sábado 14.12.2019

¿Nostalgia del bipartidismo?

¿Añoramos el bipartidismo? ¿Qué han aportado los nuevos partidos además de pluralidad? ¿Cuánto tiempo aguantará la ciudadanía la situación de bloqueo e ingobernabilidad que amenaza con nuevas elecciones en noviembre?

Pese a la oferta electoral multipartidista, el abanico político español sigue contando con dos bloques, la derecha y la izquierda, pero no representados por dos partidos mayoritarios sino por cinco fuerzas políticas —amén de los partidos autonómicos y otros de menor representación— con la novedad respecto al pasado de que estos tienen la capacidad de bloquearse, algo que nunca antes había sucedido. Sin embargo, más que un fraccionamiento que convirtiera dos opciones en cinco, la auténtica necesidad que urgía era contar con un partido bisagra, una autentica alternativa de centro, plural y transversal en su composición, un partido serio y no una veleta sometida al viento que más conviniera a sus ansias de poder, un partido que asumiera su condición de recién llegado y que no aspirara a gobernar apenas debutar. O sea, una formación manifiestamente contraria al modus operandi de Ciudadanos.

En el extremo opuesto de la formación de Albert Rivera, se encuentra otro partido recién nacido que, tras experimentar un ascenso astronómico, sufre ahora una penalización considerable. Esta bajada en votantes ha propiciado que su líder, Pablo Iglesias, le exija a Pedro Sánchez un gobierno de coalición que los socialistas interpretan como un peligro de perder la exclusividad de ser los únicos líderes de la izquierda que creen ser, así como la posibilidad de que ante cualquier problema, despuntara un político destacado de la formación morada y se ganara el favor de la opinión pública en perjuicio de las expectativas de voto de los socialistas.

El tercer partido en discordia es Vox, una formación que ha llegado a la política conscientes de que no iban a tener poder, pero tampoco nada que perder, aunque sí mucho reconocimiento que ganar de cara a sus votantes, tan sólo hablando claro (es el partido al que mejor se le entiende porque no se refrenan en sus arengas), poniendo los puntos sobre las íes en temas que otros se silencian —aunque piensen como los de Santiago Abascal— y metiendo el dedo en el ojo a la izquierda mientras corean sus nostálgicas consignas.

El resultado de este maremágnum multipartidista ha propiciado una hoguera de egos. También que casi todos estemos hartos de los políticos, hartos de ir a votar, tanto que una cuarta convocatoria a urnas sería interpretada como el fracaso de una clase política incapaz de hacer bien su trabajo.

La respuesta visceral de un elevado porcentaje de ciudadanos si se les convocara a nuevas elecciones sería la abstención como castigo a unos políticos acostumbrados al bipartidismo e incapaces de llegar a acuerdos en un sistema que se les escape de las manos

Nadie lo reconoce, pero en Génova y en Ferraz hay cierta nostalgia de un bipartidismo que difícilmente volverá a corto o a medio plazo, pues el PP y el PSOE suman en la actualidad un 48 por ciento de los votos, mientras que, en pleno auge de su alternancia, llegaron a tener más del 80.

¿Acaso agotar a los ciudadanos a golpe de elecciones sería un modo de incitarlos a volver al bipartidismo, al forzarlos a votar a los grandes partidos para evitar bloqueos y periodos de ingobernabilidad?

Obviamente, gobernar en solitario es más cómodo que recurrir a una política de pactos y coaliciones que los jóvenes políticos que lideran los partidos actuales no dominan en absoluto. Sin embargo, no olvidemos que gobernar en solitario ha traído muchos problemas a nuestro país, por ejemplo las consecuencias de la corrupción. Esta fue la razón de la crisis del PP cuando un elevado porcentaje de sus votantes decidió confiar su voto a lo que —el tiempo ha demostrado que erróneamente— esperaban encontrar en una opción nueva y limpia que ha resultado ser un fiasco que van abandonando muchos de sus fundadores de prestigio. También la crisis económica y el consiguiente sometimiento a la solución alemana como locomotora de Europa, propició que Podemos se decidiera entrar en el campo de juego como opción electoral

¿Entonces, que ha sucedido tras la incorporación de Ciudadanos y Podemos?  

Pues los hechos demuestran que nada resolutivo. Si estamos donde estamos, es decir bloqueados, es porque los partidos que prometieron regenerar el modo de hacer política, no lo han hecho todavía. Ciudadanos migrando de la socialdemocracia a la derecha sin sonrojarse, y Podemos al no tener más remedio que adaptarse a lo peor del sistema y dejar en evidencia su ansia de poder por mucho que esgriman, y se atribuyen, una conciencia social muy superior a la de sus contrincantes.

Así es como nos hemos visto abocados a una insostenible situación de ingobernabilidad y un bloqueo que sólo un cambio de la ley electoral habría evitado si se hubiera hecho cuando no interesaba a los partidos grandes. Otra fórmula para no tener que esperar tantos meses para investir al presidente de Gobierno, sería la que se viene aplicando en el Parlamento Vasco donde, un hipotético bloqueo como el que sufrimos, no duraría más de 24 horas, que es el plazo estipulado para celebrar un segundo pleno y votar con el nombre del candidato (puede haber más de un aspirante a lehendakari) o bien con la abstención. Quien obtiene más votos en la segunda votación es automáticamente quien gobierna. Sólo 24 horas. ¿Qué fácil, verdad?

Hoy por hoy, la respuesta visceral de un elevado porcentaje de ciudadanos con derecho a voto si se les convocara a nuevas elecciones en noviembre, sería la abstención como castigo a unos políticos acostumbrados al bipartidismo e incapaces de llegar a acuerdos en un sistema que se les escape de las manos. Es inadmisible la situación de bloqueo que atravesamos por culpa de los egos narcisistas de unos líderes cuyas actuaciones caminan en sentido opuesto a las necesidades de los ciudadanos.

¿Nostalgia del bipartidismo?