jueves 24/9/20

La atención primaria en crisis

Los médicos de Atención Primaria (AP) soportan un gran peso asistencial desde que se inició la pandemia por el coronavirus, una  sobrecarga que no les resulta nueva porque este sector de la medicina pública sufre un excedente asistencial desde hace años, sin que la administración haya resuelto aun sus reivindicaciones. El problema del Covid-19 sólo ha sido una carga más a soportar por este baqueteado colectivo que trabaja en una lamentable precariedad de recursos, sobre todo humanos. Los problemas de la AP en tiempos de pandemia son los mismos -aunque agravados por el Covid-19 que arrastra desde hace decenios, por ser el colectivo más penalizado de la sanidad pública, un patito feo acostumbrado a funcionar con muchas carencias cuando debería ser la joya de la corona por ser el primer punto de contacto de los ciudadanos con el Sistema Nacional de Salud.

Si retrocedemos en el tiempo, es en la medicina rural donde encontramos los orígenes de la actual Medicina Familiar y Comunitaria. Sus profesionales son un colectivo que hasta hace bien poco (me remonto a finales  del siglo XX), trabajaba con una injusta precariedad que exigía mejoras urgentes por carencia de medios y de condiciones laborales dignas. Recuerdo que en los años setenta -cuando finalicé la carrera de Medicina- muchos médicos rurales tenían que comprar de su bolsillo el fonendoscopio y hasta los depresores para explorar gargantas cuando tomaban posesión de su plaza de Médico Titular de un pueblo, donde atendían la consulta diaria, las visitas domiciliarias, las urgencias 24 horas del día (todos los días del año), las inspecciones sanitarias de salud pública, el registro semanal de enfermedades transmisibles y las encuestas epidemiológicas en caso de brotes epidémicos, también labores de medicina legal y forense, y si era necesario incluso atención de partos. En las capitales y en los pueblos grandes, los médicos eran más afortunados y trabajaban sólo ocho horas diarias gracias a los ambulatorios de la Seguridad Social surgidos al inicio de la segunda mitad del siglo XX con el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) dependiente del Instituto Nacional de previsión INP.  El punto de inflexión hacia la actual Atención Primaria (aun una utopía en el horizonte) se produjo cuando el 21 de noviembre de 1978 se fundó la Comisión Nacional de Medicina Familiar y Comunitariatras celebrarse la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria en Alma-Ata en septiembre de ese mismo año, y a partir de 1979 comenzaron a formarse en nuestro país los primeros médicos residentes en Medicina Familiar y Comunitaria.

Pero a día de hoy, incomprensiblemente, la Atención Primaria sigue trabajando en precario y está infradotada (sobre todo en recursos humanos) e infrautilizada.Son muchos los profesionales de AP que están quemados en la actualidad, por un problema que viene de lejos y que el Covid-19 sólo ha conseguido empeorar. El estrés de muchos médicos de primaria propicia unburnout que merma su rendimiento por el agotamiento, y predispone a sufrir trastornos depresivos reactivos.

La pandemia ha sido la gota que ha derramado el vaso, y lo que ahora sucede en Madrid, podría extenderse como una mancha de aceite a toda la geografía nacional si la administración no es consciente de lo rentable que le resultaría invertir en AP

¿Tan ciegos han estado los gestores de la salud durante decenios al no cuidar de los cimientos que sostienen a la sanidad, y dedicar generosas partidas presupuestarias a la medicina hospitalaria mientras en primaria se trabajaba en precario, con consultas masificadas, y con agendas repletas?

¿Tan ciegos han estado quienes permiten que las puertas de urgencias hospitalarias se saturen, en parte por pacientes que acuden a resolver un simple proceso febril para el que su centro de salud les da cita al cabo de tres o cuatro días?

¿Tan malos gestores son nuestros gobernantes -de cualquier tendencia política- al ignorar que una inversión en Atención Primaria (sobre todo aumentando el número de médicos) resolvería muchos problemas en los centros de salud, y evitaría que los pacientes recurrieran por iniciativa propia a la puerta de urgencias hospitalarias?

Era de esperar que esta situación reventara algún día, y ese día ha llegado, por ahora sólo en Madrid, al convocarse por Amyts  (Asociación de Médicos y Titulados Superiores de Madrid) una huelga de los facultativos de Atención Primaria que se iniciará el 28 de septiembre de forma indefinida y completa si la presidenta de la Comunidad no cede a sus reivindicaciones. Los médicos de primaria (de Madrid y de cualquier punto de España) alegan soportar una «sobrecarga de trabajo con un importante déficit de recursos humanos». Dicen los afectados que «no podemos seguir trabajando en estas condiciones laborales tan precarias. Somos médicos y nos debemos a nuestros pacientes, ya que somos los principales garantes de su seguridad y salud. Los ciudadanos se merecen una atención sanitaria digna y de calidad que en estas circunstancias no les podemos prestar».

La pandemia ha sido la gota que ha derramado el vaso, y lo que ahora sucede en Madrid, podría extenderse como una mancha de aceite a toda la geografía nacional si la administración no es consciente de lo rentable que le resultaría invertir en AP, tanto para ahorrar en otras partidas como para mejorar la calidad asistencial que reciben los usuarios. La estructura de la actual Atención Primaria y su mejora respecto a los tiempos heroicos del siglo pasado es evidente. Los centros de salud de hoy no tienen nada que ver con los consultorios del SOE (Seguro Obligatorio de enfermedad) de antaño ni con los consultorios rurales de cada pueblo de nuestra geografía. No obstante, y pese a estas innegables mejoras, es lamentable que la Atención Primaria de la Salud siga siendo el patito feo de la Sanidad Pública.

La atención primaria en crisis