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lunes. 08.08.2022

Juegos de Guerra de los mercados

Nadie, en su sano juicio, encargaría a un posible comprador de su casa la tasación de la misma, de la misma forma que nadie dejaría que juzgara un pleito la persona agraviada puesto que las consecuencias son bastante previsibles. Sin embargo los gobiernos dejan que los mismos que especulan con la deuda de un país, compren esa deuda. Si tan poco fiable es la deuda subastada ¿por qué la compran?.

Nadie, en su sano juicio, encargaría a un posible comprador de su casa la tasación de la misma, de la misma forma que nadie dejaría que juzgara un pleito la persona agraviada puesto que las consecuencias son bastante previsibles. Sin embargo los gobiernos dejan que los mismos que especulan con la deuda de un país, compren esa deuda. Si tan poco fiable es la deuda subastada ¿por qué la compran?. Debería importarles poco o nada, si tan seguros están de la poca fiabilidad de los estados, los intereses que se pudieran pagar. Salvo que el truco para enriquecerse esté precisamente ahí. Los compradores de la deuda, intermediarios entre los gobiernos y los inversores, se dedican a valorar y negociar en los mercados secundarios elevando la prima de riesgo para, llegado el momento de las subastas de los bonos de deuda, este índice esté lo suficientemente alto como para que los intereses que se deban ofrecer a los compradores sean altos.

Nadie se explica por qué se eleva el Euribor mes a mes hasta alcanzar el 2,50% y hasta el 5% recientemente, en una época en la que el precio del dinero que ofrece el Banco Central Europeo (BCE) se mantiene en el 1,25%. El dinero es dinero independientemente de quien lo tenga. Y nadie se explica el por qué de esa diferencia porque nadie sabe cómo se negocia con el dinero. Pero la cosa es bastante simple.

Los bancos viven con el dinero que cada uno de nosotros, con suerte, tiene depositados en ellos más los intereses que nos cobran junto a las comisiones y otros negocios. Ellos no producen nada ni son dueños del dinero. Solo viven de los diferenciales por ofrecer un servicio que consiste en prestar dinero. Pero el mismo dinero que un banco (hipotéticamente) concedería ahora a un ciudadano a un precio del 2,50% (más el diferencial que quiera imponerle por gastos o penalizaciones), le cuesta a esa misma entidad el 1,25% si lo compra al BCE o no le cuesta nada si procede de los generosos intereses que le pagará el Gobierno por su deuda puesto que los gobiernos están pagando un interés de entre el 4 y el 7% por ella. Por cierto, deuda que los bancos compran con el dinero depositado por todos los ciudadanos y por los millones de euros que los gobiernos les han prestado para evitar el crash financiero.

Como se ve, todo es ganancia gracias a su propia valoración de los riesgos, sea el riesgo de morosidad de impago de los ciudadanos o empresas, sea del riesgo de impagos de la deuda soberana y a la facilidad para condicionar el Euribor y otros índices sobre los que se valora el precio de la mercancía con la que ellos trabajan, el dinero. Ellos hacen la valoración, ellos dicen cuál es el riesgo de que nosotros no paguemos, ellos compran o dejan de comprar, amenazando con restringir el crédito o de repercutir cualquier impuesto o tasa que se imponga sobre sus movimientos. Y nadie les pone freno.

Y es precisamente ahí donde está la causa de la persistencia de la crisis financiera en que mientras los bancos y los banqueros sigan ganando dinero de la crisis, esta no tendrá fin. Alessio Rastani, un agente bursátil que se jactó de soñar cada noche con una nueva recesión para seguir llenándose los bolsillos, fue tachado de loco y silenciado a una velocidad de vértigo. Simplemente fue sincero y evidenció que hay unos pocos que están ganando mucho con las penurias de la mayoría. Y la cosa puede ir a peor.

Sin ponerme catastrófico en un viejo libro de economía se recoge una afirmación de la economía clásica, popularizada por Henry Hazlitt y que este llamó las “ventajas de la destrucción” ejemplificado en un cristal roto.

Resumidamente, esta fábula dice que frente a un acto vandálico o casual, pero en todo caso negativo como es la rotura de un escaparate, habrá dos posiciones: la de aquellos que reprenderán al gamberro o se quejarán de su mala suerte sin más consecuencias y la de aquellos que hablarán de las ventajas de este hecho pues con él se moverá la economía. La falacia de este razonamiento consiste en que se consideran los beneficios del cristal roto, pero se ignoran los costes escondidos; el perjudicado está obligado a comprar una ventana nueva, cuando quizás con ese dinero fuera a comprar otro bien beneficiando a otro comerciante.

Sin embargo, por encima de la evidente falacia de este razonamiento, aquellos que tengan que prestar el dinero al perjudicado para comprar un nuevo cristal o aquellos que han especulado con la rotura del cristal, les interesa que eso suceda. De hecho les interesa, ya se han vendido las “ventajosas” consecuencias que ha tenido para Japón la reciente y masiva destrucción por un tsunami de propiedades y bienes, favoreciendo con ello, la aparición de políticas de ahorro que han favorecido el crecimiento económico de su producto interior bruto por encima del 6% tras dos décadas de estancamiento.

Si entrar en otras consideraciones sobre la perversa forma que tienen ciertos economistas de medir nuestro bienestar, la trascendencia de esta reflexión se ve cuando el razonamiento de “las ventajas de la destrucción” se lleva a sus últimas consecuencias en estos momentos de crisis. Si la rotura de un cristal no pasa de ser una molestia casera para quien lo sufre, la destrucción de un país para lograr un nuevo milagro económico, supone mencionar una palabra que prefiero no escribir.

Cuando los especuladores empiecen a darse cuenta, de que su capacidad de acumulación radica en “empezar de cero” entonces estaremos en peligro. Si ese peligro no existiera, qué sentido tienen las palabras de Angela Mekel el 27 de octubre en el parlamento alemán cuando dijo “Tenemos una obligación histórica: proteger el proceso de toda Europa significa la unificación iniciada por nuestros antepasados, después de siglos de odio y derramamiento de sangre. Ninguno de nosotros puede prever lo que serían las consecuencias si llegara a fallar. No puede ser que en algún momento del futuro digan que la generación política responsable de Europa en la segunda década del siglo XXI fracasó de cara a la historia”.

La preocupación de un conflicto en Europa, de mayor o menor intensidad, existe y puede tener un detonante en el fracaso de la guerra de Irak ¿Es sólo armas de destrucción masiva o petróleo lo que buscaba EEUU en su guerra en Irak? ¿O más bien la guerra en Irak pretendía ser el “escaparate roto” que debía servir de banderín de enganche para el crecimiento de la economía norteamericana como fue la guerra de Vietnam en la década de los 70?. Visto así el fracaso de la guerra de Irak no son los miles de muertos ni los billones de dólares y euros gastados en ese conflicto, el fracaso de esa guerra es que no ha servido para levantar la economía de EEUU, convirtiéndose en una excusa más para generar otros conflictos.

Por desgracia, el hecho de que países como China, India o Brasil sean los que están sosteniendo el crecimiento económico mundial también añade argumentos para promover un “nuevo inicio” partiendo de cero. Estos países han estado durante décadas viviendo como si estuvieran en guerra, manteniendo a la mayor parte de la población –e incluso hoy en día se miden por cientos de millones- en condiciones de supervivencia. Son países en permanente reconstrucción que ahora crecen a ritmos del 9% del PIB, tasas impensables para Europa y EEUU desde los años 50.

Lamentablemente es un buen argumento para aquellos que pueden llegar a creer que reconstruir Europa es la única manera de favorecer un nuevo comienzo. El problema es que para reconstruir hay que destruir y las reconstrucciones de regiones pobres del planeta no tienen el suficiente “potencial” para arrastrar la economía mundial. Sólo regiones que han alcanzado un alto grado de crecimiento y cuya destrucción fuera significativa, permitiría aprovechar el diferencial de desarrollo que se provocaría.

Un conflicto generalizado en Asia o América Latina destruiría un mercado muy reducido y la potencialidad de su reconstrucción lastraría más que favorecería el crecimiento económico mundial. La guerra en los países árabes, además de no generar un diferencial de destrucción significativo, pondría en peligro los pozos de petróleo, así que tampoco es probable. Ya se ha demostrado ineficaz en Irak. Y un conflicto generalizado en África el impacto sería más que despreciable en términos contables para los pensadores de las “ventajas de la destrucción”.

En estos casos el escaparate roto no genera importantes economías de reconstrucción. Tampoco interesan las guerras de baja intensidad que favorecen posiciones geoestratégicas de los gobiernos, pero no sirven para arrastrar a la economía mundial con tasas de crecimiento importantes. Así pues, interesa un conflicto generalizado, intenso y en una región cuyo diferencial de reconstrucción sea significativo. Esta es la práctica de los especuladores. De la misma forma que estos ganan dinero a espuertas en el diferencial de las deudas, es el diferencial de destrucción, es decir, el diferencial entre lo que se destruye y lo que sería reconstruible, donde ellos ponen sus especulaciones, sus previsiones de ganancias. Están jugando con Europa como en un mercado de futuros, en este caso jugando a ver cuánto se destruiría en un conflicto generalizado. Primero destrucción de la política, después destrucción de un modelo solidario y cooperativo de Europa, después cuando todo eso ya no dé dinero, jugando a la destrucción real para recuperar la demanda, el consumo, el crecimiento con tasas que reporten ganancias.

La crisis económica actual tiene su origen en la tasa de acumulación de beneficios que se ha alcanzado. Si unos pocos tienen mucho, y la gran mayoría tienen poco y si además aquellos que tienen mucho sólo tienen dinero, por poco que hagan y por poca que sea la ganancia, nadie – ni ellos mismos – pueden evitar seguir ganando dinero. Salvo una cosa. Que aquellos que compran, consumen, se alimentan, necesitan casas, coches, servicios, dejen de comprar y gastar porque no tienen dinero. Eso ya pasó hace más de una década pero el sistema se siguió alimentando gracias al endeudamiento de los países. Si no tenían dinero para gastar, fueron ellos, los especuladores, los que se dedicaron a dar ese dinero a crédito, sin importar las consecuencias. Lo único importantes era que los ciudadanos y los estados dispusieran de dinero para que la maquinaria siguiera engrasada. Pero esto favorecía que ellos, la banca, el sistema financiero, siquiera acumulando más dinero y siendo la cantidad de dinero una cantidad fija, al cabo de unos pocos años ellos tenían más y los demás teníamos menos con lo que de nuevo la máquina se resiente. La misma grasa que sirvió para hacerla funcionar es la que la recalienta y la destruye porque favorece la acumulación de la riqueza en un mismo lado.

Poco o nada importa que la mayoría de los economistas no crean que el multiplicador del gasto keynesiano –que está en la base de las ventajas de la destrucción- sea un instrumento que sirva para combatir una recesión y, en muchos casos, ponen en duda la efectividad del propio multiplicador cuya teoría se fundamenta en la afirmación de que fue la expansión fiscal de la Segunda Guerra Mundial la que proporcionó el estímulo que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión. Como la guerra de Vietnam sirvió para impulsar a la economía de EEUU durante las décadas de los 60 y 70 y la guerra fría sirvió para impulsar la potencia económica y tecnológica de Estados Unidos sobre la base del complejo militar-industrial provoncado destrucción o anunciando la destrucción.

Poco o nada importa la evidencia de la falacia de las ventajas de la destrucción. Porque aquellos que consideran los beneficios de una destrucción generalizada, intensa y significativa, no piensan que sus bienes vayan a ser también destruidos sino solamente que se beneficiarán directamente de la misma destrucción y de la reconstrucción. Lo que estos especuladores tienen son apuntes contables en un sistema financiero global (y electrónico). Ellos no tienen casas, ni fábricas, ni armas, ni petróleo, ni oro, ni diamantes, ni comida, no tienen bienes tangibles que perder, tampoco tienen ciudadanos a los que dar cuentas de sus juegos de guerra, sólo manejan apuntes contables que pueden mover en un milisegundo de una moneda a otra, de un mercado a otro, y juegan en un mercado de futuro que descuenta la catástrofe como única salida.

Las entidades financieras privadas sólo tienen, como bien, el medio de pago, y aunque su emisión y respaldo es, en terminos generales, una potestad pública desde el siglo XIX, la liberalización de la economía, la desregulación del sistema financiero y el descontrol premeditado desde la década de los ochenta, ha permitido que los bancos privados produjeran otros mecanismos de pago que son tanto o más generales que el uso del dinero fiduciario. Incluso se les ha promovido a que utilicen la "imaginación" y la "creatividad" para favorecer instrumentos de pago al margen del dinero, favoreciendo la especulación de futuros pero jugando en mercados de futuro en los que se apostaba a que determinado bien o servicio iba a perder utilidad, iba fracasar. Esta visión de que el sistema financiero no está al servicio exclusivo de favorecer la prosperidad y la felicidad de la población, limitándose a promover la inversión y el empleo mediante mecanismos transparentes y comprensibles, sustenta la visión de un sistema financiero que promueve el beneficio a costa de todo lo demás. En definitiva de la destrucción.

La visión favorable a la destrucción como mecanismo de estímulo de la economía está en la base de casi todo lo que no funciona en nuestra sociedad. En el fondo todos somos conscientes, por ejemplo, de la destrucción del medio ambiente pero esa evidencia no importa. Si se quema un bosque, se ensucian los mares, se destruyen las costas, se matan especies, se desertizan espacios ya destinaremos ingentes cantidades de dinero para restaurar montes, limpiares las aguas, mantener ejemplares en peligro de extinción, restaurar playas o hacer trasvases. Todo eso se presenta como positivo para la economía es inversión, genera empleo y mueve la economía. Al final, lo moderno es gastar para reconstruir.

Vista así la situación, el control de los especuladores y de un sistema financiero que favorece la acumulación del dinero en una sola mano, no es una necesidad puramente económica, es una necesidad para evitar que se impongan los intereses de aquellos que ven en la destrucción más ventajas que inconvenientes.

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