jueves 19.09.2019

¿Qué riesgos hay en el sistema democrático italiano?

Hay que aclarar qué se entiende por demagogia. Podemos definir un demagogo como aquel que lanza vacuas promesas de soluciones inmediatas...

Hay que aclarar qué se entiende por demagogia. Podemos definir un demagogo como aquel que lanza vacuas promesas de soluciones inmediatas cuando son consideradas razonablemente como irrealizables. Pero éste no es el aspecto más peligroso porque las promesas asombrosas, cuando son desmentidas por los hechos, provocan la ruina de quien las ha hecho, aunque lesionan las garantías democráticas. La demagogia más preocupante en un momento de crisis económica y política es aquella tendencia que quiere hacerse un espacio afirmando que todos los grupos políticos son puro fango, repugnantes y condenables, reivindicando para sí mismo el monopolio de lo justo y de la verdad.

Es necesario decir honestamente que tendencias de esta naturaleza no surgen de una sola parte sino de todas. Sin embargo, si ellas conquistaran la hegemonía, sólo hay una salida: una determinada forma de autoritarismo. El peligro de que la democracia degenere en demagogia no es un descubrimiento reciente. Desde que se inventó la palabra, el gran filósofo de aquel tiempo lejano temió aquel riesgo. Según él: «En la ciudad, donde la democracia gobierna según la ley, no existe el demagogo porque los mejores ciudadanos están en el poder, mientras que los demagogos surgen donde las leyes no son soberanas» [Aristóteles, La política, IV.3]. Más bien se podría observar lo siguiente: el demagogo “surge” a causa de otros, es decir, porque la ley no es soberana y los mejores ciudadanos no están en el gobierno. Es decir, que si el demagogo ha triunfado, antes de reprenderle, la primera reacción debería ser de alarma por lo que va mal en las instituciones.

Estas tendencias demagógicas estuvieron presentes –y a veces explotaron— en muchas ocasiones y en muchos países; sin embargo, ahora se han fortalecido y avanzan con diversas siglas y variadas motivaciones en diferentes naciones europeas.  Hay diferencias entre ellas, pero lo común está en la exigencia de hacer tabla rasa.

En Hungria esta tendencia vence desde hace algunos años tras una furibunda campaña contra las deudas y los escándalos, verdaderos o presuntos, del gobierno de impronta socialdemócrata. La consecuencia ha sido la imposición de una constitución que define la nación como étnica y cristiana en un claro desprecio a otras muchas etnias y fes, impone un control gubernalmental sobre la prensa, amordaza a la oposición, aumenta desmesuradamente el poder del ejecutivo, por citar sólo algunos datos que alarmaron a la ComisiónEuropea y a la secretaría de la ONU, que unan vez manifestada su preocupación no ha hecho nada como en otros casos similares.  

Las circunstancias históricas del nacimiento, de la vida de una nación y de un Estado, ciertamente, crean un terreno más o menos favorable a las tendencias que se muestran más hostiles o que niegan totalmente una normal democracia liberal o, mejor dicho, una democracia avanzada como la descrita en la Constitución italiana. No tengo dudas de que, en las controversias con el pasado sobre el surgimiento del fascismo y, después del nazismo, tuviese razón quien veía incluso la consecuencia de las peculiaridades de la historia de cada uno de dichos países y no sólo un paréntesis casi ocasional. Pero cuanto más claro esté que los peligros de impulsos autoritarios son mayores por causas históricas, tanto más a las fuerzas democráticas les corresponde ver bien de qué manera sus propios comportamientos pueden favorecer también contrastar las tendencias que, consciente o inconscientemente, empujan en la dirección del autoritarismo. La denuncia del peligro no basta si no se entra en las causas que lo han generado. Dígase con claridad: también la alarma es un hecho indispensable y preliminar. Y no siempre ha resonado a su debido tiempo.  La generación de dirigentes, activistas políticos de la izquierda que vivió el nacimiento del fascismo -y fue su víctima junto a todo el pueblo italiano hasta la catástrofe de la guerra- pasó veinte años lamentando los errores cometidos y remediándolos, buscando liberarse de cerrazones sectarias y oportunismos, malentendidos impulsos revolucionarios e infravaloración del significado del fascismo, disputas doctrinarias en vez de estar atentos a lo que ocurría en la sociedad.   

¿Y ahora? Las lecciones del pasado tienen un sentido si se busca interpretar el significado del método, pero no alimentan en el fondo enseñanzas superpuestas. Es verdad: en la inmediata posguerra fue derrotado muy rápidamente el partido del Fronte dell'Uomo Qualunque creado desde la nada (por un actor de teatro, como ahora) para luchar contra todos los partidos del Comitato di Liberazione Nazionale que tenía que poner los impuestos a un país en bancarrota, destruido por la guerra.

Hay una analogía con la situación que se ha creado con el «gobierno de los técnicos» [el gobierno Monti] llamados a afrontar el fracaso de las cuentas públicas del país, que nadie era capaz de encarar. Pero los grupos parlamentarios que forman la actual mayoría no son equiparables a aquellos partidos que salieron de dos décadas de lucha -quien más, quien menos-  contra el fascismo. Muchos de los dirigentes de aquellos tiempos padecieron años de cárcel y recogían la herencia de quienes fueron asesinados por la dictadura de Mussolini. Hoy, desafortunadamente, algunos en el Parlamento se arriesgan a ingresar en prisión por delitos comunes. Hoy los partidos se han reducido a sus propias cúpulas mientras que en aquellos tiempos podían jactarse de tener muchísimos afiliados, muchos activistas fuertemente convencidos, aunque pudieran parecer ingenuos o equivocados.

Sin embargo, se ha dicho que –a pesr de la diversidad de fuerzas políticas de aquel tiempo, una diversidad que permitió la construcción de la democracia en difícilísimas condiciones— la derrota del qualunquismo tuvo lugar cuando se abrió una dialéctica democrática, aunque fuera a través de un choque de ideas donde cada cual, desde los más jóvenes, eligió su puesto. Sin embargo, hoy, las nuevas generaciones se sienten lejanas y hostiles a los partidos con representación parlamentaria y casi extranjeros en la patria; hemos discutido y seguiremos haciéndolo sobre este particular. Entonces se abría una esperanza; hoy se ve el vacío. Treinta años después del gobierno del Comitato di Liberazione Nazionale, y en una crisis económica preocupante, se puso nuevamente en marcha una mayoría de solidaridad nacional (pero en esta ocasión con un gobierno monocolor, democristiana) diversa y más trágica se hizo “antipolítica”. La aversión contra todos los partidos de entonces (y contra la eventualidad del fin del acuerdo para excluir a los comunistas del gobierno) asumió incluso las modalidades de una lucha armada roja y negra. Lo que golpeaba duramente la vida democrática, pero expresaba de por sí desesperación y aislamiento. Asesinado Aldo Moro –es decir, acabada la grata función a los ojos de quien hubiera debido intentar derrotar la violencia subversiva--  no fue difícil liquidar la parte más consistente de los grupos terroristas. También porque cayó el gobierno de unidad nacional y se reemprendió la lucha política. Y quien combatió más que nadie (el Partido comunista italiano de Berlinguer) todavía era depositario de una fuerte estima y suscitaba una vasta participación. Sin embargo, hoy –con las debidas diferencias--  las organizaciones políticas aparecen como un conjunto de aparatos electorales y, algunas veces, dicho plantamiento fue teorizado como el mejor y más moderno por muchos aprendices de brujos.  

Los resultados son penosos, y el incremento de la corrupción es lo más llamativo y repugnante. Se encuentra no sólo en las dificultades implícitas de toda forma de poner entre paréntesis el curso democrático como sucede en los casos de fórmulas de gobierno  que mantienen unidos a los opuestos sino también y sobre todo en el grave decaimiento de los partiudos y la representación  (aunque en forma y cantidad diversa entre los partidos y la representación) una parte determinante del riesgo de afirmarse la demagogia actual: su consecuencia es lo que se conoce como antipolítica con los problemas que puede provocar. Es una consecuencia plenamente política; no es un espectro a demonizar sino a buscar sus causas.

También de las tendencias demagógicas ha salido tocada la izquierda, porque ve cómo desaparece la posibilidad de su propia renovación generacional e ideal por la propensión a hacer tabla rasa («ni derecha ni izquierda», «todos iguales», «fuera todos») que es propio de una parte considerable de los jóvenes animados por ideas renovadoras. Conocemos perfectamente cuáles son las intenciones de sus promotores, que a la larga complacen a las fuerzas más conservadoras. 

Para contrastar la deriva no basta con afirmar que todos son iguales.  Las izquierdas se sienten particularmente heridas y lo consideran injusto, y en parte esta consideración es comprensible porque no podemos considerar que es equiparable quien ha protestado siempre o quien ha intentado superar lo peor del berlusconismo a quien ha apoyado las prácticas más nefastas y grotescas. Pero ello no basta tampoco para sostener razonablemente que, haciendo de su capa un sayo, renuncie a buscar los verdaderos responsables de tanta corrupción, es más: le ayuda; si todos somos culpables, nadie lo es. Ciertamente, es un deber la denuncia de los demagogos que creen ser los únicos poseedores de la moralidad pública y son justos los llamamientos a la regeneración de los partidos. Sin embargo,  para que dicha denuncia y tales llamamientos no tengan el sabor de la ritualidad, y que las medidas asumidas de repente bajo la presión de los escándalos no parezcan meros parches, creo la necesidad de un discursoauténtico, una crítica robusta de sí mismos por tantas posiciones teóricas y políticas totalmente infundadas o equivocadas que han sido consideradas durante mucho tiempo como verdaderas. 

No era cierto que el sistema mayoritario asegurara una buena gobernabilidad, una productiva estabilidad de los gobiernos, el saneamiento de las corruptelas públicas. No era justo ni serio acusar de vacuo moralismo a quien planteó (¡hace cuarenta años!) la cuestión moral como cuestión política y a quien ha venido luchando en todos estos años recordando que una política, entendida como pura táctica y privada de valores, lleva solamente a  peores derrotas. Y, sobre todo, no era correcto –desde la izquierda--  entender el necesario realismo con la aceptación sin reservas de lo existente o, por el contrario, creer que la alternativa era una fuga al pasado o una ensoñación.

Es cierto, sería pura utopía no haber visto y no ver el hecho de que la creación de un mercado único de capitales y mercancías, seguido de la victoria planetaria del modelo capitalista, ha alterado la relación entre fuerza de trabajo, beneficio, renta en el interior de cada país –o mejor dicho--  ha desvelado lo iluso de las políticas nacionales inconscientes de los vínculos aceptados o sufridos de la opción de Europa dentro del mercado mundial.  Se quiera o no es el capital financiero internacional quien ahora manda, cubierto por la fallida ideología neoliberal, aunque se resiste a morir porque –pensada como sostén de las actuales jerarquías económicas y sociales--  ha contribuido a mantener y justificar un mundo de recíprocos intereses y solidarias relaciones de las que es difícil salir. Dentro de estos “mercados”, de los que se habla obsesivamente (movidos por elecciones que toman los países más poderosos para defender sus propios intereses, por los capitalistas globales y por las decisiones de una ávida burocracia financiera internacional) están involucrados también millones de personas de todo el mundo: titulares de ahorros más o menos consistentes, más o menos modestos (por ejemplo, en los fondos de pensiones), todos ellos lesionados por la banca.

Entender bien que es en este mundo –un mundo cada vez más transformado continuamente por la ciencia y la tecnología--  no significa, por estar à la page, identificarse con las políticas del gobierno llamado «técnico». Creo que es necesario estar dispuesto a entender las exigencias determinadas por una especie de estado de necesidad: las posibilidades de movimiento están ahí y hay que decirlo, aunque son bastante restringidas. No obstante, esto no se refiere a la propia visión de la realidad. Se puede estar limitado, dadas las relaciones de fuerza internas e internacionales, a batirse únicamente por minorar el daño a la causa y a los intereses que se quieren defender. Vale: ¿pero cuál es la causa y los intereses a defender?  El mito de lo nuevo y de la supuesta modernidad ha llevado a algo  extremadamente viejo y antimoderno: el abandono apresurado de la conciencia de la existencia de intereses contrapuestos entre el capital y el trabajo.  Lo que ha llevado a renunciar a la acusación contra un reparto de la renta como señal  de una crisis devastadora (la crisis que vivimos) y de un modelo de desarrollo insostenible. Se dice que eso eran andrajos ideológicos, al contrario eran descubrimientos de unas realidades verificadas y ahora probadas desmesuradamente. Y fue el descubrimiento de una realidad dura de aceptar por dirigentes, mayoritariamente hombres, la crítica que venía de las mujeres a un mundo dominado por los varones como valor, plena y trágicamente fracasado en su ansia de dominio y de guerra. 

Cierto, también en el campo del trabajo se necesitaba y se sigue necesitando ver las diferencias con el pasado, el surgimiento y desarrollo abnorme del precariado, la extensión del trabajo cognitivo, las nuevas formas sofisticadas o groseras de la explotación, el significado de la fábrica difusa donde está la mayoría de los trabajadores. Todo ello ha sido visto como un asunto estrictamente sindical y no en su politicidad. De manera que se ha desvanecido también la posibilidad de pensar en la construcción de un nuevo bloque social ya que se ha aceptado la doctrina de que solamente existe la figura del ciudadano.  Lástima que el ciudadano sea obrero, empleado, enseñante o tendero, a tiempo pleno o precario y que su condición de trabajo o de no trabajo defina la mayor parte de su vida. Cuando la izquierda deja de defender el trabajo asalariado en su más vasta acepción (y el dependiente en general) ocurrirá pura y simplemente que éste, a su vez, se orientará hacia otro sitio. Nunca ha ocurrido en Europa que el trabajo haya tenido una única representación. No obstante, la izquierda que se esforzaba en darle cohesión política y de ideas al mundo obrero y del trabajo, proporcionándole la conciencia de su papel determinante y la aspiración de convertirse en clase dirigente, obligaba a otras fuerzas políticas a moverse en ese terreno, contrastando las ideas socialistas y laboristas, pero proponiendo otras que tuviesen al menos una fuerza igual (como ocurrió con los católicos). La renuncia al esfuerzo de reinventar este papel ha provocado una crisis de representación no sólo entre los trabajadores de fábrica y entre los trabajadores fijos sino también entro los jóvenes arrojados en el precariado.

El abstencionismo avanza. Los predicadores de la palingenesis prosperan. Demagogia y populismo son riesgos.  No hay que echarle las culpas a las pulgas. Estas prosperaban  donde faltaba la higiene. Que, en el caso del que hablamos no debe estar confiado solo a los tribunales que tiene que hacer su cometido.  Hay que hacer limpieza en la política.

(Critica marxista, núm. 2 – 3 de 2012)
Traducción de Juan de Dios de La Malahá.

Publicado en el blog de Pepe Luis López Bulla

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