viernes 7/8/20

El ocio nocturno no es un servicio esencial

En marzo, el coronavirus dejó sin colegio a casi 300 millones de estudiantes en más de 20 países, y ahora vivimos la incertidumbre de si dentro de dos meses abrirán o no los colegios debido a los rebrotes del coronavirus dispersos por toda la geografía, una situación que según acabo de leer en la BBC, despierta en Europa el temor de una segunda ola de Covid-19. En este contexto es obscenamente egoísta la reacción de los empresarios del ocio nocturno ante la posibilidad de un cierre de sus negocios.

No tengo nada en contra de los garitos, discotecas y bares de copas siempre no me perjudiquen, pero sí tengo claras dos cosas: la primera es que no suponen un servicio esencial para la población, y la segunda que son un ecosistema ideal para que el coronavirus se encuentre a sus anchas: locales cerrados y sin ventilación natural, masificados, con un elevado ruido ambiental que obliga a hablar fuerte y exhalar más microorganismos por la boca, unos recintos donde es necesario quitarse la mascarilla para beber —quien la lleve— y normal no volver a utilizarla en toda la noche.

No me entra en la cabeza que con la que está cayendo aun no sepamos si los estudiantes volverán a las aulas en septiembre, y mientras tanto se reivindique que no se cierren los garitos de las fiestas nocturnas

Ante la decisión del gobierno de la Generalitat de Cataluña de cerrar las discotecas y salas de baile al menos 15 días por la grave situación de rebrotes que atraviesan, y recortar los horarios de casinos y salones de juegos hasta la medianoche, el sector empresarial del ocio nocturno ha reaccionado apelando a la catástrofe económica que supondría el cierre de sus locales y amenazan con llevar el asunto a los tribunales. 

La alarmante proliferación de rebrotes y el hecho de que los nuevos contagios se estén cebando con la población juvenil, presagia que el problema de Cataluña sea sólo un anticipo de lo que pueda suceder en el resto del país. Es por ello que si no se actúa con rotundidad, mayor será la probabilidad de  un nuevo confinamiento. 

Entre el derecho a que cada cual viva la noche divirtiéndose como le plazca, y la tranquilidad de que el sacrificio de casi tres meses de confinamiento no haya sido estéril y que los niños puedan volver a los colegios en septiembre, opto sin duda por esto último. El ocio nocturno es un factor de riesgo importante, y una prueba la tenemos en la Comunitat Valenciana, donde ayer 25 de julio, se contabilizan 35 focos, tres de los cuales se produjeron en locales de ocio nocturno, y sólo estos tres contagiaron más que los otros 32 juntos.

No es mi intención estigmatizar al colectivo de quienes disfrutan del ocio nocturno, pero todos tenemos una idea de como es el ambiente de esos establecimientos, sobre todo cuando el alcohol (y lo que no es alcohol) propicia la desinhibición, la masificación de jóvenes con copas en la mano, pegados unos a otros sin guardar la distancia social de metro y medio que aconsejan las autoridades sanitarias. Es necesario imponer medidas severas en beneficio de algo mucho más importante que el derecho al ocio como es el derecho a la salud pública.

El sector empresarial del ocio nocturno esgrime como defensa que el cierre de sus establecimientos propiciaría un incremento de los botellones ilegales, y que estos provocarían igualmente rebrotes. No andan mal encaminados en su suposición, pero esa circunstancia no les exime de cumplir lo que las autoridades sanitarias dictaminen para sus negocios. Tampoco son ellos quienes deban tomar medidas para impedir esas fiestas clandestinas, pues las autoridades son conscientes de los botellones y obrarán en consecuencia y también con contundencia.

Se impone una actuación conjunta y coordinada entre la empresarial del ocio y el gobierno central o autonómico, según proceda en cada caso. Hay que sentarse a dialogar para elaborar un plan que regule la actividad de los locales de la noche (como se ha hecho con los museos, los festivales de cultura, los conciertos, los teatros, los cines...). Se debe imponer un mínimo innegociable de condiciones que prioricen la salud pública por encima de las repercusiones económicas de la pandemia en el sector del ocio. Habrá que escuchar lo que piden y lo que están dispuestos a ofrecer los empresarios, negociar, elaborar con carácter urgente una normativa que asegure las garantías sanitarias imprescindibles para que estos locales puedan funcionar. Pero mientras tanto, hay que cerrarlos hasta que la situación epidemiológica aporte la tranquilidad que ahora no tenemos. La concienciación social y la responsabilidad de todos los ciudadanos son las mejores herramientas que tenemos en nuestras manos para evitar los contagios y reducir el número de enfermos y de muertos. 

La hechos demuestran que el ocio nocturno no ha sabido adaptarse a la nueva realidad. Es incomprensible que se les haya permitido abrir cuando no son una actividad esencial, y más cuando se ha demostrado que son un foco importante de rebrotes. Sólo hay que ver los vídeos que se han difundido en los medios para hacerse una idea a como se vive la noche en esos locales, así como la aparente irresponsabilidad e inmadurez de muchos de los que allí pasan horas y horas. 

No me entra en la cabeza que con la que está cayendo aun no sepamos si los estudiantes volverán a las aulas en septiembre, y mientras tanto se reivindique que no se cierren los garitos de las fiestas nocturnas. Hay que actuar con carácter urgente, con determinación y con autoridad. Nadie quiere una crisis económica. Nadie va en contra de ningún negocio sino a favor de una sociedad con una salud pública en condiciones. Soy consciente de que es muy difícil alcanzar el equilibrio de los dos lados de la balanza que contienen en un plato la salud pública, y en el otro la actividad económica. Pero no olvidemos que los enfermos y los muertos que puedan ir acumulándose, son ciudadanos que no podrán trabajar, tributar, consumir, aportar riqueza al país, ni por supuesto disfrutar del ocio.

El ocio nocturno no es un servicio esencial