sábado 20.07.2019

Mi transición

Ahora que se están publicando tantos panegíricos al Rey y a Suárez, reflexiono sobre la transición que yo viví...

Nosotros somos los protagonistas de nuestra historia. Antes y ahora

Ahora que se están publicando tantos panegíricos al Rey y a Suárez, reflexiono sobre la transición que yo viví que es, como la de la mayoría de los ciudadanos, muy diferente de la transición institucional que tanto se destaca en los medios de comunicación estos días, como si ese proceso hubiera sido producto de personalidades y no de la gente común y corriente. Seguramente mi transición no es la misma que la de miles de adolescentes, hoy adultos, que pasaron su transición entre drogas, sexo y “rockanrol”.

Mi transición comienza un poco antes de la muerte de Franco con la llegada a mi casa de la primera propaganda política de manos de mi madre y posteriormente la muerte de ese señor que nos felicitaba con voz aflautada las navidades y cuya muerte tuvo la ventaja inmediata de no tener que ir al colegio esos días. Entonces era un estudiante en un colegio privado y de una familia ciertamente acomodada, pero a finales de 1976 la crisis económica hizo que tuviera que ir a un instituto público, hecho que, sin duda, marcó la forma de ver la realidad. De seguir en ese colegio, seguro que mi vida hubiera ido por otros derroteros. De hecho, compartí colegio con González Pons. Ahí es nada. Aunque hay que decir que a Perico Sambeat, a Vicente Lluch García y a mí, nos detuvo la guardia civil por arrancar los carteles de la primera conmemoración de la muerte de Franco, lo que supuso nuestra expulsión del colegio durante quince días. No recuerdo a González Pons entonces, aunque también hay que decir que es dos años más joven que nosotros.

Pasar de un entorno de seguimiento autoritario de los profesores en donde no pasaba nada, a una despreocupada libertad en la que cada alumno debía saber qué quería hacer con un tiempo en el que pasaba de todo. El encuentro de los debates políticos, las asambleas de estudiantes, las manifestaciones, los encierros en la catedral de Valencia y la salida por un pasillo de “grises”, panfletos clandestinos, “Mundo Obrero” ciclostilado – para los más jóvenes buscad esta palabra en google - y posteriormente en los kioskos. Y por supuesto ese cambio supuso el encuentro con esos seres extraños de curvas incomprensibles que me dejaban – literalmente – atontado. Todo eso entre los catorce y los dieciséis años.

La transición política para mi generación es una mezcla de imágenes y experiencias directas que nada tienen que ver con despachos, banqueros, personalidades políticas, reyes ni militares que pasarán a la historia y se estudiarán en los colegios. Es sobre todo, asambleas políticas, coordinadoras de estudiantes, reuniones densas, inteligentes e interminables, convocatorias de manifestaciones, panfletos (en papel, nada de eventos en facebook), pegadas de carteles, exámenes, lectura de muchos periódicos – también en papel, para los más jóvenes buscad el término papel en google –, Cuadernos para el Diálogo, Hermano Lobo, Ajo Blanco, Cambio16, La Calle, Mundo Obrero, El Pais (así, sin acento), huelgas, ETA y manifestaciones multitudinarias tras el golpe de estado.

Mi experiencia directa del golpe de estado es algo particular. Al igual que otros miembros en órganos de la dirección del partido, meses antes ya se nos había informado de que el ruido de sables era muy serio y que había que tomar medidas de seguridad. Finalmente se produjo el golpe y gracias al final que tuvo, ha pasado ha ser un hecho pintoresco en la hagiografía de numerosas personalidades de este país que se resume en aquella frase del periodista noruego que anunció que “un torero había entrado con pistola en el congreso de los diputados”. Gracias a mi amigo Matías Alonso, logramos rescatar los archivos de la juventud comunista y entre atascos de coches, nervios, el bando de Milan del Bosch por la radio del coche y urgencias varias, estuvimos a punto de tirarlo todo al río aunque finalmente decidimos aparcar el coche junto con los archivos y esperar acontecimientos.

Parece mentira pero la acumulación de imágenes y experiencias en apenas 10 años, no tiene parangón. Para mí la transición es la gente de la que todos los medios de comunicación se olvidan ahora, de conseguir la participación de los alumnos en las decisiones del instituto, después conseguir claustros democráticos en la universidad, es la UJCE y las primeras elecciones democráticas generales y municipales, el Consell preautonómico del País Valenciano y la multitudinaria manifestación por la Amnistía y el Estatuto de Autonomía. En definitiva, es el compromiso personal, como el de tanta gente, calculado en horas de dedicación sin pensar en el futuro individual y sí, en el futuro colectivo. En todo ese proceso mi afiliación primero al PSP y posteriormente, tras la unidad con el PSOE, al “partido” en 1978, mi primer miting a favor de la Constitución en 1978 en el “Colegio Jaime Balmes” que, por cierto, no pude votar; es el I Congreso de la Juventud Comunista del País Valenciano en 1979 en el que me incorporo a la dirección de esta organización entonces con miles de afiliados.

Es, también, la matanza de los abogados de Atocha en 1977 el mismo día en el que había una reunión del PSP en mi casa con personas que después serían elegidas concejales y diputados por el PSOE y que quedó suspendida por el miedo a que esa matanza no fuera un hecho puntual.

La llegada de la democracia – que eso es la transición, la transición de una dictadura a una democracia – para mí, es recordar a Yolanda González, estudiante de enseñanza media con la que coincidí en la Coordinadora Estatal de Estudiantes de Enseñanza Media y que en una fecha tan reciente como 1980, pero apenas cinco años después de la muerte de Franco, fue asesinada en Madrid por la extrema derecha. Hoy tendría mi edad. Me pregunto muchas veces si me podría haber tocado a mí o a cualquiera de mis amigos o que hubiera pasado si me hubiera puesto en el camino de cualquiera de las balas perdidas que, eventualmente, se disparaban en aquellas manifestaciones.

La transición es también la solidaridad con Chile y Allende, la Revolución de los claveles en Portugal, la esperanza de la revolución en Nicaragua en 1979, la revolución antimperialista ese mismo año en Irán, es la huelga de los mineros en Gran Bretaña, es, en definitiva, “sujetos colectivos” y no personalidades individuales. Por muy rey que se sea.

Esos sujetos colectivos son los que hicieron la transición, sujetos históricos que por acción u omisión, fueron los reales protagonistas entonces porque, como en todos los procesos históricos, lo individuos están inscritos en un contexto y responden ante este. Olvidarse de ellos – de nosotros – en  la despedida de unos u otros, por fallecimiento, dimisión o abdicación, es querer secuestrar la memoria a la gente y es, al fin y al cabo, pretender hacerles olvidar que nosotros somos los protagonistas de nuestra historia. Antes y ahora.

Mi transición