#TEMP
jueves. 11.08.2022

¡Es la política, estúpido!

La famosa frase que el asesor de Bill Clinton, James Carville, hizo célebre en la campaña electoral estadounidense de 1992 (¡Es la Economía, estúpido!)...

La famosa frase que el asesor de Bill Clinton, James Carville, hizo célebre en la campaña electoral estadounidense de 1992 (¡Es la Economía, estúpido!) ha sido utilizada hasta la saciedad. De hecho, muchos dirigentes larenombraron y pasaron a usar la que da título a este artículo. Con ello pretendían de manera un tanto infantil tratar de ganar desde la política institucional la batalla que se estaba perdiendo frente a la economía.

Sin embargo, la economía, o mejor dicho la ideología neoliberal transformada en teoría económica, ganó la batalla a una política institucional ensimismada en sus luchas por un poder que poco a poco dejaba de estar en sus manos. Hoy, muchos dirigentes políticos españoles siguen pensando que todavía se pueden ganar batallas después de muerto. La leyenda del Cid Campeador ha hecho mella en el corpus dirigente español durante varios siglos y no cejan en su empeño. El problema es que, como sucedía en la película de Amenábar ¨Los Otros”, todavía no se han dado cuenta de que son ellos los que están muertos.

La creciente desafección hacia la política oficial, institucional o partidista, no tiene como causa ni origen directo la crisis económica actual. Aunque es cierto que la dureza de la depresión ha terminado por implosionar la energía que repicaba en el interior de una olla social de creciente desigualdad, el malestar ya existía desde hacía mucho tiempo. Cuando la crisis económica aparece, las multitudes conectadas ya estaban preparadas para el combate. Y sí, es un combate, cívico y democrático, pero combate a fin de cuentas, entre un poder y unas élites dominantes y la ciudadanía. Está en juego el tipo de sociedad que queremos tener.

El relato exitoso de nuestra Transición y de los 30 años posteriores se ha dado de bruces contra esta nueva realidad.¿Llega una crisis económica y se lleva todo por delante?¿Acaso no debería ser un edificio con pilares mucho más fuertes según el mito fundacional de nuestra democracia? El caso es que una mayoría de ciudadanos no confían ni en el sistema, ni en sus instituciones, ni en sus élites. Pero estas siguen pensando que sí saben lo que hay que hacer, que no se puede dejar a la turba imponer sus criterios, que hay razones de Estado cuya comprensión no está al alcance del ciudadano de a pie.

Sin embargo, cada vez más ciudadanos protestan en la calle, proponen en las Asambleas, y se organizan y producen ideas en redes digitales. Hay una explosión de creatividad, de nuevas formas de organización económica y social que nunca saldrán en los mass media porque no lo necesitan. Las redes digitales son su ecosistema. La calle su lugar de expresión. Sus mentes, espacios de libertad que ya ningún argumentario, eslogan o muletilla de tres al cuarto esgrimidas por los dirigentes pueden colonizar.

Y todo eso ocurre porque practican una cultura hacker, en la que todo se comparte y donde la colaboración sustituye a la competitividad. Porque el mérito se define por lo que uno aporta a la causa común y no por el lugar que ocupas en una inexistente jerarquía. Porque las acciones que desarrollan son distribuidas y por eso no son mensurables con las estadísticas de las élites. Porque tienen nuevos relatos, que a su vez emocionan a la gente, ya que como dice Bernardo Gutiérrez en realidad “el 15-M y las redes P2P no serían posible sin las redes de afecto”. Suele decirse que no hay nada más revolucionario que el amor, y el poder no acaba de entender la fuerza del magma afectivo que se ha tejido en las redes distribuidas.

Antes se decía que "la política era una cosa muy seria para dejárselo a los aficionados". Ahora habría que contestarles "que la política es algo demasiado digno como para dejárselo sólo a los profesionales". Porque los ciudadanos están haciendo política. Para las élites son sólo movimientos sociales, reivindicativos, de protesta, más o menos dignos de ser escuchados, pero los ven como lobbies callejeros a los que no hay que prestar mucha atención porque ni tienen fuerza, ni dinero.

Mientras los amantes del orden natural les niegan cualquier legitimidad y los criminalizan, los otrora considerados como la progresía patria les miran con una mezcla de recelo y condescendencia. Sin embargo, la mayoría de la gente les mira con simpatía y con alegría. Y por ello el poder se ha puesto celoso. Esos afectos los quieren para ellos. Creen que son sus legítimos depositarios. Les pasa como a los príncipes y aristócratas que no puedan nunca entender por qué alguien puede enamorarse de simples cortesanos.

Mucha gente sencilla, que lo está pasando mal y está a punto de tirar la toalla, piensa que al menos hay alguien ahí fuera. Que no todo está perdido. Y se unen a las mareas. Hace apenas unos días se celebraba el segundo aniversario de la mayor explosión de vitalidad democrática en nuestro país en las últimas décadas. El establishment se lanzó a hacer una especie de autopsia en sociedad de qué había sido del 15 M. Como si fuese pasado. Creen que porque no estén ya en la Puerta del Sol su fuerza languidece. Pues bien, una vez leídas y escuchadas sus opiniones al respecto, queda meridianamente claro que no han entendido nada de lo que es y significa el 15 M.

El 15 de mayo de 2011 no hubiese pasado de ser apenas una mera concentración o manifestación más, si no fuese porque desde hacía años había un movimiento, un proceso en marcha.Un proceso que se ha visto amplificado por la utilización de las nuevas tecnologías que han permitido multiplicar exponencialmente el eco de sus voces y el número de participantes. El poder nunca lo ha entendido así, pero tanto los movimientos alter-globalización de finales del siglo XX, como el “No a la Guerra” o el “Quién ha sido” de marzo de 2004 fueron expresiones de un proceso que estaba en marcha. El grito de “Zapatero no nos falles” vino a significar una especie de ultimátum cívico de una ciudadanía que no iba a dar terceras o cuartas oportunidades.Pero el establishment no lo vio, en realidad ni siquiera se inmutó.

No saben reaccionar ante las mareas ciudadanas porque vuelven a equivocar sus preguntas. Quieren hablar con un representante y les cuesta distinguirlo entre las multitudes. Quieren identificar a un dirigente para poder someterle al juego macabro del palo y la zanahoria que tan bien conocen, pero su vista se vuelve miope ante los nodos descentralizados. Intentan imponer su jerarquía, pero su estructura vertical de ordeno y mando poco tiene que hacer ante una reddistribuida.

Es la nueva política, pero no la ven, porque creen que la política son ellos. La consideran su coto particular, cerrado y excluyente. Han interiorizado tanto un modelo de democracia representativa de despotismo semi-ilustrado que se muestran desorientados. Y piensan como el Rey Sol:L'État, c'estmoi. Atrapados en la dinámica del poder, no son conscientes de la inutilidad de sus acciones. Las transformaciones profundas y radicales que necesita nuestro país, tanto en el terreno institucional, como en el político, económico y social, no pueden ser llevadas a cabo por quienes tienen tantas hipotecas con los poderes fácticos y quienes no entienden la nueva economía y la nueva sociedad que está naciendo.

El establishment en el abollado. Lareal politik se ha dado de bruces con la política real. La democracia no está en peligro ni por las mareas ciudadanas, ni por las redes distribuidas como dicen muchos dirigentes. Lo está por el uso indecente de la representatividad otorgada y por su incapacidad manifiesta para afrontar los retos del presente. Frente a la esclerosis de la España oficial, surge una sociedad activista y transformadora. Es nuestra fuerza y nuestra esperanza. Nunca una dinámica caótica había sido tan necesaria para la libertad y el bienestar.

¡Es la política, estúpido!