viernes 13.12.2019

Y el mito se hizo carne, se llamó Pedro y habitó entre nosotros

Es infrecuente en nuestro ámbito que un político se mantenga firme a una promesa electoral y fiel a unos principios, como el «no es no» casi obsesivo de Pedro Sánchez a pactar con los populares cuando muchos pronosticaban, tras los resultados de los comicios del 20-D, que el líder socialista acabaría cediendo a una gran coalición que negaban sus más incondicionales, incluido el mismo Antonio Hernando que ha tenido que justificar la abstención socialista tal vez avergonzado. También es infrecuente que un diputado tenga la decencia y la coherencia de renunciar a su acta en un sano ejercicio de conciliación entre la disciplina impuesta por su partido y el respeto que se le debe a los votantes.

Pedro Sánchez acaba de dar una gran lección de honestidad política al renunciar a su acta de diputado, pero tal vez también haya cometido un error. La lección la encontramos en el alarde de coherencia de ser fiel a su palabra y a sus propias convicciones. Sin embargo, una de las consecuencias de su actuación es que al renunciar a su acta ya no podrá disponer del hemiciclo del Congreso como caja de resonancia de su vida política, lo que le restará visibilidad y relevancia si el aparato del partido decide retrasar el próximo congreso para enfriar sus actuales probabilidades de ser de nuevo Secretario General. Y ahí es donde nos encontraríamos con el hipotético error de Sánchez por haberse autoimpuesto un handicap.

Con un rictus de amargura, lágrimas y voz quebrada y temblorosa, Pedro Sánchez ha anunciado en una breve rueda de prensa —justo dos horas antes de que expirara el plazo para poder renunciar y en la que no ha admitido preguntas— su decisión de devolver el acta de diputado. Con elegancia ha dicho que «no iré contra mi partido ni contra mi compromiso electoral» aunque también ha anunciado —sin expresarlo lieralmente— su intención de acceder a la secretaría general («a partir del lunes cojo mi coche para recorrer de nuevo todos los rincones de España y escuchar de nuevo a quienes no han sido escuchados, a todos los votantes y militantes [porque] vamos a recuperar el PSOE»), una declaración de intenciones en la que ha criticado a la actual comisión gestora exigiéndoles la inmediata celebración de un congreso extraordinario y la convocatoria de elecciones primarias para conseguir un «un PSOE autónomo y alejado del PP». 

De entrada, parece ser que Sánchez cuenta con el apoyo de los más de noventa mil afiliados cuyas firmas esperan ser validadas para que se disuelva la comisión gestora y se convoque un congreso extraordinario que suponga el pistoletazo de salida hacia un socialismo regenerado y libre de la influencia de rancios líderes del pasado a los que el tiempo ha hecho involucionar a posturas conservadoras.

Aunque no soy militante del PSOE (ni de ningún otro partido), me siento huérfano de cordura por parte de la izquierda española y considero que quienes hasta ahora votaban al PSOE lo están también —huérfanos— de ilusión y de convicción a la hora de otorgar su confianza más allá de emitir un voto de rabia contra su partido que no de convicción a una izquierda emergente a la que apenas conocen.

Ante el peligro de que la verdadera socialdemocracia pueda desaparecer, o bien ser absorbida por una corriente de izquierda leninista —lo que supondría confundir aun más a los votantes habida cuenta que el PSOE dejó de ser marxista hace casi cuarenta años— y siendo que en un sistema multipartidista debe haber un sitio para cada tendencia del espectro ideológico, es por ello que le deseo a Pedro Sánchez toda la suerte del mundo en esta nueva etapa que, de entrada, no parece iniciar nada mal cuando los que le han denostado lo están convirtiendo ­—sin quererlo— en un mito, tanto que muchos de quienes no le votaron en las pasadas primarias reconocen que hoy lo harían tan sólo por su honestidad y coherencia. 

No les falles, Pedro.

Y el mito se hizo carne, se llamó Pedro y habitó entre nosotros