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jueves. 11.08.2022

La marea y la ola

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la indignación. El mundo árabe proccidental o islamista indignado, europeos ricos y pobres indignados, chinos del PCCh y la oposición indignados, indignados en Wall Street porque la bolsa sube o baja.

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la indignación. El mundo árabe proccidental o islamista indignado, europeos ricos y pobres indignados, chinos del PCCh y la oposición indignados, indignados en Wall Street porque la bolsa sube o baja. Indignados con la omnipresencia de política y su falta de dedicación, indignados con el pacto social internacional instaurado tras el "fin de la historia que nunca acaba", indignados con los magnates de la economía y con la distribución de la riqueza. Indignación por todas partes. ¡Indignáos! gritó Stéphane Hessel. ¡Indignáos! gritó en silencio mientras ardía el joven Bouazizi en Túnez. Indignados en la Puerta del Sol y rodeando Las Cortes. Indignados en el Congreso del Partido Comunista Chino por seguir siendo comunistas que clausuran con un discurso a favor del consumismo. Incluso hay indignados en la Santa Sede.

El fantasma de la indignación provoca mareas, corrientes de cientos miles de ciudadanos, corrientes que dicen basta. Algo se mueve en Europa y en todo el planeta. Algo se mueve. El 15M o DRY en España, Syriza en Grecia, Movimento 5 Stelle en Italia, reformistas en la socialdemocracia europea, movimientos islamistas aperturistas y democráticos en Túnez, Egipto, Libia o Siria, reformistas en el PCCh y Obama en EEUU, Pussy Riot y Femen en Rusia y sus excolonias, Peronismo en Argentina, Lula en Brasil, los bolivarianos de Chávez, Correa y Morales. Algo se mueve, sí, pero ¿Hacia dónde se mueve? ¿Se mueven hacia el mismo lugar? Sin duda hay intereses concurrentes pero son intereses demasiado puntuales como para configurar un frente.

El 17 de mayo de 2009 Stéphane Hessel pronunció un discurso improvisado en la explanada de Glières con ocasión de la reunión anual de Palabras de Resistencia, en el que dijo: "¡Encontrad vuestros propios motivos de indignación, uníos a esta gran corriente de la historia!".

El movimiento de los indignados es, sin duda, una corriente, una marea de fondo pero una marea que crea demasiadas olas sobre las que cabalgan demasiadas opciones pero que no converge, porque la indignación no es un sujeto histórico transformador, de la misma forma que la pobreza tampoco es un sujeto histórico. La indignación y la pobreza son condición de las millones de personas que, para convertirse en sujeto histórico, necesitan de la existencia de un nuevo pacto social comprensible y aceptable por una mayoría. Con la indignación no basta, hace falta saber cómo superar las razones de la indignación. Las soluciones que se proponen desde la marea de indignados son tan divergentes que sorprende que puedan coincidir en las manifestaciones públicas. Probablemente es así porque no hay organización y se vive en un movimiento difuso. Y las opciones políticas que crecen a la sombra de esta marea están condenadas a ser devoradas por la corriente.

Joseph Fontana mantiene en su libro "El futuro es un país extraño" que mientras los movimientos sociales sigan disgregados y no exista un nuevo pacto social, al sistema le resulta muy fácil controlar y dirigir estas protestas. Además, o precisamente por esta disgregación y falta de alternativa, el sistema se niega a pactar, incluso a negociar pues saca más rédito negándose a negociar y rompiendo así la capacidad de los actores sociales de protesta para lograr sentar en una mesa a los que poseen los recursos. Algo que parecía asegurado tras la segunda guerra mundial se quiebra en esta crisis.

En esa misma linea se han manifestado sociólogos, como Manuel Castell o Felix Tezanos, en numerosos escritos durante la efervescencia del movimiento. Sus postulados optimistas sobre la posibilidad de que en poco tiempo el 15M encontrase su horizonte y su organización están por confirmar después de dos años.

La definición del sujeto histórico constituye una de las tareas intelectuales políticas mayores en la perspectiva del cambio social presente y futuro en la medida en que permite identificar a aquellos sectores sociales que estarían llamados a impulsar y a protagonizar los cambios. Esto implica que el sujeto histórico, como lo visualizamos es a la vez un constructor de la historia y un agente de transformación en la historia.

El sujeto histórico no es sólo el que aparece en los libros de historia, o en las cabeceras de los medios de comunicación, sino sobre todo el que la transforma, el que cambia el paradigma. Sin duda el sujeto histórico no es un ente homogéneo, sino que está compuesto por la rica y compleja diversidad que genera la vida social y política, pero que confluye temporal y parcialmente en un proyecto, en una plataforma, en un punto de acuerdo. Pero en un punto de acuerdo sobre aspectos sustanciales del sistema: cambio en la propiedad de los medios de producción, cambio en los derechos de herencia, en los derechos de elección de los representantes, cambios en la función y configuración del Estado, etc.. Sus componentes, por tanto, están condicionados por la dinámica de la propia realidad de la que forma parte cada actor y el sujeto histórico en su conjunto. Pero pretender que un nuevo pacto social se sustente en la nueva gobernanza, en la economía del bien común, en alternativas energéticas híbridas, responsabilidad social corporativa, gobernabilidad, gobierno abierto, etc, es inoperante en tanto que son propuestas de reforma asumibles y asimilables - en el peor sentido de la palabra - por parte de aquellos que detentan los recursos. No cambia el paradigma solo lo remoza. E incluso crea un pensamiento único aparentemente alternativo, una insufrible normalidad, un lenguaje políticamente correcto que está vacío de contenido transformador.

Y esto es así, a mi entender, porque la indignación no puede compararse con los esclavos o con los bárbaros que se enfrentaron al Imperio Romano, ni con los nobles que se opusieron a los reyes feudales, ni a la burguesía que se opuso a la nobleza, ni al proletariado que pretendía derrocar el sistema capitalista. La categoría "indignación" y el agente social "indignados" no es comparable a las categorías Dios, Iglesia, Nación, Raza, Estado, Imperio romano, Monarquía feudal, Monarquía absoluta, Estado liberal o clases sociales. No cambia el paradigma ni articula un nuevo pacto social.

Teóricamente, la definición del sujeto histórico solo es posible en función y por el cambio social, es decir, es aquel campo de fuerzas y de movimientos organizados que apuntan hacia el cambio social. Hoy ese campo de fuerzas y movimientos apuntan hacia direcciones contrapuestas. No confluyen. Y en esta no confluencia está el gran poder del sistema pues aunque la marea de indignación crea olas sobre las que se alzan puntualmente alternativas políticas, esa marea, sin sujeto histórico de cambio, choca contra los mecanismos del sistema.

Una cosa es la corriente y otra las olas. De hecho en física de fluidos existe la ola por contracorriente de marea, una ola que se forma en dirección contraria a la corriente de fondo al frenar la superficie menos veloz la velocidad de la marea. La apariencia es de movimiento, de avanzar con alguna corriente, pero en realidad la ola existe mientras la corriente de fondo es mucho más rápida que la corriente superficial. Pero es la ola lo que se ve, no la corriente. Las energías se gastan en mantenerse en la cresta de la ola y no en dirigir la marea. Pero incluso en ese caso la corriente superficial acaba siendo anulada por la corriente de fondo y ahí desaparece la ola.

Si existe un sujeto histórico (ser supremo, iglesia, concepto, líder, institución, clase social, sectores sociales, etc.) es muy probable que surja una opción política que lo represente y lo resuma, pero para ello, es necesario que exista un amplio consenso social en torno a las alternativas y eso, hoy por hoy, no existe. Hoy en el movimiento de protesta de los indignados del planeta no existe tal sujeto histórico o, si se prefiere, conviven muchos sujetos históricos que sirven para movilizar a la sociedad en torno a un aparente consenso (80% consideran la corrupción un mal de nuestra sociedad, porcentajes similares al bipartidismo, la partitocracia, la corona, la reforma de la constitución, el dominio de los mercados, etc.) pero es una confluencia aparente porque cuando se desciende a aspectos más concretos entonces estos porcentajes se dividen entre opciones autonomistas-federalistas-independentistas; antisistema-reformistas; globalizadores-localistas; anticapitalistas-liberales; etc.

Es decir, existe consenso en que algo no funciona, consecuencia, sobre todo, del efecto que está teniendo sobre la vida cotidiana de muchas personas de los países desarrollados, la crisis económica, pero esa percepción ¿es consecuencia de que nos afecta individualmente o porque no funciona por sí mismo? Es decir, el sistema es "malo" porque es un sinsentido intrínsecamente, o simplemente porque nos crea problemas en nuestra forma de vida. ¿Es un problema de condición o sólo de gestión?. El mismo hecho de que se hable de corrupción y ésta no se vincule al mismo funcionamiento del sistema nos lleva a reforzar el “marco cognitivo” en el que hasta un problema tan grave como este, es sólo un problema de gestión.

Creo que, más bien, hay consenso en que no funciona por los efectos individuales que la crisis está teniendo pero sin que eso lleve a plantearse el propio funcionamiento del sistema con lo que, en ese caldo de cultivo, cualquier propuesta que genere la apariencia de solución tendrá el respaldo de la población. Es simplemente un problema de gestión, de funcionamiento equivocado de algo bueno, pero no de condición. De hecho, salvando las distancias de cada caso, surgen movimientos de indignados sin que hayan cambiado las aspiraciones de la población. Parece como si la población simplemente haya cambiado el destinatario de las peticiones pero no las reivindicaciones ni la forma de vida a la que aspira. Así la indignación se genera contra unos porque no son capaces de satisfacer sus peticiones y se busca otros que las satisfagan pero sin cambiar las propias demandas.

Por otra parte hay consenso en que no funciona pero no lo hay en el modelo de salida del sistema. Esta apariencia de consenso trasciende a los partidos políticos lo cual les lleva a mantener un perfil bajo, una ambigüedad ideológica calculada para servir Tirios y Troyanos y evitar así las contradicciones de tener que adoptar decisiones de más calado, en las que se evidencien las contradicciones entre lo que se dice y lo que realmente se quiere/puede hacer. En definitiva, lo importante es quedar bien en las encuestas, fortalecerse, gestionar, ser aparente en los medios, en definitiva, adoptar imposturas para ser, en algún momento de la historia, “Rey en lugar del Rey”.

La evidencia es que se asume así una actitud “buenista” ante la población, que lleva a que sólo manejemos los grandes trazos de la política sin descender a particularidades. Esa actitud “buenista”, en el que no hay conflicto de intereses, sino sólo buenos y malos gestores, puede llevarnos a un populismo progresista que no difiere mucho del populismo conservador. Salvo en quién dirige una y otra que, aún no siendo poco, es insuficiente. Conductas como centrar la actividad política sólo o buena parte de ella, en la comunicación (virtual/prensa), apelar a la necesidad de conectar con las emociones de la población, reducir la reflexión a vender un proyecto triunfador, no focalizar los mensajes salvo en aquellos en los que ya hay protesta social, basar la acción política en un líder y su capacidad para imbricar un partido con el electorado, etc. llevan de cabeza a ese populismo.

La razón de esta actitud buenista es que se reconoce una dualidad en las peticiones de la ciudadanía. En definitiva ¿Qué quieren los ciudadanos que sean los partidos políticos y sus representantes? ¿Qué quieren que sea la democracia? ¿Qué quieren que sea el objetivo de la economía? La opinión pública quiere que los partidos sean serios y extravagantes, integrados y antisistema, tradicionales y novedosos, estructurados y participativos, verticales y horizontales, profesionales y amateurs, representantes con plena dedicación y con otras profesiones, con larga trayectoria profesional pero jóvenes, etc. De la democracia quieren que les permita participar y que no ocupe mucho su tiempo, que se encargue de todo y que no se meta en nada, que abarque todos los ámbitos de la vida y que no cueste nada, que se consulte todo y que no sea omnipresente. Respecto a la política económica básicamente la mayoría de la población quiere que se pague todo y que no nos cueste nada, que haya impuestos pero no para mí, que controle la corrupción y que me deje no pagar el IVA, etc. Es decir, la ciudadanía lo quiere todo y a la vez, una cosa y la contraria. Con esas contradicciones, disgregación de los actores, falta de pacto social alternativo difícilmente surgirá un sujeto histórico transformador.

Y lo que me resulta más preocupante es que la marea de fondo igual que va hacia un lado puede ir hacia el lado contrario. De hecho en España la misma mayoría social que conforma, aparentemente, el movimiento de indignados (las encuestas dan mayorías aparentemente aplastantes en temas centrales del movimiento 15M) es quien sustentó, en un mismo momento, una mayoría absoluta a la derecha y la que sostiene el sistema bipartidista y un consenso en torno al pacto constitucional. Con esa realidad social en el mejor de los casos, la gran marea de la indignación volverá a ese marco constitucional y en el peor se radicalizará hacia posiciones más conservadoras aún cuando es posible que se de un incremento de representación de partidos minoritarios.

La experiencia en España de gobierno “alternativos” como el tripartito catalán y el incremento del poder de la derecha en Cataluña es un buen anticipo de que la población “indignada” puede buscar la solución en la orilla opuesta de la que representa el 15M y todas las opciones que se han elevado mediáticamente al amparo de la indignación, pues cuando las crisis son tan profundas y abarcan tantos aspectos de la vida cotidiana de la ciudadanía, la tentación es querer volver al “sentido común” sobre todo cuando el pasado es siempre un horizonte más seguro, por conocido, que un futuro incierto.

Post Scriptum : El desasosiego del hereje

Un hereje nace, no se hace. La herejía nace con su visión del mundo. Ve el mundo de forma lateral. Lo blanco, que es blanco para la mayoría de las personas, para el hereje lo es en determinadas circunstancias que, siempre, serán las menos. Las verdades aceptadas por una mayoría, aunque sea la mayoría de una minoría, son siempre puestas en cuestión. Nada, para un hereje, es evidente ni inmutable. Incluso aquello que puede beneficiarle para sus argumentos es puesto en cuestión por el propio hereje.

El hereje sabe que no verá la confirmación de sus herejías o en todo caso la verá tamizada por el fuego sobre el que arde. El hereje es, por propia definición, heterodoxo, inclasificable, desviado, díscolo, dispuesto a la discusión, chovinista, narcisista, disconforme. Pero el hereje vive desasosegado y lleno de inquietud, inseguro de su propia capacidad, de su inteligencia, de su cordura sin poder dejar de ver lateralmente la realidad pero reconociendo la marginalidad de sus creencias. Sucumbe así a la crítica de su propia crítica confiando sólo en sus argumentos para convencer.

Al hereje no se le puede preguntar si la botella está medio vacía o medio llena, porque el hereje está pensando en el material de la botella, en quién se ha bebido lo que falta, en quién se beberá lo que queda, qué contiene en realidad la botella, de quién es la botella y dónde se ha encontrado la botella. El hereje es incómodo porque no responde las preguntas, sólo formula otras preguntas. Es incompatible con las normas y el poder. Su interés no es de este mundo y por eso no se le puede comprar pues no utiliza el mismo valor de cambio que la mayoría.

La marea y la ola