martes 19/10/21

Omega

"Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta", F. G. Lorca 


Más de medio millón de personas perecieron durante los años en los que una contienda fratricida asoló nuestro país, sin contar aquellas que padecieron las posteriores represalias de un dictador de mediana estatura que había alcanzado el poder ayudado por las bombas; poco después, una nación centroeuropea decidió emular las acciones de aquellos gobiernos, inocentes ante una historia que no juzga a ganadores ni a quienes no presta atención, que se habían obcecado en acabar a sangre fría con las vidas de diecisiete millones de personas cuya genética no les había permitido formar parte de la clase dirigente que los condenaba a muerte; más de ocho mil son las mujeres, contabilizadas, que han sido asesinadas, únicamente en España, por unos hombres, educados en la supremacía masculina, que las hicieron sufrir bajo sus manos o sus palabras; y después de más de un año conviviendo con una pandemia que contagia y asesina sin miramientos, en el planeta son más de dos millones las vidas perdidas, por un virus que muchos todavía aún niegan, pero cuyos nombres nadie pronuncia.

La apreciación de los nombres que jamás fueron pronunciados fue defendida acérrimamente por un escritor bilbaíno, encarcelado en su propia vivienda, que intercedería por contar la historia, la real, de aquellas personas que no permanecen en la memoria colectiva de los pueblos, y cuyas vidas, y muertes, han sido borradas porque quienes escriben la oficial consideran que la intrahistoria de todas las personas anónimas no merece aparecer junto a los nombres de reyes u oficiales. Pero sería, un siglo después, una escritora bielorrusa quien recopilase los testimonios de todas las mujeres cuyos rostros reflejaron las guerras, las vivencias de los muchachos de zinc y quien diese voz a quienes sufrieron un controvertido accidente nuclear. Svetlana Aleksiévich describe en sus obras el sufrimiento de aquellos desconocidos supervivientes a los que nadie llora y de los que nadie se acuerda para reivindicar a los eternos sufridores de unos trágicos sucesos que habrían de cambiar el paradigma universal.

Hoy ha fallecido Ramón Franco, él me enseñó que las personas también pueden tener dientes de oro, aprendí anécdotas e historias sobre la Semana Santa gaditana, mientras recopilaba todas las estampitas del greñúo que me regalaba cada vez que se las pedía insaciablemente

En un alcanzado intento de honrar a todas las anónimas víctimas de la más sangrienta de las guerras, Jonathan Littell dedicó su impecable obra maestra a todas aquellas que no aparecen en los libros de una historia sesgada, antes de transmutarse en un soldado nazi que, en unas ficticias memorias, pretende que los lectores aprecien que el valor de la enorme cifra de asesinados durante el genocidio alemán es imposible de abarcar en un número con muchos ceros, pero el asombro sería enorme si desapareciesen instantáneamente todos los habitantes de Sevilla, para que se pudiese comprender, como si de una performance se tratase, el alcance de una enfermedad de cuya existencia tal vez sea responsable la raza humana.

Desde el comienzo de una pandemia cuya venida ha puesto patas arribas un mundo arrasado por una despiadada humanidad, la cifra de personas contagiadas, recuperadas y fallecidas ha aumentado imparablemente. En las tablas diarias que aparecen en los boletines, en los gráficos que se comentan en televisión, en los artículos de opinión o en las conversaciones de ascensor, se escucha y se lee un número que no podrá nunca procesar una sociedad tan individualista que no le importa comprender qué representa aquellas cifras separadas por puntos.

Detrás de los datos se esconden el sacrificio de un devoto hijo que únicamente besa a su madre en las plantas de los pies para evitarle el contagio; las noches en vela de una familia que se turna, a pesar de haber contraído la enfermedad, para dormir con la matriarca y evitar así que se caiga de la cama; las tardes de desasosiego de una hija que se ha mudado con su madre, también infectada, para esperar ansiosamente una llamada que les diga que el padre ha vuelto a abrir los ojos; el miedo que una asmática joven experimenta día tras días al acudir a un trabajo, que no puede permitirse perder, en el que continúa la explotación diaria; la frustración de una mujer que no ha podido despedirse del hombre con el que ha compartido cincuenta años de su vida; la soledad de aquellos ancianos que han sucumbido en unas residencias cuya gestión no importaba; o la prudencia de aquellos estudiantes que temen que sus familias enfermen porque sus compañeros de clase no se ponen correctamente las mascarillas en unos colegios que nadie quiere cerrar para aparentar una inexistente calma escolar.

Hoy ha fallecido Ramón Franco, al que dedico estas palabras, que ya había nacido cuando sucedieron los conflictos que dejaron atrás una larga cifra de olvidados. Gracias a él, que me enseñó que las personas también pueden tener dientes de oro, aprendí anécdotas e historias sobre la Semana Santa gaditana, mientras recopilaba todas las estampitas del greñúo que me regalaba cada vez que se las pedía insaciablemente. Hoy, su vida, desde su nacimiento hasta su muerte, ha engrosado la cifra de personas afectadas por un virus con forma de corona, pero no puede convertirse en una unidad más que deba añadirse al foso numérico al que se han ido sumando fríamente unas víctimas que cada vez parecen importar menos.

La memoria, genética como la de los cerdos o histórica como la humana, no es únicamente una capacidad humana, sino que hemos traicionado a nuestros antepasados al permitir que nuestros muertos se conviertan en polvo. Detrás de cada testimonio existe un sufrimiento que sería ultrajado si se permite que caiga en el olvido al que van abocados, a menos que aboguemos por la responsabilidad común que le debemos a todas las víctimas. No sería justo que dentro de unos años únicamente se honrase a todas aquellas gentes anónimas, cuyos nombres no aparecerán jamás en los boletines, en los gráficos o en los periódicos, mediante un mero acto político, una insignificante placa o unos insuficientes minutos de silencio.

Por respeto a los supervivientes, les debemos a Cristina y a Virginia, a Guadalupe y a Jeromo, a Fulgencio y a Chari o a la nonna italiana y a su descendencia recordar los momentos de miedo y de incertidumbre que sufrieron cuando no se vislumbraba un optimista desenlace, pero también debemos recordar la importancia de cada vida perdida. Nos lo debemos a nosotros mismos, que somos los encargados de reconstruir los fragmentos de todas aquellas estatuas lorquianas que fueron derribadas insensiblemente de sus pedestales; y se lo debemos a nuestros familiares y amigos que, como Ramón, ya no desembocan.

Se lo debemos a nuestros muertos. 

Omega