sábado 30.05.2020

Una solución para resolver el problema catalán

Víctimas inocentes como ese pueblo catalán que no es culpable de nada, y aún menos de que una gran parte de ellos manifestaran sus ansias independentistas cuando nuestro marco democrático de libertades les permite hacerlo

Ayer, con un represivo e injusto derroche de violencia, se vertió la última gota que derramó el vaso del llamado problema catalán, una cuestión que data de de tiempos inmemoriales y que presidentes como Felipe González o José María Aznar se negaron a abordar, al menos no debidamente, en una época en la que tanto hablaban catalán en la intimidad como les venía muy bien tener a CiU a su favor para aprobar presupuestos y poder gobernar en minoría.

Que Aznar y González conocieran en el siglo pasado lo que hoy sabemos de los negocios privados de Jordi Pujol y su familia es un tema en el que no voy a entrar ahora por mucho que sospeche que la madeja que ssnos ocupa y preocupa tiene lanas de distintas procedencias y matices. Es por ello que hoy sólo compartiré unas reflexiones sobre lo sucedido ayer, uno de octubre de 2017, una nefasta jornada en la que no hubo vencedores y sí demasiados vencidos, perdedores y víctimas.

Víctimas inocentes como ese pueblo catalán (del que me siento parte como valenciano) que no es culpable de nada, y aún menos de que una gran parte de ellos manifestaran sus ansias independentistas cuando nuestro marco democrático de libertades les permite hacerlo, aunque sin olvidar que impone también reglas que deben respetarse y que, si no se aceptan, someterlas a las modificaciones pertinentes. 

Víctimas también fuimos todos los que asistimos al triste espectáculo de una antitesis de lo que debería haber sido una fiesta democrática, que ni los convocantes ni quienes tenían en sus manos autorizarla quisieron que lo fuera. Los unos por propiciar el inclumplimiento de la ley como argumento de hartazgo y a sabiendas de los peligros inherentes a una desobediencia social. Los otros por llevar años y años instalados en un centralismo ciego a la realidad de que una importante parte del pueblo catalán quiere ser independiente, y se les ponen trabas para algo tan elemental como es un referéndum que informe verazmente del porcentaje que quiere la independencia. Consideremos que si la Constitución española no permite esa consulta, obviamente está anclada a las necesidades de los últimos años setenta y a la urgencia con que fue redactada en unos momentos en los que los españoles votaron “sí” a salir del franquismo y entrar en democracia, sin reparar en detalles que con el paso de los años hicieran necesaria una revisión de la Carta Magna como sucede con las constituciones de tantas y tantas democracias. Por poner un ejemplo, a diferencia de España, la mayoría de las constituciones europeas han variado su texto en diferentes ocasiones: Alemania (60), Irlanda (27), Francia (24), Bélgica (13) o Portugal (12),

Pero, volviendo sl 1-O, quisiera señalar a la clase política como la responsable directa (por omisión y por acción) de todo lo malo que sucedió ayer en Catalunya, y es respondable por llevar decenios y decenios sin abordar de un modo adecuado, valiente y realista, el problema que ayer reventó por los cuatro ostados.

Igualmente, habida cuenta del nefasto modo como los responsables de la política española y catalana han manejado los prologómenos del 1-O y han posibilitado sus desagradables consecuencias, no queda más solución que prescindir de ellos e iniciar unas inmediatas negociaciones con personas honestas y competentes, pero negociaciones serias, auténticas, surgidas de una necesidad real y encaminadas a objetivos factibles, nada de palabritas, de consignas ni de sobados y transnochados panfletos, de intereses creados, ni de de los circunloquios para locos a los que nos tienen acostumbrados los políticos que han posibilitado que esto suceda.

Necesitamos contar con políticos que no se parezcan en nada al pasivo, inútil y huidizo Mariano Rajoy, ni al fanático y obcecado Puigdemont, un político desconocido y prosélito monotemático convencido del independentismo (desde su adolescencia), a quien Artur Más designó para llevar a cabo una misión que Puigdemont prometió culminar en 18 meses y ha tardado sólo tres meses más en cumplir, misión tras la cual no parece tener interés ni ambición política alguna.

Para avanzar en pos de soluciones, se impone que todos los diputados concienciados y verdaderamente democráticos del parlamento español apoyen una moción de censura que permita echar a Rajoy de la Moncloa y al PP de las instrucciones. No sólo el tema catalán acucia. Son muchos más los que configuran un arco iris de despropósitos de todos los colores que van desde la corrupción al paro, pasando por un sin fin de problemas sociales que angustian a la ciudadanía y a los que el PP parece ser insensible.

Tambien en Catalunya sería necesario que todos los políticos sensatos y no radicales ni fanáticos del Parlament, hicieran un ejercicio de asunción de la realidad en la que están inmersos, y que a partir de esa realidad y del marco sociopolítico al que pertenecen, buscasen una salida legal y satisfactoria a las ansias independentistas, si es que estas ansias son realmente la voluntad de la mayoría de los ciudadanos de Cataluña, según se desprenda de un referéndum de autodeterminación convocado de acuerdo a una Constitución española que, ineludiblemente se deberá modificar (y hacerlo con carácter urgente), para hacer posible dicha consulta en prevención de nuevos conflictos aun más graves que los de ayer. 

La receta es bien sencilla: democracia, diálogo, libertad, respeto y cero violencia y extremismos, fanatismos o utopías propias de mundos paralelos irreales en los que algunos políticos nefastos parecen vivir.

Una solución para resolver el problema catalán