martes 17.09.2019

España como criterio

En España, lo “cristiano” es específicamente católico.
Lo social, en cuanto abarca intereses vivos de las clases, anticatólico.

Manuel Azaña, Diarios 20/2/36

Herederos de todo el caudal Trastámara, los Habsburgo hicieron de Castilla y las Indias su gran nave logística y financiera. Con la muerte de Carlos, la Monarquía hispánica reafirmaba su condición de brazo ejecutor del Papado. Dios, pretexto de todos los tiempos, revestía la lógica imperial.

Europa, sin embargo, le cogió el gusto a la herejía. Hasta se puso a estudiar. Bruno, Bacon, Hobbes, Locke, Spinoza, Newton, Montesquieu, Voltaire, Hume, Rousseau, Kant, Diderot, D’Alembert... Reforma religiosa, tolerancia, acrecimiento de la burguesía, nuevos procesos constituyentes... Enfrentada a todos y a todo, la Hispanidad; el gran cancerbero sin Luces ni crítica; gendarme universal aferrado a su escolástica. "Así nos fuimos muriendo" señala Azaña. Enclaustrados en la península quedaron los niños del continente. Don Quijote, de puro español, renunció a su españolismo, y de puro español, perdió el mundo, nos dice Unamuno. Y junto al Ingenioso Hidalgo, Sancho, nacido, no para mandar, sino para ser mandado. Su ambición, que pueda de él decirse: “¡Dios, qué buen vasallo, si hubiese buen señor!”.

Con la llegada del gran corso, el derrumbamiento de las viejas autoridades asistiendo impotentes al exotismo gaditano. Cómo no abordar un verdadero proceso constituyente cuando el mismísimo Anticristo invasor acababa de otorgar, en Bayona, derechos y libertades al pueblo español por vez primera en su historia. ¿Acaso era factible, no ya constituir, sino reclamar cualquier legitimidad sin unas Cortes abiertas al débil Tercer estado peninsular? Vano ejercicio. Tras cansarse de felicitar a Napoleón por sus victorias frente a los españoles, el Deseado regresaba para recompensar a sus súbditos como merecían... Desde entonces, ciento veinte años más huérfanos de un verdadero episodio revolucionario capaz de transformar, efectivamente, la fisonomía estructural y de clase del país. Tras el enésimo colapso, el imposible ensayo de la anémica burguesía republicana, y otros cuarenta años más de nacional-catolicismo.

Así, "desde la emoción y el recuerdo a Franco", una mañana nos constituimos en demócratas. ¡Eh Voilà! Deslumbrante es el fondo de armario; unívoco el único patriotismo posible. Transcurridas más de cuatro décadas, el rimbombante marco constituyente vuelve a evidenciar sus históricos lastres. España, concepto islámico de la nación y del Estado, glorioso mausoleo del fascismo en exclusiva mundial, reivindica su rasgo.

El criterio

Fosilizados en la historia sólo nos quedó el criterio: la sana razón, el bien pensar, la responsabilidad en la verdad, consigna Balmes. A ser español, buen español, se aprende: “Tarde comencé a ser español; mis sentimientos ganaron en violencia lo que perdían en libertad. La ortodoxia impone la revelación; el dogma no enmascara su pretensión radical de abolir la crítica” escribe Azaña en su Jardín de los frailes, reencarnado en el interno colegial agustino que fue.

En nuestro tiempo, cada país ofrece distintas peculiaridades respecto al día previo a sus elecciones. Sin embargo, el silencio político expreso de sus candidatos, si así podemos denominarlo, es ocurrencia autóctona. Nuestra jornada de reflexión invita a la triste ironía. Proclamatio non petita. Cual pensador de Rodin, he aquí un pueblo, privado históricamente de Ilustración, anunciando al mundo su capacidad de reflexión. ¿Cuál su criterio? Diríase que la legítima Hermandad se revela en una cuestión de pertenencia primero; de temperamento después. Sólo es reconocido quien, perteneciendo a la capilla, más increpe, más insulte, más deteste. ¿Acaso puede existir patria fuera de la cofradía? ¿Es que es posible el diálogo o la fraternal disensión con herejes? Tal actitud conciliadora, tan sospechosa, sólo puede adquirir sentido desde una oculta y traidora condición. Ya lo advertía el cura de Santa Cruz: "En nombre de Dios no es posible capitular".

"España, luz de Trento; no tenemos otra". ¿Qué regeneración reivindicaba Menéndez Pelayo sino la restauración de todo aquel siniestro oscurantismo? Sostenella y no enmendalla. ¿Creía el insigne neocatólico en su patria, o era ésta, huérfana de reforma cristiana y poderosa burguesía, el único molde posible para ver permanentemente renovadas las aspiraciones de sus reducidos grupos rectores? "¿Son verdaderamente españoles nuestros patriotas o son, en el fondo, antiespañoles?” se preguntaba el poeta en la pluma de Juan de Mairena. "¿Qué saben ellos de España?" refería Azaña. Saben, en realidad, cuanto precisan. Siempre identificaron adecuadamente los más elevados intereses. España, verdad incompatible con la creación política, realidad de exiliados primero, de expulsados después –en la actualidad, hasta dos millones sin derecho al voto– vuelve a verse arrojada a escoger a sus gobernantes. Los españoles, buenos y malos, renegados y legítimos, tienen la palabra

España como criterio