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lunes. 26.09.2022

El asalto al cielo aterriza en Más Madrid

carmena errejon

Hace mucho tiempo que algo falla en Podemos, justo lo suficiente para que haya dejado de ilusionar como lo hizo en sus inicios. Cada vez hay más convencidos de que es un partido que jamás gobernará

Íñigo Errejón es el protagonista de la crónica de una escisión anunciada, tras hacer pública su candidatura a la Comunidad de Madrid en alianza con Manuela Carmena y bajo la marca Más Madrid. Bajarse en marcha del tren de Podemos cuando este renquea desde hace tiempo podría interpretarse como una traición, pero también como una consecuencia inherente al deterioro del partido morado y el intento de Errejón por aplicar una fórmula de unidad que no ha sido contemplada desde la cúpula del partido.

Según dijo Errejón en una entrevista que el pasado sábado concedió a La Sexta Noche, su intención es que en Más Madrid tengan cabida aquellos que no militan o no se identifican con ningún partido. El objetivo sería —según Errejón— «sumar» más, aumentar las posibilidades de gobernar en la Comunidad de Madrid, e impedir que entre de nuevo la derecha por el contagio del efecto Vox, como ha sucedido en Andalucía y se teme que se repita en otras comunidades.

Es un hecho que tras la fundación de Podemos, poco a poco se fue atenuando la ilusión generada por el 15-M. Las diferencias entre Errejón y Pablo Iglesias fueron cada vez más notorias, y mientras al primero le preocupaba la transversalidad, Iglesias se cerraba en banda a las concesiones y daba muestras de su obsesión por la rigidez, la disciplina y la obediencia en un aparato del que se convirtió en líder carismático, apuntando maneras narcisistas ya desde los inicios, por ejemplo al estampar su retrato en las papeletas de las elecciones europeas en lugar del logo del partido.

La rivalidad entre los dos cofundadores de Podemos se fue materializando con gestos y señales aparentemente anecdóticos como que Íñigo comenzara a usar americana, pero también diferenciadores como su preferencia por hacer la V de victoria de Churchill con el brazo extendido al final de los mítines en lugar de cerrar el puño como hacía Iglesias y casi todos sus compañeros.

No obstante, más allá de las formas, el transcurrir del tiempo hizo notorias la rivalidad entre Errejón e Iglesias, manifiesta sobre todo en su discrepancia ante la estrategia de negociación en la fallida investidura de Pedro Sánchez en 2016 (Íñigo Errejón y Compromís estaban a favor de una abstención en el voto de investidura para hacerla posible), y también en la oposición de Errejón a que Podemos se aliara con IU.

Con la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo, no es descartable que, de haber evolucionado las cosas de otro modo en 2016, Podemos fuera hoy una opción de izquierdas más fuerte y asentada, el PSOE se encontrara holgadamente asentado en la franja de la izquierda moderada socialdemócrata, el camaleónico Ciudadanos se hubiera convertido en el amo del centro con los votos captados a los populares, y el PP siguiera instalado en la derecha de siempre (tanto la de Fraga como la de Aznar y luego Rajoy) sin necesidad de que hubiera emergido Vox , entre otras cosas porque, siempre probablemente, el problema catalán no habría salido de los cauces de la sensatez si en la Moncloa hubiera habido un inquilino distinto a Mariano Rajoy.

Hace mucho tiempo que algo falla en Podemos, justo lo suficiente para que haya dejado de ilusionar como lo hizo en sus inicios. Cada vez hay más convencidos de que es un partido que jamás gobernará. Y en este contexto, Íñigo Errejón ha dado un paso al frente —para Podemos, un acto de traición— que no parece fruto de la improvisación, sino una estrategia muy estudiada, un plan encaminado a convencer al sector desilusionado del electorado, captar a quienes no votan, y a quienes nunca votaron a Podemos por miedo a su extremismo. Al respecto de este objetivo, en la entrevista concedida a La Sexta, Errejón atribuyó la pérdida de votos en las autonómicas andaluzas a que mucha gente de izquierdas «se ha quedado en casa, algo que podría pasar también en Madrid y no me lo podría perdonar».

Que haya sido o no reprobable el comportamiento de Íñigo Errejón, es una pregunta difícil de responder si se tiene en cuenta que desde las elecciones generales de 2016, la suma de Unidos Podemos perdió más de un millón de votos y la coalición obtuvo 71 escaños, los mismos que sumaban juntos tras el 20-D. Era pues comprensible —y previsible— que alguien acabaría saltando, y ese alguien no podía ser otro más que Errejón. No obstante, materializar la escisión de Podemos a sólo cuatro meses y medio de las elecciones municipales y autonómicas, no deja de ser cuestionable. Es comprensible que Iglesias y la plana mayor de Podemos critiquen la inoportunidad y la deslealtad que supone que el secretario general del partido se enterara de la traición unos minutos antes de que se anunciara oficialmente el pacto entre Errejón y Carmena. Pero visto desde la perspectiva disidente, también tiene su lógica que si Errejón hubiera actuado a plena luz y  a cara descubierta, se habría facilitado que el rígido aparato del partido abortara el proyecto.

Queda en el aire la duda de si Podemos reflexionará y no presentará ningún candidato alternativo en Madrid, una postura harto improbable conociendo la impositiva autoridad que llega a exhibir Iglesias en situaciones de este calado. También queda en el aire la incertidumbre de si el fraccionamiento del partido en dos bloques supondrá un revulsivo que movilice a más votantes o si, por el contrario, promoverá la abstención por desencanto. El tiempo, una vez más, desvelará cualquier duda.

El asalto al cielo aterriza en Más Madrid