domingo 20.10.2019

Piromanía castiza

Proclamada la II República el 14 de abril de 1931, importantes elementos apostólicos no tardaban en posicionarse contra la naciente democracia española. Ángel Herrera, director de El Debate, fundaba Acción Nacional –pronto Acción Popular–, "para salvar a España”. Sólo quince días después, el Primero de Mayo, el cardenal Segura, arzobispo de Toledo y primado de la Iglesia, publicaba una violenta pastoral contra el gobierno provisional llamando a todos los católicos a combatir el nuevo escenario político. La prensa monárquica y la ACNP –Asociación Católica Nacional de Propagandistas– se sumaban a la conjura.

Con idéntico objetivo se creaba esos días el Círculo Monárquico Independiente. En su inauguración en la madrileña calle de Alcalá, la megafonía colocada en sus ventanas, cara al exterior, comenzaba a reproducir la Marcha Real mientras sus asistentes desafiaban la paz urbana gritando “Vivas al Rey”. La provocación no tardaría en surtir efecto; se dice que fue un taxista el primero en dar respuesta con un “¡Viva la República!”. Terminaba por originarse una espiral de enfrentamientos y choques entre unos y otros. Las huelgas previstas para el día siguiente en nada ayudaron. Las revueltas se multiplicaron. Los días 11 y 12 de mayo ardían en Madrid numerosos conventos e iglesias. Como por arte de magia, los ataques anticlericales se reprodujeron en ciudades como Málaga, Sevilla, Cádiz o Alicante. “Nadie reivindicó –escribe Tuñón de Lara– ni ha reivindicado nunca aquellas hogueras que, sin embargo, fueron uno de los mejores instrumentos que tuvieron en sus manos los adversarios de la Segunda República”.

Ello ocurría bajo un gobierno de concentración, fruto del Pacto de San Sebastián, que integraba a conservadores y progresistas; entre los primeros, tradicionales referentes como Alcalá Zamora, Miguel Maura –hijo del ilustre don Antonio y hermano de uno de los ministros de Alfonso XIII–, o el radical Lerroux. Apenas nacida la República se decidía no actuar en un primer momento; asumir la responsabilidad era acaso preferible a ejercer la tradicional represión monárquica y tener que cargar con los primeros muertos. “¡Esto es lo que se podía esperar de la República!” decían unos; “¡Los incendiarios son activistas financiados por los monárquicos!” advertían los otros. Finalmente terminaría por declararse el estado de guerra saliendo a la calle la Guardia Civil. El orden quedaba restablecido.

El balance de lo sucedido dejaba más de un centenar de ataques registrados a instituciones eclesiásticas. Más allá del mayor o menor siniestro en cada caso, entre dos y tres docenas de estos edificios resultarían totalmente destruidos. El impacto simbólico pesaría bastante más. El gobierno declaraba persona non grata al cardenal Segura –cuya pastoral contribuyó a generar la espiral de violencia– y lo expulsaba del país. El purpurado regresaría de extranjis para seguir conspirando en la sombra. El 30 de mayo era el Vaticano el que se negaba a cursar el placet al nuevo embajador enviado por el gobierno español. Los desaforados ataques de la prensa monárquica provocaban la respuesta del nuevo Ejecutivo cerrando sus rotativas durante tres semanas. Y apenas había nacido la República...

No es momento ahora de profundizar en los motivos que llevarían a buena parte del pueblo español a un difícilmente evitable anticlericalismo, fruto de la secular actitud de su Iglesia, posicionada, una y otra vez –y en particular desde las Cortes de Cádiz–, en abierto guerracivilismo frente a cualquier desarrollo constituyente, y en favor de sus despóticas elites. Como consecuencia, la repulsa de una sufriente población, misérrima en gran medida y hasta hambrienta, que siendo mayoritaria y sinceramente cristiana, aprendió a ver en la institución a uno de sus grandes enemigos.

“Así que sí; a mí me espanta la Ley de Memoria Histórica, y me espanta tener que remover heridas o abrirlas”. Isabel Díaz Ayuso coincide en su exposición de motivos con Rocío Monasterio, portavoz de Vox, en relación al Decreto Ley aprobado en Cortes Generales respecto a la exhumación del dictador Francisco Franco, protagonista en 1936 de un fracasado golpe de Estado –convertido en guerra civil gracias al apoyo de Adolf Hitler y Benito Mussolini–, y erigido, en fin, en jefe de Estado hasta su fallecimiento en 1975. Díaz Ayuso prosigue con su desgraciado espectáculo aludiendo a los sucesos de mayo de 1931: “¿Qué será lo siguiente? ¿La Cruz del Valle? ¿Todo el Valle? ¿Las parroquias del barrio? ¿Arderán como en el 36?”. El escrito que esgrime está preparado de víspera. Desde el pasado 19 de agosto la incendiaria castiza, pródiga en exabruptos, opina resuelta en calidad de presidenta de la Comunidad de Madrid. Una prometedora carrera que apenas despega y cuyos límites se antojan insospechados.

Piromanía castiza