domingo 31.05.2020

Exhumar a Franco no reabre heridas, las cierra

Es necesario restaurar la dignidad de ser español, la reparación y la justicia en pos de una sociedad que sea consciente de su memoria, como respeto a quienes lo dieron todo por la libertad y el estado de derecho que ahora gozamos

El pasado viernes 24 de agosto de 2018 se publicó en el BOE un real decreto por el que se dispone que, en un plazo no superior a un año, se exhumarán los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos, un lugar que nunca se debió construir, ni debió albergar con honores los restos de un dictador golpista y responsable de una cruenta guerra desencadenada por el odio (ideológico, fanático y hasta teológico) de unos clasistas soberbios ante la insolente aspiración de las clases más desposeídas a ser libres y mejorar su calidad de vida.

Con la oposición de algunos sectores del PP camuflada bajo la excusa de la inoportunidad de una medida que podría “reabrir viejas heridas” («España tiene que mirar al futuro y pensar en lo que pasará dentro de 40 años y no en revisar lo que pasó hace 40 años», ha dicho Pablo Casado), y también de Ciudadanos, que no considera «ni urgente ni prioritario» la exhumación y traslado de los restos del dictador del Valle de los Caídos, el Gobierno socialista ha decidido hacer justicia fundamentándose en la coherencia con el espíritu de la Ley de Memoria Histórica.

Para las víctimas de nuestra guerra, ha supuesto una falta del respeto que cuarenta y tres años después de la muerte del dictador, aun hubiera calles con nombres de militares golpistas, se permita que un general sanguinario (que incluso arengaba a los soldados animándoles a violar mujeres) siga enterrado en la basílica sevillana de La Macarena, o que un calco en miniatura de Hitler y Mussolini, esté soterrado con honores en un mausoleo construido por  sus presos políticos a golpe de trabajos forzosos.

Era momento de actuar y se ha actuado dando el primer paso para homologar la dignidad de los españoles con el sentir de los países democráticos de nuestro entorno. Lo deseable sería que tras la exhumación, se imponga la capacidad negociadora necesaria para que el Valle de los Caídos (memorial sólo apto para franquistas recalcitrantes y nostálgicos de la dictadura) deje de ser un mausoleo kitsch y faraónico y se reconvierta en cualquier cosa menos un lugar de peregrinación y honor a un dictador que amordazó las libertades durante cuarenta años.

Sin embargo, la derecha insiste en que nos olvidemos del asunto y que no reabramos viejas heridas, ignorando —o no queriendo reconocer— que la herida de haber vivido en una dictadura es la única que no debe seguir abierta. Sacar al Franco del Valle no abrirá heridas y ayudará a que cicatrice una de las más nefastas de nuestra historia.

Los millones de españoles que nacieron después de 1975 no han vivido el franquismo, y no pueden interiorizar lo que se siente bajo una dictadura que penaliza la libertad de expresión, que prohíbe los partidos políticos y que niega el derecho al voto. Son millones de personas que, por más que se lo explicara, no entenderían la cara de miedo que descubrí en mi padre cuando a los diecisiete años (aun faltaban cuatro para que muriera Franco) al llegar a casa y abrir la mochila donde guardaba mis apuntes de la facultad, saqué cuatro ejemplares de Mundo Obrero que le mostré orgulloso. Yo no era plenamente consciente de lo que representaban aquellos periódicos, no era comunista, nunca lo he sido, nunca he militado en ningún partido político, ni siquiera comprendí al principio la angustia de mi padre, al menos no hasta que él me explicó la diferencia entre llevar un ejemplar o varios de una publicación clandestina. «Si llevas más de uno y son todos iguales, eres un distribuidor, y si un compañero de clase te delata y te cogen los de la brigada político social, te detendrán, estarás incomunicado, si tu madre va a buscarte a la jefatura de policía y grita preguntando donde estás, dirán que esa mujer está loca, te molerán a palos, y cuando te suelten, nunca volverás a ser el mismo, ni tú ni nosotros».

Esta anécdota es real y demuestra el miedo que la generación que me precedió sentía durante el franquismo, el miedo a las paredes que oyen, el miedo a irse de la lengua, el miedo al vecino ese nuevo que parece policía, o el miedo al volumen alto de la radio al escuchar La Pirenaica. Y ahora, vienen los niñatos del PP y nos dicen que no se reabran heridas con la exhumación de Franco, como si no fuera suficiente con la herida de haber nacido, crecido y sufrido durante una dictadura (como es mi caso) o soportar que aun se rinda pleitesía a la memoria del dictador y se reverencie en las tertulias televisivas a los casposos que son su descendencia.

Es necesario restaurar la dignidad de ser español, la reparación y la justicia en pos de una sociedad que sea consciente de su memoria, como respeto a quienes lo dieron todo por la libertad y el estado de derecho que ahora gozamos. Si bien es cierto que hay muchos temas cuya prioridad social va por delante de la urgencia de exhumar los restos de Franco, ninguno de ellos se relegará a un segundo plano por la puesta en práctica de esta medida. Así,agradezco al presidente socialista que al menos haya cumplido esta promesa electoral —como le censuro las que no está cumpliendo al colisionar con la realidad de la gobernabilidad y el pragmatismo que esta le exige—, algo que por temor o por comedida moderación, ningún gobierno democrático anterior se atrevió a llevar a cabo.

Exhumar a Franco no reabre heridas, las cierra