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viernes. 02.12.2022

El Gran Hermano parlamentario de Mariano, Pedro, Albert y Pablo

Junio está a la vuelta de la esquina. Tan cerca como pocas son las ganas de volver a votar de una ciudadanía cansada.

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Junio está a la vuelta de la esquina. Tan cerca como pocas son las ganas de volver a votar de una ciudadanía cansada de que los políticos no sepan gestionar el mensaje que recibieron el pasado diciembre a través de las urnas. Probablemente, si hoy hubiera nuevas elecciones, el porcentaje de participación bajaría y los resultados serían lo suficientemente parecidos a las anteriores para que no hubiera gobernabilidad o, por el contrario, lo suficientemente diferentes para complicarla aun más.

Pocos avances han percibido los ciudadanos más allá del pacto de mínimos consolidado por el PSOE y Ciudadanos, un acuerdo encaminado a una reforma constitucional express y un maridaje de conveniencia que no pasa de ser un gesto, pues reformar la Constitución, no nos engañemos, será imposible sin la aprobación del PP y mayoría absoluta en la cámara alta. 

Guste o no guste (y no me posicionaré porque quiero que  éste sea artículo de análisis y no de opinión), el pacto entre Sánchez y Rivera es el único paso que se ha dado hasta ahora en aras de formar un gobierno, algo a lo que los populares y Podemos han respondido con una negativa a apoyar la investidura de Pedro Sánchez. Como consecuencia, se ha activado la cuenta atrás de unas más que probables elecciones, a no ser que Rajoy o Iglesias entiendan que, en situaciones como las que atravesamos, es imposible pactar sin ceder, algo que Rajoy no está dispuesto a hacer porque quiere aferrarse al poder que aun detenta, e Iglesias tampoco porque aspira a conseguir ese poder a medio plazo sin percatarse de que es difícil saltar de las tertulias televisivas a controlar un gobierno en sólo dos años y que la más inteligente estrategia por su parte, sería disimular su ambición y no exigir tanta cuota de mando como la que reclama a Pedro Sánchez.

Tras el fracaso de la investidura del candidato socialista, el Rey no piensa hacer mas designaciones -al menos de momento- y ha dejado la pelota en el tejado de los partidos políticos que, si excluimos las nuevas elecciones, tienen sólo dos alternativas: en primer lugar la llamada gran coalición que recomiendan algunos viejos (y no tan viejos) barones socialistas, y como segunda opción, el cóctel de izquierdas entre PSOE, Podemos, IU, las Mareas con la abstención de los independentistas, una variopinta mezcolanza que la derecha más conservadora considera un peligro rojo.

En cierto modo, todo está en manos de Podemos (con su férrea y única apuesta por una coalición de izquierdas) y del PP (firme en su negativa a que Sánchez sea presidente). Estamos ante una partida de ajedrez en la que la jugada de Sánchez y Rivera consiste en forzar a Pablo Iglesias para que se avenga a un acuerdo menos ambicioso que el que ahora reivindica o, en caso contrario, pasar la pelota al PP para que se abstengan en una nueva investidura del candidato socialista (algo impensable), o bien prescindan de Rajoy y propongan un nuevo candidato, en cuyo caso, tal vez Rivera lo apoyaría, como se deduce de sus recientes declaraciones, dejando colgado a Sánchez.

Conclusiones

La postura de Mariano Rajoy presenta al líder popular como un solemne irresponsable por su cobarde estrategia de renunciar a la designación real para ser él quien primero intentara formar gobierno. 

Por su parte, Pedro Sánchez, acosado desde dentro por sus barones y desde fuera por las arremetidas de un Pablo Iglesias proclive a los insultos, aceptó el reto de la propuesta real en un momento en el que su carrera política parecía condenada a irse al traste. Sin embargo, el candidato socialista ha sabido gestionar la responsabilidad que le ha sido encomendada y ha consolidado una imagen de tenacidad en la consecución de sus objetivos, independientemente de los palos que le llueven de diestra y siniestra.

Albert Rivera, sin que nadie se lo haya pedido, se ha erigido como el negociador entre populares y socialistas, apostando a su vez por desmarcarse del PP para ganar credibilidad reformista de cara a su futuro electorado, y haciendo ver al mismo tiempo que piensa más en España (el centralismo y el españolismo son dos constantes presentes en la formación naranja) que en las poltronas.

Por último, nos encontramos con el provocador y singular Pablo Iglesias, un desconcertante parlamentario que desde la tribuna de oradores es capaz de comportarse —si le conviene— como un político sosegado y experimentado mientras que desde su bancada, en las interpelaciones y turnos por alusiones, adopta formas que recuerdan las exaltadas arengas de las asambleas de las facultades. El líder -y la imagen- de Podemos es un maestro de la puesta en escena, y así lo demostró cuando besó a un compañero de partido cronometrando el momento justo en que debía abandonar su escaño para que el encuentro con el receptor del ósculo se produjera justo enfrente de la bancada popular. Iglesias se comporta como un péndulo que oscila bipolarmente desde una exaltación mitinera a los mas feroces ataques (recordemos su reciente invectiva al decir que «Felipe González tiene el pasado manchado de cal viva»), para poco después, por ejemplo, manifestar sus deseos de besar a un ofendido Pedro Sánchez que, desconcertado, se esforzaba por adoptar un talante institucional que aun no le corresponde. 

Es un hecho que Podemos y su elenco de actores han convertido el Parlamento, nada mas llegar, en una suerte de Gran Hermano VIP en el que los diputados de la formación morada no sienten vergüenza ni reparo al interpretar unas frívolas astracanadas que, lejos de ser improvisadas, están milimétricamente estudiadas y son impecablemente ejecutadas. Es un estilo bastante original de hacer política que encanta a sus seguidores y a nadie deja indiferente.

Pues bien, esto es lo que hay y como tal hay que tomarlo. Poco podemos hacer más que aguardar a que sus señorías lleguen a un acuerdo, y si no lo consiguen, en junio volveremos a pasar por las urnas e intentaremos votar mejor que la vez anterior aunque muchos decidan subirse al carro de la abstención por hartazgo.

El Gran Hermano parlamentario de Mariano, Pedro, Albert y Pablo