martes 19/1/21

No me hace feliz la nueva normalidad

No me siento optimista a pesar de que hoy sea el primer día de la llamada nueva normalidad. No está en mi ánimo ser agorero, pero no dejo de percibir mensajes subliminales de victoria en los informativos, con imágenes de reencuentros familiares, abrazos, fronteras abiertas, normalidad en los aeropuertos, gente feliz disfrutando de las playas, cuando la cruda realidad es que el coronavirus sigue presente en la calle y en las toses y estornudos de los portadores que podemos encontrarnos en cualquier momento. El porcentaje de población inmune es ínfimo, y es elevado el riesgo de que surja un rebrote ante el más mínimo incumplimiento de las medidas básicas de prevención (distancia social, lavado de manos, mascarillas…).

Durante los últimos tres meses, en los informativos sólo se habla prácticamente de la pandemia que paralizó de golpe nuestra rutinas. Todo comenzó con el estado de alarma iniciado el domingo 15 de marzo, y un confinamiento al que nos fuimos acostumbrando a la espera de que llegara el ansiado descenso de la curva de nuevos casos de Covid-19. Hemos vivido momentos de jubilosos aplausos a los sanitarios cada tarde a las ocho, y también encrespadas -aunque efímeras- caceroladas que una hora después pretendían soliviantar a la ciudadanía en contra de Pedro Sánchez y su gobierno. También, puntual como un reloj suizo (excepto los días que enfermó) el epidemiólogo Fernando Simón aportó calma al desconcierto creado en los primeros momentos, y alcanzó una aceptación popular que la derecha no pudo soportar convirtiéndolo en objetivo de los más duros ataques.  

Tras tres meses de andadura, hoy me desconcierta percibir en el ambiente la euforia de celebración de una especie de día de la liberación mientras mi estado anímico es contradictorio. Sigo sintiéndome desinformado a pesar de tanta información como recibimos, y me abruma la incógnita de lo que en realidad habrá estado sucediendo desde el minuto uno de esta crisis sanitaria. No sé si me preocupa más la información que se nos pueda ocultar (en España y en todos los países), o la desorientación y la perplejidad que intuyo en los expertos que coordinan la lucha contra el coronavirus, un microscópico y letal virus de imprevisible evolución del que tan poco se sabe todavía.

El PP, Vox y Ciudadanos han criticado al gobierno asegurado que ellos habrían gestionado mejor la pandemia y habrían evitando muertes. Pero sólo han esbozado propuestas de actuación a posteriori

Desde una perspectiva sociopolítica, me preocupa ese sector conservador que parece dar prioridad al crac económico por encima de la crisis de salud pública que ha paralizado el país y se ha cobrado miles de vidas humanas. Me preocupa que el poder financiero y empresarial parezca partidario de que esta pandemia se resuelva actuando como si no pasara nada, retomado cuanto antes una actividad normal, poniendo en marcha el motor del país aunque esto les costara la vida a muchos de los miembros más débiles e improductivos de la sociedad, eso sí, sobreviviendo los más resistentes. Son muchos quienes han hecho declaraciones  trivializando la pandemia y calificando de innecesario el confinamiento, sin tener en cuenta que el coronavirus sigue ahí afuera, y que de no haberse cumplido la cuarentena habrían muerto cientos de miles de personas, a cambio de conseguir una excelente inmunidad de rebaño superior al 60% (ahora apenas hay un 5% de inmunes en nuestro país). Un ejemplo de partidarios de estas medidas lo tenemos en EEUU y Brasil, y el resultado de aplicarlas en la globalidad del planeta supondría que en el mundo murieran algunos millones de habitantes, mientras la maquinaria de la producción y la economía funcionaría gracias a los más fuertes hasta que llegara la ansiada vacuna que nos permitiera un control total de la crisis sanitaria.

Es por todo esto que no me siento feliz porque hoy haya finalizado el estado de alarma. No tengo ganas de dar botes de alegría porque ya se pueda circular libremente por todo el país. Porque puedan entrar extranjeros y salir españoles al país extranjero donde les apetezca pasar sus vacaciones. Me preocupa que esa falsa sensación de normalidad -como si el peligro ya hubiera pasado-, relaje las normas de precaución que siguen siendo imprescindibles y lo serán durante muchos meses. Me preocupa la irresponsabilidad de muchos jóvenes (y no tan jóvenes) que organizan macrofiestas y saraos que pueden provocar rebrotes que acaben colapsando de nuevo las UCI. Me preocupa que en los informativos hablen tanto de la nueva normalidad cuando tal vez sea nueva, pero de ningún modo normal si la comparamos con los cánones que regían antes del inicio de la pandemia. Me preocupa que seamos líderes mundiales en tener una oposición que se aprovecha del infortunio para arremeter contra el gobierno, fomentando el cuanto peor mejor, en lugar de colaborar y aparcar las diferencias para dirimirlas ante las urnas cuando llegue el momento oportuno.

Es deber de todos concienciar a la ciudadanía de que a pesar de la nueva normalidad, se impone seguir siendo prudentes y no bajar la guardia porque el coronavirus va a seguir entre nosotros. Para que la nueva normalidad sea un éxito y mientras llega la vacuna, será necesario asumir e interiorizar los nuevos hábitos y normas que reduzcan riesgos y promuevan una seguridad libre de irresponsabilidades.

El PP, Vox y Ciudadanos han criticado al gobierno asegurado que ellos habrían gestionado mejor la pandemia y habrían evitando muertes. Pero sólo han esbozado propuestas de actuación a posteriori. Por ello, sería de agradecer que si algún iluminado tiene información de cual debe ser el protocolo a seguir si hubiera un rebrote, que hablen ahora y den la información pertinente al gobierno y a la opinión pública. Hacerlo después, a toro pasado y utilizando la muerte de compatriotas, no sería propio de un español de bien como ellos proclaman ser.

No me hace feliz la nueva normalidad