domingo. 14.04.2024

De himnos, letras y pueblos

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Resulta lógico que el himno español carezca de letra. No puede tenerla. Pertenece a un pueblo que nunca tuvo voz; o más exactamente, que resultó aplastado cada vez que la reclamó 

“Los que salvaron a España –escribe Ganivet en Granada la Bella– fueron los ignorantes; los que no sabían leer ni escribir”; “España pudo entrar en la confederación familiar planteada por Napoleón, gozar de un régimen más liberal y más noble que el que sufrió con Godoy y comparsas; tener nuevas y sabias leyes, mejor administración, muchos puentes y muchas carreteras; pero prefirió continuar siendo España”. “Y esa concepción –prosigue– tan legítimamente nacional, que contribuyó a cambiar los rumbos de la historia europea, fue obra exclusiva de la ignorancia”.

Pero ¿puede llegar a auspiciarse la ignorancia en tanto elemento constitutivo de una nación? Más aún, ¿puede llegar a cimentar la argamasa capaz de preservar sus vicios?

El himno de España es el único del mundo que no tiene letra. Siendo precisos, comparte esta distinción con el peñasco que hicieron suyo los antepasados de Rainiero y la joven Bosnia-Herzegovina, constituida a finales del siglo pasado, con tres idiomas oficiales y tres religiones distintas.

Resulta lógico que el himno español carezca de letra. No puede tenerla. Pertenece a un pueblo que nunca tuvo voz; o más exactamente, que resultó aplastado cada vez que la reclamó. Nuestros bellos ideales fueron siempre metafísicos. “¡Qué más bello ideal que España!” responderían prestos los guardianes de nuestra esencia. Menéndez Pelayo, Maeztu, Pemán, Balmes, Donoso Cortés, Laín, Corts Grau... No acabaríamos. Nunca pudo abrirse paso una versión alternativa; nunca dejó de imperar la verdad. Prevalecen los custodios en mármol de oscura mirada. Son ellos quienes atesoran el siniestro silencio del pasado. En España nunca hubo nada que discutir; nada por consensuar. El silencio español es un silencio post-mortem. A nuestros patriotas ya los retrataba Azaña: “¿”Somos hermanos”? Sí, somos hermanos; pero sin perder”. Son quienes esbozan ese "tono de vanidad satisfecha" del que nos habla Pierre Vilar. La defensa de la patria fue siempre la de los intereses privativos que acamparon sobre ella.

El himno del reino no tiene letra por la misma razón que es el único país de Europa que sigue careciendo de un Pacto Nacional por la Educación. En cierto modo, la salud de España depende de que se la desconozca; de que se desconozca su pasado. Conocerlo no satisface. Sonroja y entristece; acaso indigna.  Los hay que se apresuran a aclarar que no debemos identificar el himno con el franquismo. “¡Se empieza a utilizar con Carlos III!” esgrimen, como si conservar semejante cantinela, procedente de una monarquía absoluta de andrajosos súbditos, resultara algo digerible. "Como reveló la mirada descarnada de José Cadalso al hacer inventario de los males que aquejaban a España -escribe Fernando García de Cortázar- cuando Carlos III cerró sus ojos al mundo seguía habiendo Mesta, Inquisición, señoríos, mayorazgos, municipios oligárquicos y privilegios estamentales". En efecto, el himno de España no es el himno de Carlos III o de Franco por casualidad. Precisamente. ¿Cómo va a tener letra? ¿Qué letra? ¿Qué tipo de revolución burguesa puede constituirse sin una verdadera hegemonía de la burguesía? ¿Qué tipo de democracia "desde la emoción y el recuerdo" a un golpista fascista elevado por Hitler y Mussolini? ¿Qué tipo de consenso sin una verdadera revisión histórica? Ese es, el himno que tenemos, y esa, su bandera.

Marta Sánchez desconoce la historia de España. Por eso se le ha ocurrido ponerle letra. “Y no pido perdón” escribe la rubia para trempera matinera de nuestros neos (si en el XIX eran neocatólicos, y en el XX se denominaron neoliberales, hoy en día acaso ya toca excusar la definición). Afortunadamente, no han tardado en surgir oportunas revisiones como las de Quequé en La Vida Moderna, y hasta la de la socialite María Lapiedra. ¡Qué hubiéramos hecho sin ellos! Urgen más. Con todo, la ocurrencia del ministro de Cultura respecto a la posible actuación de Marta Sánchez en la final de la Copa del rey tampoco debe antojarse descabellada. “Desesperada” sigue siendo su mejor canción. Y si es en sustitución del himno, casi mejor.

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