someterse a la economía” también abogaba por políticas públicas.

Así pues, al ver que Francisco había escrito una tercera encíclica, “Fratelli tutti”, volví a caer en la tentación y la adquirí. De lectura rápida aunque invite a la relectura, en ella el Papa abunda en sus críticas a los poderes, al capitalismo, al neoliberalismo, a los populismos y desgrana conceptos que deben tenerse en cuenta: Libertad, pero no la que nos quieren vender, no la libertad de los mercados; caridad, pero no la de la limosna y si te he visto no me acuerdo. Nos recuerda la procedencia etimológica latina, “caro” (que en italiano significa “querido”). El “ser amado es estimado de alto valor”, o sea “caro”. Si la caridad individual puede ser ayudar a un anciano a cruzar un puente, la “caridad política” debe ser construir un puente para que puedan pasar las personas. No olvidemos la afición papal de levantar puentes sobre el Tiber, por eso son “pontífices” (“pons-pontis”, puente).

Por ello relaciona la caridad con los principios de solidaridad y  subsidiariedad, recordándonos también la raíz etimológica de la primera, “solidez”. Es decir, una construcción social, segura y firme. Sin exceso de diplomacia papal arremete contra los nacionalismos una vez explicado el concepto “prójimo”, que no viene a ser otra cosa que el “próximo”. (86) “… todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes”.

Frente a esa moda alentada por el trumpismo, que en España representa Isabel Díaz Ayuso y a la que se apuntan escritores como Juan José Millás, basada en el rechazo de la política, Francisco convoca a “rehabilitarla”, que “es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (180).

Pero quienes están al mando y alardean de su cristianismo, cuando no lloran desconsoladamente en las catedrales, deben reflexionar sobre lo que el Papa exhorta contra el neoliberalismo: (168) “El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente”.

Del mismo modo arremete contra la especulación financiera, “fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”. Por eso tampoco estaría de más que mirara el Papa con mayor atención intramuros. Y es que según una información del Financial Times, recogida por El Boletín, “El Vaticano invirtió parte de las donaciones recibidas para los pobres y necesitados (528 millones de euros) en derivados que apostaban sobre la solvencia de Hertz, la empresa estadounidense de alquiler de coches”. Para más inri, nunca mejor dicho, la inversión se realizó bajo la supervisión del cardenal Giovanni Angelo Becciu, que el pasado mes fue despojado de sus derechos como cardenal.

De cualquier forma, no hay que obviar una próxima campaña de desprestigio contra Francisco por parte del sector más ultra de la Iglesia católica, que si atendemos a la hemeroteca vemos que ya padeció tras la publicación de su Laudato si.

De igual forma que arremete contra el neoliberalismo y los mercados no da puntada sin hilo sobre los populismos. Teme Francisco que el populismo erosione el concepto “pueblo” y por ende el de la misma palabra “democracia”, que es el gobierno del pueblo. Llama la atención sobre el “insano populismo”, tal como hacen las siglas del “Partido Popular” añado yo, “cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo” (159). Por contra, asegura más adelante que es frecuente acusar de populistas a todos los que defienden los derechos de los más débiles de la sociedad.

La encíclica ha sido escrita durante el confinamiento y estos días de pandemia, por lo que tiene actualidad. Tanto que parece dedicar párrafos enteros a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid: (35) “Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud desmantelados año tras año”, afirma. Previamente (19) ya advierte: “Vimos lo que sucedió con las personas mayores en algunos lugares del mundo a causa del coronavirus. No tenían que morir así”.

Aunque son muchas las referencias del Papa que deberían corregir los neoliberales como Trump o Ayuso y que sobrevuelan toda la encíclica, condenando sin tapujos la pena de muerte y la cadena perpetua, criticando a gobernantes tuiteros que alientan el odio y la crispación, solamente se refiere directamente a EEUU en una ocasión, al alabar la migración y refiriéndose en concreto a los latinos, cuya cultura “es un fermento de valores y posibilidades que puede hacer mucho bien a los Estados Unidos”.

Toda la encíclica es una exaltación de esa palabra tan revolucionaria para muchos: “Fraternidad”. Y no es mala guía para quienes dirigen el mundo cuando les anima a hacerse preguntas como: “¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, cuánta paz social sembré, qué provoqué en el lugar que se me encomendó”(197).

Si personajes como Trump o su aprendiz Ayuso tienen dudas en las respuestas, creo que una mayoría las tenemos claras. Es recomendable que lean a Francisco, si es que saben leer. Claro.

“Fratelli tutti”, una obligada lectura para Trump y Ayuso