martes 27/10/20

Improvisar puede llevarnos al caos en plena segunda ola

Me angustia sentirme inmerso en una ola igual o peor que la de marzo y que en algunas comunidades se vaya con tanta calma -o tan poco acierto- a la hora de adoptar medidas. Es como si se esperara que los datos mejorasen por si solos en algún momento. Aunque se percibe una sensación de alarma cada vez más intensa, no así se trasluce una prontitud de intervención enérgica y resolutiva. Por eso me asusta que volvamos a llegar tarde y apuesto por una auditoría externa, imparcial, objetiva y basada únicamente en datos epidemiológicos. 

Se sigue politizando excesivamente un problema de salud pública donde no debería haber rivalidades, y queda así en evidencia la falta de madurez política que seguimos teniendo tras cuatro décadas de democracia. Los pronósticos -no confesados plenamente por la oficialidad pero sí por los expertos imparciales- son alarmantes y muchos ciudadanos se están planteando empadronarse (o lo han hecho ya) en sus segundas residencias como medida cautelar ante un nuevo confinamiento. 

Si los casos de Covid-19 siguen aumentando, y se solapan con la patología estacional de otoño e invierno, el colapso de los centros de salud estará asegurado, así como el de los hospitales, y con ello el aumento de defunciones, imponiéndose la necesidad de un nuevo confinamiento. Tengamos en cuenta que si se desmorona la base del sistema de salud pública (o sea, la atención primaria)  los hospitales caerán detrás por derrumbe de la estructura sanitaria.

Hay que aumentar al máximo la dotación de médicos y enfermeros en los centros de salud, no improvisar conforme vayan surgiendo las novedades, sino plantearse con una antelación realista todas las posibles contingencias

La gravedad de la situación varía sensiblemente de unas autonomías a otras. Un gran sector de la ciudadanía está enfadada y asustada a la vez, aunque inconscientemente pretendan normalizar las actividades rebajando gravedad al problema, lo que propicia el relajamiento de las medidas preventivas. Para motivar a que la población actúe según las necesidades epidemiológicas, sería necesaria una campaña en la que se aunaran todas las fuerzas políticas sin excepción, así como una actuación del Gobiernoque inspire seguridad sin crear falsas expectativas. Ya tuvimos una experiencia deplorable con los augurios de que tras la ola de marzo llegaría un verano tranquilo al que le seguirían unos brotes otoñales. Es algo que nadie desmintió y que la realidad ha echado por tierra con una segunda ola que supera a la primera en gravedad e ineficacia de respuesta, al menos en algunas comunidades como Madrid.

Se impone la cautela y el cumplimiento de las normas. No bajar la guardia y no caer en el error de que podemos hacer vida normal porque dentro de poco llegará una vacuna que dejará todo resuelto. Como médico, me siento en el deber de advertir que las primeras vacunas (en plural y no en singular, porque estamos en fase de prueba ante muchas probables candidatas) no serán tan eficaces como las nuevas que vayan apareciendo hasta que llegue la definitiva. 

La grave situación actual no se arreglará vacunando en diciembre ni anunciando los millones de vacunas que se han comprado, como irresponsablemente se ha propagado desde la oficialidad. Si hubiera algo listo para fin de año, que nadie se lleve a engaño, pues será una fase de prueba pero no la solución. Lo único que tenemos seguro para las fiestas navideñas, según declaraciones de ayer de Andrea Levy, es que «los Reyes Magos vendrán a Madrid la noche del 5 de enero y habrá luces de Navidad». Pero -ahora soy yo quien vaticina, y no la delegada del Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, señora Levy- es necesario ponerlos pies en suelo y hacerse a la idea de que la vacuna definitiva, la verdaderamente eficaz y con una potencia inmunológica que controle pandemia, no tardará meses sino tal vez uno o dos años en el mejor de los escenarios. 

¿Qué hacer entonces? De entrada sugeriría (y lo repito hasta la saciedad) que lo necesario que es cumplir estrictamente las tres sencillas medidas de distancia social, mascarilla y lavado frecuente de manos. También, formar masivamente a los rastreadores que tan necesarios son y tanto escasean. Hay que aumentar al máximo la dotación de médicos y enfermeros en los centros de salud. Y ya por último, no improvisar conforme vayan surgiendo las novedades, sino plantearse con una antelación realista todas las posibles contingencias. Hay que tener siempre previsto un plan B, un plan C, e incluso todos los necesarios hasta agotar las letras del abecedario si fuera necesario. 


"Si la gente está constantemente cayéndose por un acantilado, podremos colocar ambulancias bajo el acantilado, o construir una valla en la parte superior. Estamos colocando demasiadas ambulancias bajo el acantilado".
(Dennis P. Burkitt)

Improvisar puede llevarnos al caos en plena segunda ola